noviembre 2017

Mi admiración y aprecio por este gran artista. Nunca olvidaré la exposición en El Prado, hace ya muchos años, de todos los cuadros de niños, pintados por el artista. Recuerdo que ma acompañaba mi padre, que disfrutó tanto como yo, viendo aquellas maravillas, mientras otras veces, que venía conmigo al museo, me esperaba sentado a que saliera. Cómo me alegra este aniversario que harávalorar y difundir la obra extraordinaria de este gran pintor. 

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Parece ser que a algunas personas no les ha gustado mucho que dijera que el pectoral del sumo sacerdote hebreo se inspiraba en los pectorales egipcios. Así que voy a explicar un poco más este tema. Por supuesto que una posibilidad es pensar que toda la liturgia del Levítico fue creada ex nihilo por Dios. Pero parece más razonable que se tomaron infinidad de elementos nobles y buenos de la religión egipcia y se usaron para honrar al único Dios.

Y así, cuando Dios manda hacer dos querubines para el Arca, no explica qué apariencia tenían esas figuras: porque los hebreos conocían esas figuras. Un pueblo de ganaderos, como el que entró en Egipto en tiempos de José, no debía tener figuras propias que representasen a los querubines. Esa iconografía fue tomada tal cual de las representaciones egipcias.

Otro ejemplo, cuando Dios manda hacer un altar de bronce con unas características determinadas, sin duda, ellos reproducen algo que habían visto en Egipto. Cuando los ganaderos de José entraron en Egipto, de ningún modo tenían otros altares que montones de piedras, jamás se menciona otra cosa que esos altares formados por montones de piedras. Es razonable pensar que los hebreos reproducen algo visto en Egipto, porque si los hebreos hubieran tenido algún altar propio de algún valor, se lo hubieran llevado consigo al salir de esas tierras.

¿Podemos pensar que una vestidura tal como el efod salió de la nada sin que antes los hebreos no hubieran visto justamente eso? La descripción del efod da por supuesto que conocen las características esenciales de esa prenda. Antes de Egipto, jamás se menciona el efod ni ninguna prenda de vestir sacerdotal. Después de salir de Egipto, las prendas sacerdotales conforman un conjunto complejo y elaborado. ¿Son esas vestiduras un préstamo cultural? Pienso que no, porque ninguna representación de ningún fresco coincide con el aspecto que debió tener Aarón, salvo el pectoral.

Esto significa que, probablemente, el pueblo hebreo desarrolló en Egipto su propio culto, por muy sencillo que fuera. Y que, cuando salen, ya tenían sus vestiduras y ritos sus propias características. Pero préstamos seguro que hubo. Y así, antes de José, las abluciones corporales jamás aparecen en toda la Biblia. Después de la salida, forman parte importante de los rituales sacerdotales levíticos, al igual que para los sacerdotes egipcios.

Otro ejemplo, los levitas llevarán túnicas blancas; jamás se había dicho tal cosa en el Génesis. Curiosamente, los sacerdotes egipcios llevaban túnicas blancas. ¿Cuándo se usa el incienso en todo el Génesis? Los sacerdotes egipcios usaban incienso y los hebreos al salir lo usarán.

No estoy diciendo que la parte ritual del Levítico sea una copia de los ceremoniales egipcios. Pero sí que parece lógico que Dios usara lo positivo de esa ritualidad para usarla en la liturgia de su pueblo, aunque el pueblo hebreo, todavía en Egipto, creara unas características propias en su culto.

Cuando aparezca el cristianismo, los Santos Padres tomarán todo lo bueno que encontraron en los filósofos griegos y lo incorporarán a sus escritos. Dios podía haberles infundido la filosofía ex inspiratione. Pero el Creador suele hacer las cosas de un modo natural. A Dios le gusta usar la evolución.

De igual modo, Dios podía haber inspirado un tipo de templo cristiano ex novo. Pero, durante siglos, se usó algo preexistente y proveniente de lo profano como la basílica.

Una cuestión que se me ha planteado hoy, y que he mencionado aquí antes, es si, antes del éxodo, ya existiría una liturgia judía, sobre suelo egipcio, con elementos materiales como los que después se describirán: altar de bronce, mesa de la proposición, vestiduras sacerdotales. Lo lógico sería pensar que sí. Pero también es verdad que tienen que coser, forjar y elaborar todos los elementos, dando a entender que carecían de todo. Dado que todo se tiene que hacer, dado que no se menciona que trajeran ningún elemento cultual de Egipto, todo nos lleva a pensar que la liturgia hebrea de tipo complejo comienza en el desierto y por mandato divino.

Post Data: Ya lo que me faltaría a los ojos de algunos de mis "admiradores", además de bergogliano, favorecedor del paganismo egipcio. Alguno asegurará de buena fuente que sabe que guardo, debajo de la cama, la momia de mi último gato.

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Viernes 01 de Diciembre de 2017
De la feria
Verde

Martirologio Romano: En Londres, Inglaterra, santos Edmundo Campion, Rodolfo Sherwin y Alejandro Briant, presbíteros y mártires durante el reinado de Isabel I, eximios por su fortaleza y carácter. 1581.

Antífona de entrada          cf. Sal 84, 9
El Señor promete la paz para su pueblo y sus amigos, y para los que se convierten de corazón.

Oración colecta     
Despierta, Padre, la voluntad de tus fieles para que, buscando con fervor los frutos de la gracia divina, recibamos con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas        
Recibe, Señor, los dones sagrados que mandaste ofrecer a tu nombre, y ayúdanos a obedecer siempre tus mandamientos para que ellos nos hagan dignos de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión        Sal 116, 1. 2
Alaben al Señor, todas las naciones, porque es inquebrantable su amor por nosotros.

