junio 2014

preciosísima sangre


LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

DE NUESTRO

SEÑOR JESUCRISTO


¡Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa de Cristo; de esa Sangre, fruto de un seno generoso, que el Rey de las gentes derramó para rescate del mundo: “in mundi praetium“!


Pero, antes de que la lengua cante gozosa y el corazón se explaye en afectos de gratitud y amor, es necesario que medite la inteligencia las sublimidades del Misterio de Sangre que palpita en el centro mismo de la vida cristiana.


Hay tres hechos que se dan, de modo constante y universal, a través de la historia del hombre: la religión, el sacrificio y la efusión de sangre.


Los más eminentes antropólogos han considerado la religiosidad como uno de los atributos del género humano. La función céntrica de toda forma religioso-social ha sido siempre el sacrificio. Este se presenta como la ofrenda a Dios de alguna cosa útil al hombre, que la destruye en reconocimiento del supremo dominio del Señor sobre todas las cosas y con carácter expiatorio. Por lo que se refiere a la efusión de sangre, observamos que el sacrificio —al menos en su forma más eficaz y solemne— importa la idea de inmolación o mactación de una víctima, y, por lo mismo, el derramamiento de sangre, de modo que no hay religión que, en su sacrificio expiatorio, no lleve consigo efusión de sangre de las víctimas inmoladas a la divinidad.


La sangre es algo que repugna y aparta, sobre todo si se trata de sangre humana. Sin embargo, en los altares de todos los pueblos, en el acto, cumbre en que el hombre se pone en relación con Dios, aparece siempre sangre derramada.


Así lo hace Abel, a la salida del paraíso (Gen. 4, 4), y Noé, al abandonar el arca (Gen. 8, 20-21). El mismo acto repite Abraham (Gen. 15, 10). Y sangre emplea Moisés para salvar a los hijos de Israel en Egipto (Ex. 12, 13), para adorar a Dios en el desierto (Ex. 14, 6) y para purificar a los israelitas (Heb. 9, 22). Una hecatombe de víctimas inmoladas solemnizó la dedicación del templo de Salomón.


Y no es sólo el pueblo escogido el que hace de la sangre el centro de sus funciones religiosas más solemnes, sino que son también los pueblos gentiles; en ellos encontramos igualmente víctimas y altares de sacrificio cubiertos de sangre, como lo cuentan Homero y Herodoto en la narración de sus viajes.


Adulterado el primitivo sentido de la efusión de sangre, en el colmo de la aberración, llegaron los pueblos idólatras a ofrecer a los dioses falsos la sangre caliente de víctimas humanas. Niños, doncellas y hombres fueron inmolados, no sólo en los pueblos salvajes, sino también en las cultas ciudades. Y todavía, cuando los conquistadores españoles llegaron a Méjico, quedaron horripilados a la vista de los sacrificios humanos. Los sacerdotes idólatras sacrificaban anualmente miles de hombres, a los que, después de abrirles vivos el pecho, sacaban el corazón palpitante para exprimirlo en los labios del ídolo,


El hecho histórico, constante y universal, del derramamiento de sangre como función religiosa principal de los pueblos encierra en sí un gran misterio, cuya clave para descifrarlo se halla entre dos hechos también históricos, uno de partida y otro de llegada, de los que uno plantea el tremendo problema y el otro lo resuelve, para alcanzar su punto culminante en el “himno nuevo”, que eternamente cantan los ancianos ante el Cordero sacrificado (Apoc. 7, 14), al que rodean los que, viniendo de la gran tribulación, lavaron y blanquearon sus túnicas en la Sangre del Cordero (ibid.), y vencieron definitivamente, por la virtud de la Sangre, al dragón infernal (cf. Apoc. 12, 11).


El pecado original creó un estado de discordia y enemistad entre Dios y el hombre. Consecuencia del pecado fue la siguiente: Dios, en el cielo, ofendido; el hombre, en la tierra, enemigo de Dios, y Satanás, “príncipe de este mundo” (lo. 12, 31), al que reduce a esclavitud.


