Ceremonia de entrega del capelo cardenalicio: una propuesta llena de esplendor




Una explicación
Una explicación previa, la adoración a Dios no se reduce a la misa y a los sacramentos. Las ceremonias religiosas, sea para bendecir el agua o sea la consagración de una catedral, son formas de dar culto a Dios.

No hay que tener miedo a que una ceremonia parezca demasiado compleja o vistosa. Evidentemente, no es lo mismo el rito para bendecir una campana que el rito de coronación de un rey en la Edad Media.

Si vemos completamente lógico que el antiguo rito de coronación de un monarca llevara su tiempo y fuera rico en simbolismos, ¿no puede serlo con más razón el de los príncipes de la Iglesia que van a escoger al Vicario de Cristo en la tierra, que le van a ayudar y asesorar en sus funciones, que gobiernan los asuntos generales de la Iglesia en caso de sede vacante?

Si un rey tiene ese interesantísimo ceremonial con tantos ritos, ¿resulta excesivo un ceremonial para aquellos que tienen una función más importante a los ojos de Dios?

La santa misa tiene un ceremonial perfecto en su duración y simplicidad. Un rito de coronación real no fue una ceremonia habitual y tuvo un cierto aspecto pedagógico en la sucesión de símbolos y oraciones. Actualmente ya no hay auténticos reyes, los que quedan son símbolos. Pero, en la Iglesia, sí que hay auténticos príncipes de un reino espiritual.

De todas maneras, este ceremonial es el grado máximo de solemnidad que se le pueda dar a este acto. Lo lógico es que la Historia fluctúe entre el minimalismo actual y el maximalismo propuesto aquí. Afortunadamente, yo no tengo que tomar la decisión. Solo propongo a la comunidad, pero es la autoridad la que toma las decisiones.

Justo antes de la ceremonia
El papa entra en la basílica lateranense sobre su silla gestatoria, con capa pluvial (blanca o dorada) y tiara. Lo normal es que venga desde la iglesia de la Escala Santa.

La nave central lateranense, sin bancos. En las naves laterales, unos pocos cientos de asistentes a la ceremonia en representación del clero y el Pueblo de Roma y del mundo. Se invitará a que ocupen un lugar de honor, en una nave lateral, los representantes de otras denominaciones cristianas. En otra nave lateral, los representantes de otras religiones. Los neocardenales van vestidos con su sotana sin esclavina ni fajín, pero sí con el solideo. Los sacerdotes y diáconos con sotana negra. Los obispos con sotana fucsia.

Se cierran las puertas. Los acólitos le quitan la tiara y la capa pluvial al papa. Le colocan una capa pluvial morada como símbolo de penitencia, como pidiendo perdón a Dios por los errores que pudiera haber en las decisiones tomadas para elegir a los purpurados, como símbolo de petición de perdón por conferir tan gran dignidad a pobres seres humanos con defectos.

Comienzo en la puerta de la basílica: las peticiones
El papa hace la señal de la cruz, y él y los neocardenales se postran hacia el altar, a pocos metros de la puerta.
Un lector lee:
Señor, perdónanos nuestros pecados, nuestras faltas, nuestras omisiones, nuestra tibieza.
Siguen los kyries.
Siguen los kyries.
Señor, perdona a todos los involucrados en el proceso para esta elección si no han hecho las cosas como Tú hubieras deseado.
Siguen los kyries.

Tras pedir perdón durante un par de minutos, se ponen en pie. El papa hace con los brazos extendidos una oración a Dios Padre.

Procesionalmente se dirigen hacia el altar, mientras se cantan las letanías de los santos. El papa sigue con su capa pluvial morada y mitra morada.

Al final de la nave central: las veneraciones
Al llegar al presbiterio, sin subir a él, los cardenales se dirigen a las gradas de la derecha a besar un gran libro de la Biblia. A la mitad de la altura de esas escaleras, dos acólitos con alba sostienen un libro abierto. Una Biblia monumental con páginas de dos codos de altura.

Después pasan a las gradas de la derecha, allí besan las llagas de un crucifijo románico sostenido por dos acólitos. Una cruz del tamaño de la Biblia del otro lado.

Estas operaciones se realizan con los neocardenales formando una hilera, sin detenerse para no alargar la ceremonia. unos pueden seguir besando la Biblia, mientras otros ya están besando el crucifijo. En su camino de regreso a la escalera de la derecha, la hilera baja a la confessio, donde cada neocardenal besa unas reliquias. Allí hay unos santos religiosos, buscados especialmente por su santidad, que oran por los cardenales que besan esos relicarios. Uno de esos religiosos asperge a cada neocardenal con agua bendita. Para cada ceremonia se escoge a una orden religiosa distinta.