O bien:         cf. Mt 28, 20
Dice el Señor: “Yo estaré siempre con ustedes, hasta el fin del mundo”.

Oración después de la comunión
Te pedimos, Dios todopoderoso, que nunca se alejen de ti quienes gozan con la participación en tus divinos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Lectura        Dn 7, 2-14
Lectura de la profecía de Daniel.
Yo miraba en mis visiones nocturnas, y vi los cuatro vientos del cielo que agitaban el gran mar. Y cuatro animales enormes, diferentes entre sí, emergieron del mar. El primero era como un león y tenía alas de águila. Yo estuve mirando hasta que fueron arrancadas sus alas; él fue levantado de la tierra y puesto de pie sobre dos patas como un hombre, y le fue dado un corazón de hombre. Luego vi otro animal, el segundo, semejante a un oso; él estaba medio erguido y tenía tres costillas en su boca, entre sus dientes. Y le hablaban así: “¡Levántate, devora carne en abundancia!”. Después de esto, yo estaba mirando y vi otro animal como un leopardo; tenía cuatro alas de pájaro sobre el dorso y también cuatro cabezas, y le fue dado el dominio. Después de esto, yo estaba mirando en las visiones nocturnas y vi un cuarto animal, terrible, espantoso y extremadamente fuerte; tenía enormes dientes de hierro, comía, trituraba y el resto lo pisoteaba con las patas. Era diferente de todos los animales que lo habían precedido, y tenía diez cuernos. Yo observaba los cuernos, y vi otro cuerno, pequeño, que se elevaba entre ellos. Tres de los cuernos anteriores fueron arrancados delante de él, y sobre este cuerno había unos ojos como de hombre y una boca que hablaba con insolencia. Yo estuve mirando hasta que fueron colocados unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura era blanca como la nieve y los cabellos de su cabeza como la lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego brotaba y corría delante de él. Miles de millares lo servían, y centenares de miles estaban de pie en su presencia. El tribunal se sentó y fueron abiertos unos libros. Yo miraba a causa de las insolencias que decía el cuerno: estuve mirando hasta que el animal fue muerto, y su cuerpo destrozado y entregado al ardor del fuego. También a los otros animales les fue retirado el dominio, pero se les permitió seguir viviendo por un momento y un tiempo. Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta él. Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.
Palabra de Dios.

Comentario
Las visiones son interpretaciones de lo que se contempla. Estos animales y situaciones desesperantes describen los reinos humanos que, en un determinado momento, deberán rendirse ante el poder de Dios. Este último está representado aquí por el anciano que le entregará todo el poder a un nuevo rey, elegido por el mismo Dios y que está representado por este hijo de hombre. En todas estas visiones, la esperanza es la que termina triunfando, confiando en que Dios por fin hará justicia.

[Sal] Dn 3, 75-78. 80-81
R. ¡Alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

Montañas y colinas, bendigan al Señor. R.

Todo lo que brota sobre la tierra, bendiga al Señor. R.

Manantiales, bendigan al Señor. R.

Mares y ríos, bendigan al Señor. R.

Cetáceos y todo lo que se mueve en las aguas, bendigan al Señor. R.

Todas las aves del cielo, bendigan al Señor. R.

Todas las fieras y animales, bendigan al Señor. R.

Aleluya        Lc 21, 28
Aleluya. Tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Aleluya.

Evangelio     Lc 21, 29-33
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Jesús, hablando a sus discípulos acerca de su venida, les hizo esta comparación: “Miren lo que sucede con la higuera o con cualquier otro árbol. Cuando comienza a echar brotes, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca. Les aseguro que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
Palabra del Señor.

Comentario
“A los discípulos les toca estar muy atentos a los signos de los tiempos; lo importante es saber descubrir esos signos y pensar que la venida de Jesús tiene como finalidad específica la liberación de toda la creación. Esta es la esencia de la esperanza escatológica de la primitiva comunidad y es también nuestra esperanza”.

Oración introductoria
Espíritu Santo, te pido el don de ciencia para valorar las cosas humanas en relación a mi último fin y para saber discernir lo que debo hacer en cada momento. En este momento de oración, ayúdame a guardar el silencio necesario para agradarte y escuchar lo que hoy me quieres decir.

Petición
Señor, dame fortaleza, para buscar con constancia la santidad.

Meditación 

Hoy somos invitados por Jesús a ver las señales que se muestran en nuestro tiempo y época y, a reconocer en ellas la cercanía del Reino de Dios. La higuera, símbolo de la Iglesia que se renueva periódicamente gracias a aquella fuerza interior que Dios le comunica.

La parábola de la higuera se sitúa prácticamente al final del discurso de Jesús sobre las señales del fin universal. Hace aproximadamente dos mil años que Cristo pronunció estas palabras, y no pueden ser más actuales. No hace falta detenerse demasiado en dicho discurso para encontrar rápidamente el paralelismo entre lo que Cristo nos describe y lo que nosotros vivimos en la actualidad. Ante tanta adversidad el mensaje de Cristo es, como siempre, esperanzador: "el Reino de Dios está cerca". Somos pues, hijos todos de la misma generación, descendientes de Adán y Eva, los expulsados del paraíso. Pero hijos principalmente de Dios, que nos dignifica a través de su Hijo Jesucristo y que nos muestra ya la higuera que retoña, es decir, el Reino naciente en cada corazón que le ama.