En la conciencia del hombre desgraciado quedó el recuerdo de su felicidad primera, la amargura de su deslealtad para con el Creador, el instinto de recobrar el derecho a sus destinos gloriosos y el ansia de reconciliarse con Dios.


¡Y surge el fenómeno misterioso de la sangre! El hombre siente en lo más íntimo de su naturaleza que su vida es de Dios y que ha manchado esta vida por el pecado original y por sus crímenes personales. La voz de la naturaleza, escondida en lo íntimo de su conciencia, le exige que rinda al supremo Hacedor el homenaje de adoración que le es debido, y, después de la caída desastrosa, le reclama una condigna expiación. Adivina el hombre la fuerza y el valor de la sangre para su reconciliación con Dios, pues en la sangre está la vida de la carne, ya que la sangre es la que nutre y restaura, purifica y renueva la vida del hombre; sin ella, en las formas orgánicas superiores, es imposible la vida: al derramarse la sangre sobreviene la muerte.


Por otra parte, si en la sangre está la vida —vida que manchó el pecado—, extirpar la vida será borrar el pecado. De ahí que el hombre, llevado por su instinto natural, se decide a “hacer sangre”, eligiendo para este oficio a “hombres de sangre”, como han llamado algunas razas a sus sacerdotes, para que, con los sacrificios cruentos, rindan, en nombre de todos, homenaje y expiación a la divinidad. Dios mostró su agrado por estos sacrificios (Gen. 4, 4; 8, 21) y consagró con sus mandatos esta creencia al ordenar el culto del pueblo hebreo (Lev. 1, 6; 17, 22).


La sangre, por representar la vida, fue entonces elegida como el instrumento más adecuado para reconocer el supremo dominio de Dios sobre la vida y sobre todas las cosas y para expiar el pecado. Por eso Virgilio, al contemplar la efusión de sangre de la víctima inmolada, dirá poéticamente que es el alma vestida de púrpura la que sale del cuerpo sacrificado (Eneida, 9,349).


Pero como el hombre no podía derramar su propia sangre ni la de sus hermanos, buscó un sustituto de su vida en la vida de los animales, especialmente en la de aquellos que le prestaban mayor utilidad, y los colocó sobre los altares, sacrificándolos en adoración y en acción de gracias, para impetrar los dones celestes y para que le fueran perdonados sus pecados. He aquí descifrado el misterio del derramamiento de sangre. Su universalidad hace pensar si sería Dios mismo el que enseñara a nuestros primeros padres esta forma principal del culto religioso.


Los sacrificios gentílicos, aun en medio de sus aberraciones, no eran otra cosa que el anhelo por la verdadera expiación. Por eso se ofrecían animales inmaculados o niños inocentes, buscando una ofrenda enteramente pura. Pero vana era la esperanza de reconciliación con Dios por medio de los animales: no hay paridad entre la vida de un animal y el pecado de un hombre (cf. Heb. 10, 4). Era inútil para ello la efusión de sangre humana, de niños y doncellas, que eran sacrificados a millares: no se lava un crimen con otro crimen, ni se paga a Dios con la sangre de los hombres.


Quedaban los sacrificios del pueblo judío, ordenados y queridos por Dios, pero en ellos no había más que una expiación pasajera e insuficiente.


Los sacrificios judaicos, especialmente el sacrificio del Cordero pascual y el de la Expiación, tenían por fin principal anunciar y representar el futuro sacrificio expiatorio del Redentor (Heb. 10, 1-9). Estos sacrificios no tenían más valor que su relación típica con un sacrificio ideal futuro, con una Sangre inocente y divina que había de derramarse para nivelar la justicia de Dios y poner paz entre Él y los hombres (cf. Cor, 2, 17). Todo el Antiguo Testamento estaba lleno de sangre, figura de la Sangre de Cristo, que había de purificarnos a todos y de la que aquélla recibía su eficacia. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran, en efecto, de un valor limitado, pues su eficacia se reducía a recordar a los hombres sus pecados y a despertar en ellos afectos de penitencia, significando una limpieza puramente exterior, por medio de una santidad legal, que se aviniera con las intenciones del culto, pero que no podía obrar su santificación interior.