Mientras la hilera bajaba a la confessio, el libro de las Escrituras ha sido subido al presbiterio, y los neocardenales pueden ir subiendo al presbiterio.

Durante todo el tiempo que va desde la veneración de las Escrituras hasta que el último neocardenal baje a la confessio se cantan salmos.

El papa no ha venerado esos tres elementos, sino que se ha sumido en oración silenciosa arrodillado (o sentado) delante de la confessio. Durante los últimos minutos de la veneración, se reviste con una capa pluvial blanca y se coloca una mitra del mismo color.

Junto al altar: las consagraciones
Sube las gradas del presbiterio y al llegar al altar lo besa (solo lo besa él), lo incensa y hace una oración (en dirección al altar), con los brazos abiertos, una oración dirigida a Dios Hijo. Después, el papa, con capa pluvial y mitra, se sienta al lado del altar del ciborio. Tiene el altar a su izquierda. Cada neocardenal se arrodilla ante el papa.

Cada neocardenal abrirá los botones de la sotana y de la camisa inferior y sujetará sus prendas para que el papa pueda ungir el pecho con el óleo de los catecúmenos para reavivar la gracia del bautismo; ungirá con sagrado crisma su cabeza como recuerdo de que la prudencia es la virtud más necesaria para un cardenal. Y hará la señal de la cruz con un perfume en sus manos, para que cada cardenal extienda el buen olor de la virtud allí donde esté.

Para que las tres materias no se mezclen en sus dedos, usará tres pincelitos. Para facilitar toda la operación, un acólito puede sostener la bandeja con los tres recipientes, y cada pincelito puede dejarse verticalmente sobre el recipiente.

Mientras las unciones continúan, cada neocardenal se dirige al brazo izquierdo del crucero donde se reviste con la “cogulla” roja de cardenal. Allí cada neocardenal se arrodilla un minuto mirando hacia el sagrario que está en ese lugar de la basílica. Después vuelven hacia el altar.

Durante las unciones, el coro cantará algo como música de fondo, a media voz. Las unciones el papa las hará en silencio o musitando las oraciones que él desee.

El ábside: la imposición del galero
El papa, acabadas las unciones, se coloca una capa pluvial dorada y una tiara, y se dirige procesionalmente hacia el ábside. Se prosigue con la letanía de los santos.

El papa inciensa hacia lo alto, hacia la imagen de Cristo que corona el ábside. Después se sienta en la cátedra (con la tiara), allí van pasando los neocardenales y el papa les coloca el solideo rojo, le pone el capelo cardenalicio, le coloca el anillo de oro y le entrega el titulum.

Mientras la imposición de los galeros continúa, los neocardenales pasan a dar un abrazo a los cardenales presentes, solo a ellos.
Acabada la imposición del último capelo, el papa se quita la tiara y realiza una oración dirigida al Espíritu Santo.

Se dirige a pie al altar, lo besa. Una vez bajadas las gradas atraviesa la nave en silla gestatoria y con la tiara, y así sale de la basílica a bendecir al pueblo congregado fuera.

Nota final: Si el papa cayera enfermo, por ejemplo con gripe, no se suspenderá toda la ceremonia, pues eso implicaría suspender otras muchas cosas organizadas por cada neocardenal. Habrá dos opciones.

Primera opción:El papa puede asistir en un cómodo sillón bien abrigado situado justo delante de la cátedra. Puede asistir sin hacer nada o dando una bendición justo al final. De cada parte de la ceremonia se encargarían tres cardenales. Cada parte la presidiría un cardenal. La parte de la veneración la preside el primer cardenal.

Segunda opción:Tres cardenales realizan la ceremonia en la basílica, y el papa les recibe en su lecho donde, si tiene fuerzas, les bendice, uno a uno, y les entrega el anillo. Si no tiene fuerzas, puede entregarles el anillo sin necesidad de ponerlo en el dedo, operación más complicada. Pero si no pudiera ni siquiera dar la bendición, bastará que delegue la ceremonia en tres cardenales.

La ceremonia de la basílica no es un mero símbolo, es la Iglesia que ora por sus cardenales; y el papa u otros hombres de Dios les ungen para que realicen bien sus funciones. Por tanto, es una ceremonia donde se reciben gracias, donde se pueden recibir muchas gracias.

De ahí que si un papa muriera entre la creación de un cardenal y la entrega del capelo, los neocardenales asistirían al cónclave en plena posesión de sus funciones, pero se unirían a la primera ceremonia en la que se entregara el capelo. Se unirían para así recibir esas gracias provenientes de la ceremonia.

Toda esta ceremonia no confiere un sacramento, pero sí que reciben los neocardenales gracias para ejercer bien sus funciones. Las reciben por la oración y por los sacramentales.

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09:02

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