El tiempo ha demostrado la autenticidad de las palabras de Nuestro Señor: "El cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán". Esta sorprendente expresión de Jesús está cargada de un profundo significado: nada perdura en el tiempo, sólo Él es eterno, sólo Él puede decir "siempre". Por eso, nos equivocamos si centramos nuestra vida en lo estrictamente pasajero, material y efímero. Debemos anclarnos en Cristo, con Él no damos pasos en falso.

Ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio. 

Propósito
El Señor nos advierte: "mis palabras no pasarán", es nuestra responsabilidad no perder más el tiempo, el tiempo es un regalo de Dios de valor incalculable. Utilizarlo de cara a Él, obedeciendo su santa voluntad. He ahí la tarea del cristiano y lo único que puede darnos la felicidad. 

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Edmund Campion (24 de enero de 1540 – 1 de diciembre de 1581) fue un sacerdote católico, jesuita y mártir que es santo y uno de los Cuarenta mártires de Inglaterra y Gales.

Nacimiento y estudios

Edmund Campion nació en Londres, Inglaterra, el 25 de enero de 1540. Fue hijo de un librero católico llamado Edmundo, cuya familia se convirtió al anglicanismo.

De niño se hicieron planes para que entrara en el negocio de su padre, estudiando gramática en la escuela y en el Hospital de Cristo.

Cuando María I de Inglaterra fue proclamada en Londres como reina, él era un escolar que tomó a su cargo la salutación en latín para su majestad: Sir Thomas White, lord mayor, le asignó una beca para el Colegio de San Juan de la Universidad de Oxford, la que aceptó pasando a ser uno de los primeros alumnos, graduándose a los dieciséis años.

Campion se distinguió en Oxford en 1560, cuando dio una oración en el responso de Amy Robsart, y otra vez en el funeral del fundador del mismo colegio, Sir Thomas White. Tomó el juramento del Acta de Supremacía en ocasión de su titulación en 1564. Por doce años seguido e imitado, y no hubo otro hombre como él y Newman en la universidad inglesa. Tomó ambos grados y comenzó como Tutor.

En 1566, dio la bienvenida a la Reina Isabel al llegar a la universidad, y ganando un respeto duradero. Fue elegido de entre los estudiantes para dirigir el debate público frente a la reina. Para el momento en que la reina había dejado Oxford, Campion se había ganado el patrocionio del poderoso William Cecil y también de Robert Dudley Conde de Leicester, pronosticado por algnos a ser el próximo esposo de la joven reina. Se hablaba de Campion considerándolo en un futuro el Arzobispo de Canterbury, en la recién establecida Iglesia Anglicana.

En 1568 Edmund fue designado Procurador Subalterno (Junior Proctor) y nombrado Orador (Speaker) y luego Investigador (Sought) en Oxford.

Rechazo del anglicanismo

Edmundo Campion comenzó a tener complicaciones religiosas; pero con la persuasión de Richard Cheyney, obispo de Gloucester, aunque repitiendo doctrinas católicas, recibió la orden del diácono en la Iglesia Anglicana. Por dentro "tuvo remordimiento de conciencia y execramiento de mente." Los rumores sobre sus opiniones comenzaron a esparcise y dejó Oxford en 1569 para dirigirse a Irlanda tomando parte en la propuesta de fundación de la Universidad de Dublín.

Irlanda

Edmundo Campion fue contratado como tutor para Richard Stanihurst, hijo del Presidente de la cámara de los comunes en el parlamento irlandés, asistió a la primera sesión de esta cámara, que incluyó una sesión parlamentaria. Vivió como parte de la familia de Stanihurst en Dublín y tuvo conversaciones diariamente con el presidente estando a la mesa.

Campion fue transferido bajo recomendación de Stanihurst a la casa de Patrick Barnewall en Turvey en The Pale (región de Irlanda), quien reconoció de haberlo salvado del arresto y subsecuente tortura de parte del partido protestante en Dublín. Por cerca de tres meses eludió a sus perseguidores, dándose a conocer como el Sr. Patrick y ocupándose en escribir sobre la historia de Irlanda.

Sacerdote católico

Edmund Campion huyó al continente europeo, iniciando una peregrinación a la ciudad de Roma.

Luego se unió a los jesuitas de la orden religiosa de la Compañía de Jesús, a la muerte del Padre General San Francisco de Borja, y siendo recibido por el Padre Mercurianus se ordenó sacerdote en 1578.

Durante el tiempo de su formación jesuítica estudió y trabajó en las ciudades de [[Bohemia], Praga y Brunn en Moravia.

Retorno a Londres y martirio 

Edmund Campion retornó a Londres como parte integrante de la misión de los jesuitas en dicha isla, cruzando el Canal de la Mancha disfrazado como un comerciante de joyas. En Londres escribió una descripción de su nueva misión en la que explicó su trabajo desde el punto de vista estrictamente religioso y no político. Entre otras obras escribió su famoso "Decem Rationes" (Diez Razones). Así empezó a ser conocido como el jactancioso Campion. Desplegó una gran actividad religiosa contra la iglesia de Inglaterra y a favor de la Iglesia católica y del papa, como la única fe verdadera, incitando a muchos católicos a permanecer leales a su fe.

Todo ello condujo al arresto de Edmundo y a su encarcelamiento y tortura en la Torre de Londres, y finalmente al martirio. Murió el 1° de diciembre de 1581, siendo ahorcado, destripado y descuartizado en Tyburn. Las partes de su cuerpo fueron expuestas en cada una de las cuatro puertas de la ciudad como advertencia a otros católicos.