Por lo demás, Dios sentía ya hastío por los sacrificios de animales, ofrecidos por un pueblo que le honraba con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él (cf. Mt. 15, 8). “¡Si todo es mío! ¿Por qué me ofrecéis inútilmente la sangre de animales, si me pertenecen todos los de las selvas? No ofrezcáis más sacrificios en vano” (Is. 1, 11-13; 40, 16; Ps. 49, 10).


Para reconciliar al mundo con Dios se necesitaba sangre limpia, incontaminada; sangre humana, porque era el hombre el que había ofendido a Dios; pero sangre de un valor tal que pudiera aceptarla Dios como precio de la redención y de la paz; sangre representativa y sustitutiva de la de todos los hombres, porque todos estaban enemistados con Dios. ¡Ninguna sangre bastaba, pues, sino la de Cristo, Hijo de Dios!


Esta sola es incontaminada, como de Cordero inmaculado (1 Petr. 1, 19); de valor infinito, porque es sangre divina; representativa de toda la sangre humana manchada por el pecado, porque Dios cargará a este, su divino Hijo, todas las iniquidades de todos los hombres (Is. 53, 6).


Si los hombres tuvieron facilidad para venderse, observa San Agustín, ahora no la tenían para rescatarse; pero aún más, no tenían siquiera posibilidad de ello. Y el Verbo de Dios, movido por un ímpetu inefablemente generoso de amor, al entrar en el mundo le dijo al Padre: “Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron; entonces dije: Heme aquí presente” (Heb. 10, 5-7). Y ofreciendo su sacrificio, con una sola oblación, la del Calvario, perfeccionó para siempre a los santificados (Heb. 10, 12-14). Y el hombre, deudor de Dios, pagó su deuda con precio infinito; alejado de Él, pudo acercarse con confianza (Heb. 10, 19-22); degradado por la hecatombe de origen, fue rehabilitado y restituido a su primitiva dignidad. Se había acabado todo lo viejo; la reconciliación estaba hecha por medio de Jesucristo; Dios y el hombre habían sido puestos cerca por la Sangre de Cristo Jesús. Todo había sido reconciliado en el cielo y en la tierra por la Sangre de la Cruz (2 Cor. 5, 18-19; Eph. 2, 16; Col. 1, 20).


La sangre real de Cristo (Lc. 1, 32; Apoc. 22, 16), divina y humana, sangre preciosa, precio del mundo, había realizado el milagro. El rescate fabuloso estaba pagado. “Nada es capaz de ponérsele junto para compararla, porque realmente su valor es tan grande que ha podido comprarse con ella el mundo entero y todos los pueblos” (San Agustín).


Pudo Jesucristo redimir al mundo sin derramar su Sangre; pero no quiso, sino que vivió siempre con la voluntad de derramarla por entero. Hubiera bastado una sola gota para salvar a la humanidad; pero Jesús quiso derramarla toda, en un insólito y maravilloso heroísmo de caridad, fundamento de nuestra esperanza.


¡Oh generoso Amigo, que das la vida por tus amigos! ¡Oh Buen Pastor, que te entregaste a la muerte por tus ovejas! (lo. 15, 13: 10, 15). ¡Y nosotros no éramos amigos, sino pecadores! Jesucristo se nos presenta como el Esposo de los Cantares, cándido y rubicundo; por su santidad inmaculada, mas blanco que la nieve; pero con una blancura como la de las cumbres nevadas a la hora del crepúsculo, siempre rosada por el anhelo, por la voluntad, por el hecho inaudito de la total efusión de su Sangre redentora.


“¡Sangre y fuego, inestimable amor!”, exclamaba Santa Catalina de Siena. “La flor preciosa del cielo, al llegar la plenitud de los tiempos, se abrió del todo y en todo el cuerpo, bañada por rayos de un amor ardentísimo. La llamarada roja del amor refulgió en el rojo vivo de la Sangre” (SAN BUENAVENTURA, La vid mística, 23).


