Erasmo, ruega por mí para que la pureza de la entrega de mi sacerdocio sea si no perfecta, al menos humildemente razonable



Ya he acabado la primera redacción de mi obrita sobre el obispo del siglo XVII. La próxima semana comenzaré su revisión. Son poco más de cincuenta páginas sin pretensiones. En una semana más, creo que estará online. Si no fuera una historia novela, diría que es un artículo. En el fondo, es un artículo novelado. Datos y más datos reunidos en una historia.

He escuchado dos conferencias sobre Erasmo. Dos conferencias de entusiastas de ese escritor renacentista. Ahora que conozco un poco más su vida sí que me parece un ejemplo: un ejemplo de desviación del sacerdocio. Siguió siendo sacerdote, pero desviado de lo que debe ser una verdadera alma sacerdotal.

Ayer me di un paseo de una hora, tras la cena, con un buen amigo. Qué agradable es, por fin, pasear con un aire fresquito, dormir sin los agobios de la canícula. A ver si el próximo año me decido a comprar un aparato de aire acondicionado que me provea de agradables noches noruegas en medio de esta llanura castellana.

He hablado del Sínodo de la Amazonia y mucho más se va a hablar. Pero el recuerdo de Erasmo (tan hiriente en sus críticas) nos debe recordar que hay que hablar con caridad, con amor a la Iglesia, con respeto a los obispos. La defensa de la Verdad se puede hacer de un modo malo o de un modo bueno, la cuestión no es solo el objeto, sino también el modo.

Yo no me sitúo equidistantemente en el centro, me veo amante del Magisterio, de las encíclicas, defendiendo que no puede cambiar lo que la Biblia afirme que no puede cambiar. De esta manera, soy considerado tradicional. Pero, sin querer caer bien a los dos lados, me debo esforzar por ver qué hay de verdad en lo que me dice el otro: y escuchado con amor, veré que hay mucho de verdad, propuestas que deben ser debatidas (desde la ortodoxia) con ánimo sereno. Esforcémonos por evitar la descalificación.

Debe ser cosa de la edad, pero me veo cada vez con más amor a todos. Y no solo en el ámbito teológico, también en el ámbito de la fraternidad sacerdotal. Y el Señor me ha otorgado un gran amor a los obispos, a todos los obispos. Precisamente esta obrita de la que os hablaba, la del obispo francés, es un gran sermón (en cierto modo, una conferencia) sobre lo bueno del episcopado actual. Porque incluso me esfuerzo en ver lo bueno que había en esos obispos mundanos del siglo XVII, por más que ellos mismos fueran víctimas de la pasión de la codicia.

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06:19

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