Sus reliquias se encuentran hoy en día en las ciudades de Roma, Praga, Londres, Oxford, Stonyhurst y Roehampton.

Santidad 
Fue beatificado el 9 de diciembre de 1886 por el papa León XIII. Siendo finalmente canonizado como santo, en Roma el 25 de octubre de 1970 por el papa Paulo VI, como uno de los cuarenta mártires de Inglaterra y Gales. Su fiesta litúrgica se celebra el 1° de diciembre de cada año.

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Pescadores de Jesús

“Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.” Jesús llama a una misión existencial: ser parte activa de la Iglesia. Hoy también se necesitan pescadores de Jesús que anuncien el Evangelio.

Meditación del Evangelio de Hoy: Mateo 4,18-22

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores.

Entonces les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”.

Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.

Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Una reflexión en video sobre ser pescadores de Jesús

 

El artículo Pescadores de Jesús lo publicó Fabián Castro primero en Catolicus.



OFICIO DE LECTURA - VIERNES DE LA SEMANA XXXIV - TIEMPO ORDINARIO


De la Feria. Salterio II

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
(Cap. 18, 24. 26: CSEL 3, 308. 312-314)

RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE

Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de él.

RESPONSORIO    Flp 3, 20-21; Col 3, 4

R. Nuestros derechos de ciudadanía radican en los cielos, de donde esperamos que venga Como salvador Cristo Jesús, el Señor. * Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.
V. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria.
R. Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.

ORACIÓN.

OREMOS,
Mueve, Señor, nuestros corazones, para que correspondamos con mayor generosidad a la acción de tu gracia, y recibamos en mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

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OFICIO DE LECTURA - VIERNES DE LA SEMANA XXXIV - TIEMPO ORDINARIO


De la Feria. Salterio II

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
(Cap. 18, 24. 26: CSEL 3, 308. 312-314)

RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE

Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de él.

RESPONSORIO    Flp 3, 20-21; Col 3, 4

R. Nuestros derechos de ciudadanía radican en los cielos, de donde esperamos que venga Como salvador Cristo Jesús, el Señor. * Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.
V. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria.
R. Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.

ORACIÓN.

OREMOS,
Mueve, Señor, nuestros corazones, para que correspondamos con mayor generosidad a la acción de tu gracia, y recibamos en mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

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OFICIO DE LECTURA - VIERNES  DE LA SEMANA XXXIV - TIEMPO ORDINARIO
De la Feria.

PRIMERA LECTURA

Año I:

Del libro del profeta Ezequiel     40, 1.4; 43, 1-12; 44, 6-9

VISIÓN DE LA RESTAURACIÓN DEL TEMPLO Y DE ISRAEL

    El año veinticinco de nuestra deportación, al comienzo del año, el diez del mes, el año catorce de la caída de la ciudad, ese mismo día, vino sobre mí la mano del Señor; y el Señor me llevó en éxtasis a la tierra de Israel, dejándome en un monte muy alto, en cuya cima parecía estar construida una ciudad al mediodía.
    Me llevó allí y vi junto a la entrada un hombre que parecía de bronce, el cual tenía en la mano un cordel de lino y una caña de medir. Aquel personaje me dijo:
    «Hijo de hombre, mira y escucha atentamente, fíjate bien en lo que voy a enseñarte, porque has sido traído aquí para que yo te lo enseñe. Anuncia a la casa de Israel todo lo que veas.»
    Luego me condujo a la puerta oriental del templo, y vi la gloria del Dios de Israel que venía de oriente, con estruendo de aguas caudalosas: la tierra resplandecía con su gloria. La visión que tuve era como la visión que yo había visto cuando vine para la destrucción de la ciudad, y también como la visión que había contemplado a orillas del río Kebar. Y caí rostro en tierra. La gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental. Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior. La gloria del Señor llenaba el templo.
    El hombre seguía a mi lado, y yo oí que alguien me hablaba desde el templo y me decía:
    «Hijo de hombre, éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre, en medio de los hijos de Israel. La casa de Israel y sus monarcas ya no profanarán mi nombre santo con sus fornicaciones ni con los cadáveres de sus reyes difuntos, poniendo su umbral junto a mi umbral y las jambas de sus puertas pegadas a las mías, ellos y yo pared de por medio. Ellos profanaron mi nombre santo con las abominaciones que perpetraron y por eso los consumió mi ira. Pero ahora alejarán de mí sus fornicaciones y los cadáveres de sus monarcas, y residiré en medio de ellos para siempre.
    Y tú, hijo de hombre, describe este templo a la casa de Israel, a ver si se avergüenzan de sus culpas, y para que tomen nota de este plano. Si se avergüenzan de toda su conducta, enséñales la estructura y disposición del templo, sus entradas y salidas, sus preceptos y leyes. Pon todo esto por escrito ante sus ojos, para que pongan por obra todas sus leyes y preceptos. He aquí el fuero del templo: el área entera de la cima del monte es lugar sacrosanto. Dile a la Casa Rebelde, a la casa de Israel: "Basta ya de perpetrar abominaciones, casa de Israel. Profanáis mi templo metiendo en mi santuario extranjeros, incircuncisos de corazón e incircuncisos de carne, y ofreciéndome como alimento grasa y sangre, mientras quebrantáis mi alianza con vuestras abominaciones. En lugar de atender a mi servicio en el santuario, les habéis encargado a otros el ejercicio de vuestro ministerio en el santuario. Por tanto, esto dice el Señor: Ningún extranjero incircunciso de corazón e incircunciso de carne entrará en mi santuario, ninguno de los extranjeros que viven entre los hijos de Israel."»