Las tres formas legítimas de religión con las que Dios ha querido ser honrado a lo largo de los siglos (patriarcal, mosaica y cristiana) están basadas en un pacto que regula las relaciones entre Dios y el hombre; pacto sellado con sangre (Gen. 17, 9-10,13; Ex. 24, 3-7,8; Mt. 26, 8; Mc. 14, 24: Lc, 22, 20; 1 Cor. 11, 25). La Sangre purísima de Jesucristo es la Sangre del Pacto nuevo, del Nuevo Testamento, que debe regular las relaciones de la humanidad con Dios hasta el fin del mundo.


Cada uno de estos pactos es un mojón de la misericordia de Dios, que orienta la ruta de la humanidad en su camino de aproximación a la divinidad: caída del hombre, vocación de Abraham, constitución de Israel, fundación de la Iglesia.


Todo pacto tiene su texto. El texto del Nuevo Testamento es el Evangelio en su expresión más comprensiva, que significa el cúmulo de cosas que trajo el Hijo de Dios al mundo y que se encierran bajo el nombre de la “Buena Nueva”. Buena Nueva que comprende al mismo Jesucristo, alfa y omega de todo el sistema maravilloso de nuestra religión; la Iglesia, su Cuerpo Místico, con su ley, su culto y su jerarquía; los sacramentos, que canalizan la gracia, participación de la vida de Dios, y el texto precioso de los sagrados Evangelios y de los escritos apostólicos, llamados por antonomasia el Nuevo Testamento, luz del mundo y monumento de sabiduría del cielo y de la tierra.


Además, el Pacto lleva consigo compromisos y obligaciones que Cristo ha cumplido y sigue cumpliendo, y debe cumplir también el cristiano. Antes de ingresar en el cristianismo y de ser revestidos con la vestidura de la gracia hicimos la formalización del Pacto de sangre, con sus renuncias y con la aceptación de sus creencias. “¿Renuncias?… ¿Crees?…, nos preguntó el ministro de Cristo. “¡Renuncio! ¡Creo!” “¿Quieres ser bautizado?” “¡Quiero!” Y fuimos bautizados en el nombre de la Trinidad Santísima y en la muerte de Cristo, para que entendiéramos que entrábamos en la Iglesia marcados con la Sangre del Hijo de Dios. Quedó cerrado el pacto, por cuyo cumplimiento hemos de ser salvados. “La Sangre del Señor, si quieres, ha sido dada para ti; si no quieres, no ha sido dada para ti. La Sangre de Cristo es salvación para el que quiere, suplicio para el que la rehusa” (Serm. 31, lec.9, Brev. in fest. Pret. Sanguinis).


El pacto de paz y reconciliación tendrá su confirmación total en la vida eterna. “Entró Cristo en el cielo —dice Santo Tomás— y preparó el camino para que también nosotros entráramos por la virtud de su Sangre, que derramó en la tierra” (3 q.22 a.5).


“No os pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad, pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo”, advierte San Pablo (1 Cor. 6, 19.20). Glorificar a Dios en el propio cuerpo significa mantener limpia y radiante —por una vida intachable y una conducta auténticamente cristiana— a imagen soberana de Dios, impresa en nosotros por la creación, y la amable fisonomía de Cristo, grabada en nuestra alma por medio de los sacramentos. Si nos sentimos débiles, vayamos a la misa, sacrificio del Nuevo Testamento, y acerquémonos a la comunión para beber la Sangre que nos dará la vida (lo. 6, 54).


En esta hora de sangre para la humanidad sólo los rubíes de la Sangre de Cristo pueden salvarnos. Con Catalina de Siena. “os suplico, por el amor de Cristo crucificado, que recibáis el tesoro de la Sangre, que se os ha encomendado por la Esposa de Cristo”, pues es sangre dulcísima y pacificadora, en la que “se apagan todos los odios y la guerra, y toda la soberbia del hombre se relaja”.


