Hoy



En mi etapa de cura rural, cuando sólo predicaba retiros o atendía convivencias y otros medios de formación en Molinoviejo, Riaza o Canarias, no había lunes, ni miércoles, ni findes. Los días de la semana venían sin identificarse y se esfumaban sin dejar huella. ¿Martes, jueves? ¿Qué más da? Solo importaba el lento trascurrir de las estaciones: el oro del otoño, la nieve del invierno, el verde adolescente de la primavera, los violines tremolantes de los abejarucos en verano… ¿Monotonía? Tampoco. Cada jornada era única como lo era cada meditación o cada clase.
Pero he vuelto a Madrid y he entrado en la rueda de los días numerados del uno al treinta y uno, y catalogados como laborables, festivos y de puente. Ahora cada jornada llega con su etiqueta y color correspondientes. El viernes aparece de verde esperanza; el lunes, de marrón oscuro; los martes y los jueves, de rojo-Aldovea, que es el color del cole. El miércoles, como es un día veleidoso, cambia de color según las circunstancias.
Hoy es lunes. Me gustan los lunes, palabra, igual que disfruto con la madrugada y el madrugón. Los lunes me siento muy temprano frente a la pantalla del ordenata y lo lleno de palabras. Son cuentos para niños, clases, pláticas, homilías, meditaciones… 
Me dicen que no necesito prepararme tanto.
—Con tu experiencia…
Y dale con mi experiencia. Sin estas mañanas de lunes, ¿cómo podría improvisar el resto de la semana?

04:52

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