Responsorio     Ez 43, 4-5; cf. Lc 2, 27 

R. La gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental, * y llenó el templo la gloria del Señor.
V. Llevaron sus padres al niño Jesús al templo.
R. Y llenó el templo la gloria del Señor.


Año II

Del libro del profeta Daniel     10, 1-21

VISIÓN SOBRE EL SURGIMIENTO DE LA SUPREMACÍA GRIEGA

    El año tercero de Ciro, rey de Persia, fue revelada una palabra a Daniel, por sobrenombre Beltsasar, palabra verdadera que era el anuncio de una gran lucha. El comprendió esa palabra, le fue dada en visión su inteligencia.
    En aquel tiempo, yo, Daniel, estuve en duelo durante tres semanas: no comí alimento sabroso, ni carne ni vino entraron en mi boca, ni me ungí, hasta el término de esas tres semanas. El día veinticuatro del primer mes, estando a orillas del río grande, el Tigris, levanté los ojos para ver, y vi esto:
    Un hombre vestido de lino, ceñidos los lomos con un cinturón de oro puro; su cuerpo era como de crisólito, su rostro tenía el aspecto del relámpago, sus ojos eran como antorchas de fuego, sus brazos y sus piernas como el fulgor del bronce bruñido y el rumor de sus palabras era como el rumor de una multitud.
    Sólo yo, Daniel, contemplé esta visión. Los hombres que estaban conmigo no veían la visión, pero un gran temblor los invadió y huyeron a esconderse. Quedé yo solo contemplando esta gran visión. Estaba sin fuerzas, se demudó mi rostro, desfigurado, y quedé totalmente sin fuerzas. Oí el rumor de sus palabras y, al oírlo, caí desvanecido, rostro en tierra. En esto, una mano me tocó, haciendo castañetear mis rodillas y las palmas de mis manos. Y me dijo:
    «Daniel, hombre de las predilecciones, presta atención a las palabras que voy a decirte e incorpórate, porque yo he sido enviado ahora hacia ti.»
    Cuando me dijo estas palabras me incorporé temblando. Luego prosiguió él, diciendo:
    «No temas, Daniel, porque desde el primer día en que tú intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de tu Dios fueron oídas tus palabras, y precisamente debido a tus palabras he venido yo. El príncipe del reino de Persia me ha hecho resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los primeros príncipes, ha venido en mi ayuda. Lo he dejado allí junto a los reyes de Persia y he venido a manifestarte lo que le ocurrirá a tu pueblo al fin de los días. Porque hay todavía una visión para esos días.»
    Al decirme estas palabras di con mi rostro en tierra y quedé en silencio; y he aquí que una figura de hijo de hombre me tocó los labios. Abrí la boca para hablar y dije a aquel que estaba delante de mí:
    «Señor mío, ante esta visión la angustia me invade y ya no tengo fuerzas. Y ¿cómo este siervo de mi Señor podría hablar con mi Señor, cuando ahora las fuerzas me faltan y ni aliento me queda?»
    La figura de hombre me tocó de nuevo y me reanimó. Me dijo:
    «No temas, hombre de las predilecciones; la paz sea contigo, cobra fuerza y ánimo.»
    Y mientras me hablaba me sentí reanimado y dije: «Hable mi Señor, porque me has confortado.»
    Me dijo entonces:
    «¿Sabes por qué he venido yo hacia ti? Voy a revelarte lo que está escrito en el libro de la verdad. Volveré ahora a luchar con el príncipe de Persia; cuando haya terminado, verás que viene el príncipe de Grecia. Nadie me presta ayuda para esto, excepto Miguel, vuestro príncipe, mi apoyo para darme ayuda y sostenerme.»

Responsorio     Dn 10, 12. 19. 21

R. Desde el primer día en que tú intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de tu Dios * fueron oídas las palabras de tu oración.
V. No temas, Daniel, voy a revelarte lo que está escrito en el libro de la verdad.
R. Pues fueron oídas las palabras de tu oración.


SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
(Cap. 18, 24. 26: CSEL 3, 308. 312-314)

RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE

    Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal .como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si, tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?
    Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.
    Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.
    Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de él.

Responsorio     Flp 3, 20-21; Col 3, 4

R. Nuestros derechos de ciudadanía radican en los cielos, de donde esperamos que venga Como salvador Cristo Jesús, el Señor. * Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.
V. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria.
R. Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.


Oración

Mueve, Señor, nuestros corazones, para que correspondamos con mayor generosidad a la acción de tu gracia, y recibamos en mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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Decía el escritor  George Bernard Shaw: “no es cierto que el poder corrompa, es que hay políticos que corrompen el poder”.


El poder político, que es el conjunto de medios eficaces para realizar las promesas electorales, de por sí no es corrupto. El poder no corrompe, sino que hay políticos que por estar corrompidos, por carecer de una estructura de valores sólida, corrompen el poder poniéndolo al servicio de intereses particulares o, simplemente, utilizándolo para delinquir.


La corrupción política proviene, por tanto del mal uso del poder, no del poder en sí que es necesario para desarrollar la acción política y promover el bien común. Es precisamente cuando el político no se plantea el bien común como fin de su acción, cuando todo se tambalea.