Si para el mundo es ésta una hora de sangre, para el cristiano ha sonado la hora de la santidad. Lo exige la Sangre de Cristo. “Sed. Santos —amonestaba San Pedro a la primera generación cristiana—, sed santos en toda vuestra conducta, a semejanza del Santo que os ha llamado a la santidad… Conducíos con temor durante el tiempo de nuestra peregrinación en la tierra, sabiendo que no habéis sido rescatados con el valor de cosas perecederas, el oro o la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo, que es como de Cordero incontaminado e inmaculado” (1 Petr. 1, 15-18).


Roguemos al Dios omnipotente y eterno que, en este día, nos conceda la gracia de venerar, con sentida piedad, la Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, y que, por su virtud, seamos preservados en la tierra de los males de la vida presente, para que gocemos en el cielo del fruto sempiterno (Colecta de la festividad).


¡Acuérdate, Señor, de estos tus siervos, a los que con tu preciosa Sangre redimiste!


Lecturas del día:


1. (Año II) Amós 3,1-8:4,11-12


a) El profeta Amós se encara valientemente con los dirigentes del pueblo israelita: «os tomaré cuentas por vuestros pecados… Prepárate a encararte con tu Dios». Dios les exige más que a los demás pueblos, porque también ha multiplicado con ellos, más que con ningún otro pueblo, sus signos de predilección.


El profeta no puede callar, porque Dios le ha mandado hablar. Para justificar esto, Amós, con su lenguaje de hombre de campo, encadena una serie de binomios lógicos de causa y efecto: así como un león que ruge muestra que ha conseguido una presa, o un pájaro que cae es porque había una trampa, o una trompeta que suena produce alarma en todo el pueblo, así también el profeta. Si Dios se lo manda, no puede dejar de denunciar el mal: «habla el Señor, ¿quién no profetiza?».


Por eso denuncia Amós los males de su época. Es un «profeta de la justicia social».


Como dice el salmo, dirigiéndose a Dios, «tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped: al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor».


b) Los cristianos podemos merecer unos reproches como los de Amós, con más motivos todavía que los de Israel, si no somos fieles a Dios.


Los israelitas eran duros y no se convertían. Ni siquiera el escarmiento de la catástrofe sufrida por Sodoma y Gomorra les duró mucho tiempo. Y nosotros ¿no tendríamos que escuchar el aviso del profeta: «os tomaré cuentas por vuestros pecados… prepárate a encararte con tu Dios?».


¡Cuántas voces proféticas nos llegan a nosotros! La Palabra de Dios nos llama a serle más fieles, y Dios nos ofrece su reconciliación en los sacramentos, y los pastores de la Iglesia repiten sus llamadas en favor de los valores del evangelio, y podemos ver múltiples ejemplos de integridad y generosidad en tantas personas que nos rodean. ¿Les hacemos caso o les prestamos oídos sordos? A nadie le gusta que le recuerden sus fallos. Pero tenemos que ser sinceros y oír lo que Dios nos dice: «Escuchad esta palabra que dice el Señor, hijos de Israel».


Ser cristianos -o religiosos, o sacerdotes- no es garantía de salvación. Cuanto más hemos recibido, más se nos exigirá. Ojalá podamos decir, con el salmo, a la vez que rechazamos la maldad de los cínicos de este mundo: «pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo con toda reverencia».


2. Mateo 8,23-27


a) De hoy al jueves escuchamos otra serie de milagros de Jesús: hoy, el de la tempestad calmada.


En el lago de Genesaret se forman con frecuencia grandes temporales (la palabra griega «seismós megas» apunta a un «gran seísmo», a un maremoto). Los apóstoles quedaron aterrorizados, a pesar de estar avezados en su oficio de pescadores.


Despiertan a Jesús, que sigue dormido -debe tener un gran cansancio, un sueño profundo y una salud de hierro- con una oración bien espontánea: «Señor, sálvanos, que nos hundimos». Y quedan admirados del poder de Jesús, que calma con su potente palabra la tempestad: «¿quién es éste? hasta el viento y el agua le obedecen».


b) Seguir a Jesús no es fácil, nos decía él mismo ayer. Hoy, el evangelio afirma brevemente que cuando él subió a la barca, «sus discípulos lo siguieron»; pero eso no les libra de que, algunas veces en su vida, haya tempestades y sustos.