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TE he visto el corazón. Como una rosa
de joven sangre dulce amanecida.
Te he visto el corazón, música en vida,
abrirse en una rosa melodiosa…

Como una rosa viva, milagrosa,
en el jardín del pecho florecida
del rosal de tus venas, y encendida,
de un rítmico latir toda amorosa.

Sí. La vieron los ojos de mi sueño
que saben ver la realidad ausente,
latir amor cantando su alto empeño…

Y siento que me roba dulcemente
su callada armonía, flor de ensueño
que traspasa tu pecho adolescente. 

Bartolomé Llorens

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La encomienda

La encomienda

–Los españoles expropiaban a los indios sus tierras por medio de las encomiendas.

–No está usted bien informado. Es decir, está mal informado. Lea, por favor, lo que sigue.

La grave cuestión de la «encomienda» fue en la primera mitad del XVI una de las más discutidas por teólogos, juristas y gobernantes.

–La encomienda

Cuando los espa­ñoles llegaron a las Indias, aquel inmenso continente, de posibili­dades formidables en la agricultura, ganadería y minería, estaba prácticamente sin explotar. Muchos de los indios eran selváti­cos y a veces nómadas. Pero los mismos indígenas más desarrollados, como aztecas e incas, tenían muy reducidas sus áreas de cultivo, pues carecían de los conocimientos y de los medios que hacen posibles los amplios trabajos agropecuarios. Ignoraban sobre todo las formidables posibili­dades creativas de un trabajo humano fijo y diario, organizado y sistemático.

Así las cosas, ¿cómo hispanos e indios podían co-labo­rar, asociados en un gigantesco trabajo común, que aunase la téc­nica e iniciativa moderna y la fuerza y habilidad de los indios? ¿Cómo establecer un sistema laboral que permitiese en unos pocos decenios multiplicar la producción por diez o por cien, como así sucedió?… La encomienda fue en el XVI la clave de muchas cuestiones so­bre la nueva situación social de los indios en América.

Necesidad de la encomienda

Prohibida por la Corona desde el principio la esclavitud, se fue imponiendo muy pronto, promovida especialmente por Hernán Cortés, el sistema de la encomienda, que ya tenía antecedentes en el Derecho Romano, en las leyes castellanas medievales y en algunas costumbres indígenas. Juan de Solórzano (+1654) la define así: «Un derecho concedido por merced real a los beneméritos de las Indias para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se le encomendaren por su vida y la de un heredero, con cargo de cuidar de los indios en lo espiritual y defender las provincias donde fueren encomendados» (Política indiana II,8). Carlos Alvear Acevedo, historiador mexicano actual –cuya Historia de México, por cierto, en 1986 alcanzó ya las 40 ediciones– describe así la encomienda:

    «Un grupo de familias de indios, que vivían en sus lugares de cos­tumbre, que disponían de la propiedad de sus tierras y que conta­ban con la autoridad de sus mismos caciques, fueron sometidas al gobierno de un español. Los indios eran los encomendados. El es­pañol era el encomendero» (161).

    Unos y otros tenían sus derechos y obligaciones. El encomendero, que recibía la encomienda «por su vida y la de un heredero», tenía la obligación de dirigir el tra­bajo de los indios, de enseñarles, de cuidarles, y de procurarles instrucción reli­giosa, al mismo tiempo que tenía el derecho de percibir de los in­dios un tributo.

    Aun conscientes de los muchos peligros de abusos que tal sis­tema entrañaba, Cortés, los gobernantes de la Corona, y en general los misioneros, concretamente los franciscanos, aceptaron la enco­mienda, y se preocuparon de su moderación y humanización. A la vista de las circunstancias reales, estimaron que sin la encomienda apenas era posible la presencia de los españoles en la India, y que sin tal presencia corría muy grave peligro no sólo la civilización y el progreso del continente, sino la misma evangelización. Por eso, cuando las Leyes Nuevas de 1542, bajo el influjo de Las Ca­sas, quisieron terminar con ellas, los superiores de las tres Orde­nes misioneras principales –franciscanos, dominicos y agustinos– intercedieron ante Carlos I para que no se aplicase tal norma.

Necesidad de regularla estrictamente

    La institución de la encomienda siempre siempre fue restringida por la Corona, en parte por escrúpulos de conciencia, y en parte porque, como señala Céspedes del Castillo, porque «no podía tolerar la aparición [en América] de una nueva aristocracia señorial y con ribetes de feudal que, si lo­graba afirmarse, no habría modo de controlar desde el otro lado del Atlántico».        Por eso, las leyes españolas de Indias, fueron siempre muy limitativas al regularlas, haciendo que la encomienda de servicio fuera derivando a ser encomienda de tributo, «sin que el encomendero tenga contacto con los indios ni au­toridad sobre ellos» (América hisp. 92-93).

J. H. Elliot (1930-2013) entiende bien esta importante cuestión: «Para una Corona deseosa de consolidar y asegurar su propio control sobre los terri­torios recientemente adquiridos, el auge de la esclavitud y del sis­tema de encomienda constituía un serio peligro. Desde el principio, Fernando e Isabel se habían mostrado decididos a evitar el desarro­llo, en el Nuevo Mundo, de las tendencias feudales que durante tanto tiempo habían minado en Castilla el poder de la Corona. Re­servaron para ésta todas las tierras no ocupadas por los indígenas, con la intención de evitar la repetición de los hechos del primer pe­ríodo de la Reconquista [de España], cuando las tierras abandonadas fueron ocupadas por la iniciativa privada sin títulos legales. Al hacer el re­parto de las tierras tuvieron mucho cuidado en limitar la extensión concedida a cada individuo, para prevenir así la acumulación, en el Nuevo Mundo, de extensas propiedades según el modelo andaluz […]

    «El desarrollo del sistema de la encomienda, sin embargo, podía frustrar perfectamente los planes de la Corona. Existían afinidades naturales entre la encomienda y el feudo, y se corría el peligro de que los encomenderos llegaran a convertirse en una poderosa casta hereditaria. Durante los primeros años de la conquista la Corte se vio inundada de solicitudes de creación de señoríos indianos y de perpetuación de encomiendas en las familias de los primeros en­comenderos. Con notable habilidad, el Gobierno se las arregló para dar de lado a estas peticiones y retrasar las decisiones que los co­lonizadores aguardaban con ansiedad. Debido a esto las encomien­das no llegaron nunca a ser hereditarias de un modo formal, y su valor se vio constantemente reducido por la imposición de nuevas cargas tributarias, cada vez que se producía una vacante. Además, cuantas más encomiendas revertían a la Corona más decrecía el número de los encomenderos, y éstos fueron perdiendo importancia como clase a medida que transcurría el siglo» XVI.

    Durante la época española, apenas pudo formarse en América una clase pode­rosa de grandes propietarios.

    «En vez de ello, los funcionarios de la Corona española consolidaron lentamente su autoridad en todos los aspectos de la vida americana, y obligaron a los encomenderos y a los cabildos a sometérseles. La realización es mucho más notable si se la ve recortada ante el sombrío telón de fondo de la Castilla del siglo XV. A mediados de este siglo, los reyes castellanos no po­dían ni siquiera gobernar su propio país; un centenar de años des­pués eran los gobernantes efectivos de un vasto imperio que se ha­llaba a miles de millas de distancia. El cambio sólo puede expli­carse gracias a la extraordinaria realización real durante los años intermedios: la edificación de un Estado por Isabel y Fernando» (La España 74-75).

* * *

Las grandes haciendas se produjeron en la independencia

La concentración de la propiedad agraria en pocas manos, tan co­mún hoy en muchas partes de Hispanoamérica, rara vez procede de la época primera del descubrimiento y la conquista, sino que se fue desarrollando con el tiempo, sobre todo a par­tir de la Independencia.

Para valorar la repercusión social de este hecho se debe además tener en cuenta el cambio profundo que durante este proceso se fue operando en la misma concepción jurídica de la propiedad, y parti­cularmente de la propiedad de gran número de bienes que pertenecieron a los comunales de los pueblos o a la Iglesia, y que procedían, al paso de los años, de legados y donaciones.

Estos bienes, de ser bienes vinculados, no vendibles, «de mano muerta», protegidos así para cumplir su función esencial benéfica al servicio del bien común –ayuda de los más necesitados, mantenimiento del culto y de doctrinas, de escuelas, hospi­tales y asilos–, pasaron en la «desamortización», durante la revolución liberal del XIX, a ser pro­piedades de libre disposición, con nuevos dueños que comerciaron con ellas, obtuvieron notables enriquecimientos, y consiguieron una acumulación progresiva de grandes propiedades.

Este proceso ya fue parcialmente anticipado por la política ilus­trada del XVIII, como se ve, por ejemplo, en la extinción de las re­ducciones jesuíticas. En efecto, la expulsión de los jesuitas (1768), inspirada por esa política, trajo consigo el empobrecimiento y la dispersión de los indios, cuando los padres de la Compañía de Je­sús fueron sustituídos por administradores, que fueron transformándose en propietarios privados.

    De este modo, en el transcurso de algunas generaciones, gran número de tierras fueron pasando a manos de muy reducidos gru­pos oligárquicos, con lo cual los ricos se enriquecieron más y los pobres se quedaron más pobres. De ahí suelen proceder muchos de los grandes propietarios que han llegado hasta nuestros días.

    Es cierto, sin embargo, y conviene recordarlo, que algunos de es­tos nuevos grandes propietarios, manteniendo la conciencia católica y la tradición hispana, permanecieron en sus tierras, y administra­ron sus fundoslatifundios– con un cierto sentido benéfico hacia los trabajadores –procurando caminos y fuentes, casas y escuelas, velando por su seguridad social, organizando misiones, etc.–. Pero los más, integrándose en la alta burguesía de las capitales, cayeron de lleno en la dureza del capita­lismo liberal.

    Pues bien, mientras la encomienda estuvo vigente, tuvo formas concretas, e incluso jurídicas, bastante diversas según las regiones de América. Frecuentemente restringida en el XVI, su extinción legal se fue preparando a lo largo del XVII –por ejemplo, con gravámenes desventajosos para los encomenderos–. Y por último, cambiadas ya las circunstancias sociales y laborales, la encomienda fue su­primida prácticamente en todas las Indias en 1718.

A medida que se fue creando una opinión generalizada en cuanto a la inevitabilidad de la encomienda, la indignación de Las Casas fue creciendo, pues en ellas él veía algo, por decirlo así, intrínsecamente perverso. No era para él la encomienda un tema social y político discutible, sobre el cual varones prudentes y sinceramente amantes de los indios se dividían en sus opiniones, sino que era algo malo per se. Por eso cuando, ya anciano, supo que sus mismos hermanos domini­cos de Guatemala informaban favorablemente de la situación de los indios, les envió en 1563 una carta amarga, llena de reproches. Pero hablemos del padre Las Casas más detenidamente, pues en el siglo XVI él fue sin duda el eje principal de todo el debate moral his­pano sobre las Indias.

* * *

Testimonios verdaderos sobre la encomienda

Jean Dumont (+2001), historiador especializado en la América hispana, en su libro La Iglesia ante el reto de la historia (135-136), plantea con realismo de verdad la problemática co-laboración de indios y españoles en la realización de obras y cultivos en inmenso mundo apenas explotado.

«Hay que reconocer que el pueblo indio, por muy conmovedor que sea para un corazón cristiano y por muchos valores desinteresados que posea, encarna todo lo contrario a la eficacia económica. Encontrado por los conquistadores en el período neolítico (ignorando la rueda, la bestia de carga, la bóveda, la escritura, la moneda e incluso la verdadera agricultura), en cuatrocientos años no ha podido superar por sí mismo el retraso de varios milenios, situación en la que se encontraban realmente en relación con la Europa del siglo XVI».

Algún modo de encomienda se hacía necesario totalmente en orden a la evangelización, la civilización y el progreso. El mismo Dumont nos trae algunas citas importantes de «el especialista de la encomienda, el mexicano Silvio Zavala» (+2014) (La Encomienda indiana, Madrid 1935).

Es errónea, escribe Zavala, «la creencia extendida entre sociólogos, juristas, indigenistas y estudiantes, de que las encomiendas de la conquista tuvieron una naturaleza territorial y constituyeron una expropiación de los indígenas, que prepararon la concentración de las tierras del siglo XIX. Pienso que conviene adoptar una actitud de reserva ante esta tesis, porque los caracteres jurídicos de la encomienda india y las enseñanzas que se desprenden de los documentos que tratan de las tierras comprendidas en los pueblos de las encomiendas, justifican otras conclusiones». Las principales conclusiones del estudio de las encomiendas, sigue diciendo Zavala, son las siguientes:

1. «Los títulos de las encomiendas no suponen ningún deerecho (para el titular) sobre la propiedad de las tierras. A lo sumo, y a causa del tributo pagado en especie, ciertas tierras sembradas les eran asignadas, sin que el derecho de propiedad sobre ellas fuera modificado por esta razón.

2. «Los indios poseían tierras colectiva o individualmente, sin que el señor o titular de la encomienda pudiera arrebatárselas legítimamente. Hubo ejemplos de expropiaciones, pero también abundantes acciones judiciales que las repararon.

3. «La defensa de la propiedad de los indios coincidía con el interés del titular de la encomienda, y éste reconocía gustosamente el derecho de propiedad indígena..

4. «En los señoríos y encomiendas de América se observa una protección de la propiedad de los indios que va más allá de los derechos limitados que reconocía la Europa medieval a los campesinos (y que seguían vigentes en la época de la conquista americana9.

«Lejos de organizar la expropiación de los indios y reducirlos a esclavitud, el sistema de la encomienda marcó, pues, un progreso respecto a Europa, organizando inteligentemente un consenso entre indios y titulares de las encomiendas […].

«Es en el siglo XIX cuando empieza la auténtica servidumbre impuesta al pueblo indio con la expropiación de sus tierras en beneficio de los propietarios de haciendas. Y es precisamente entonces cuando la independencia de los países de América libera a los capitalistas criollos (o recientemente inmigrados) del antiguo control real metropolitano, y cuando el laicismo triunfante (con la ayuda protestante norteamericana) desposeerá y desmantelará a la Iglesia inspiradora, a pesar de sus debilidades, de la antigua dilección legal hacia los indios».

Silvio Zavala expresa gráficamente este proceso con «dos círculos idénticos que representan el área territorial de un pueblo indio: el primer círculo traduce la situación bajo el imperio de la encomienda del siglo XVI; el segundo círculo nos muestra lo que había llegado a ser la hacienda del siglo XIX.

«En tiempos de la encomienda la propiedad india cubre la casi totalidad del círculo […] En el centro del círculo, masivamente dominado por la propiedad india, se encuentra la aglomeración aldeana india, donde habitan las autoridades indias: cacique, notables, municipalidad. En resumen, los indios viven en su propia tierra, en su casa y con sus instituciones locales. Los titulares de las encomiendas viven habitualmente en la ciudad. Por otro lado, los españoles tienen formalmente prohibido instalarse en una aldea india.

«En tiempos de la hacienda del siglo XIX todo es distinto. El centro del círculo se ha convertido en sede de la hacienda, dominado por la casa [patronal] del dueño y del intendente. La aglomeración india ha sido echada fuera del círculo, donde ya no ejerce ninguna función institucional propia. La propiedad del dueño de la hacienda cubre todo el círculo, pues la propiedad india ha desaparecido completamente.  La implantación india en el círculo sólo está representada por algunos trozos de tierra concedidos temporalmente a los obreros agrícolas indios para ayudarles a vivir y retenerlos al servicio del dueño. En resumen, los indios ya no están en su casa: despojados de sus tierras y de sus instituciones, sólo queda de ellos un rebaño humano entregado al arbitrio del capitalista agrario» (hasta aquí Zavala, citado por Dumont (La Iglesia… 126-131).

La más auténtica verdad de una institución se halla en sus principios. Pues bien, respecto de la encomienda la Corona española había establecido ya en las Leyes Nuevas de 1542: «Ordenamos que ningún titular de encomienda pueda poseer por él mismo o por otra persona propiedad alguna en el interior del territorio de su encomienda y, si la posee, que la deje o la venda. De igual modo ordenamos que ningún titular de encomienda pueda exigir “servicios”  a los indios».

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

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