También en la de la Iglesia, que, como la barca de los apóstoles, ha sufrido, en sus dos mil años de existencia, perturbaciones de todo tipo, y que no pocas veces parece que va a la deriva o amenaza naufragio.


También en nuestra vida particular hay temporadas en que nos flaquean las fuerzas, las aguas bajan agitadas y todo parece llevarnos a la ruina.


¿Mereceríamos alguna vez el reproche de Jesús: «cobardes, ¡qué poca fe tenéis!»?


Cuando sabemos que Cristo está en la barca de la Iglesia y en la nuestra; cuando él mismo nos ha dicho que nos da su Espíritu para que, con su fuerza, podamos dar testimonio en el mundo; cuando tenemos la Eucaristía, la mejor ayuda para nuestro camino, ¿cómo podemos pecar de cobardía o de falta de confianza?


Es verdad que también ahora, a veces, parece que Jesús duerme, sin importarle que nos hundamos. Llegamos a preguntarnos por qué no interviene, por qué está callado. Es lógico que brote de lo más íntimo de nuestro ser la oración de los discípulos: «sálvanos, que nos hundimos».


La oración nos debe reconducir a la confianza en Dios, que triunfará definitivamente en la lucha contra el mal. Y una y otra vez sucederá que «Jesús se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma».


«Señor, guíame con tu justicia, yo entraré en tu casa con toda reverencia» (salmo II)


«Señor, ¡sálvanos, que nos hundimos!» (evangelio)


«Jesús se puso en pie y vino una gran calma» (evangelio)






Yo escribo posts con palabras, pero he aquí que hoy he encontrado un vídeo que expresa con imágenes lo que he intentado decir, en otras ocasiones, sobre el desenfoque esencial de nuestra monarquía. Basta con ver los primeros tres minutos:



Un último apunte sobre el tema de la monarquía. No sabía yo que el cardenal Rouco invitó a la Casa Real al acto de beatificación de los 522 mártires.


Allí se honró a los inocentes muertos por el odio. Allí se honró a los que no quisieron inmiscuirse en bandos políticos. Sin embargo, la Casa Real no quiso, ni siquiera, enviar una representación.


Sólo un jalón más en un camino real desencaminado desde el principio. Si al Reino Unido las hordas comunistas, socialistas y anarquistas le hubieran torturado y masacrado a 4000 sacerdotes anglicanos, los homenajes anuales hubieran sido unánimes, fastuosos, en Canterbury, en Westminster y en la Catedral de San Pablo, con lores, comunes, arzobispos y con la Reina a la cabeza.


Ésa es una diferencia, una más, entre esa nación y la nuestra. Con lo grandiosa que fue nuestra historia, y cómo hemos renegado de ella. Europa ha caído en una gran apostasía. Lo peor es que no soy muy viejo y me tocará ver los frutos de todo esto durante mi vida.





“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (Mt 8, 23-27). Jesús sube a la barca y los discípulos suben con él. Cansado por las fatigas del camino, Jesús se duerme. Mientras tanto, se desata una tormenta, la cual es tan fuerte, que amenaza con hundir la barca. Los discípulos, a pesar de ser experimentados marineros, puesto que se dedicaban, en su mayoría, al oficio de pescadores, entran en pánico ante la violencia de las olas y del viento y acuden a Jesús, despertándolo y pidiéndole auxilio: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”. Jesús se despierta, les reprocha su miedo y su poca fe -“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” – y con una sola orden de su voz, hace cesar inmediatamente la tormenta, sobreviniendo una gran calma. Los discípulos, llenos de admiración, no caen todavía en la cuenta de que Él es el Hombre-Dios, a quien le obedecen los elementos de la naturaleza y el universo todo, y por eso se preguntan: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.


Toda la escena tiene un significado sobrenatural: la barca es la Iglesia; el mar, es el mundo y la historia humana; el viento y el mar embravecidos, es decir, la tormenta que busca hundir a la barca, son las fuerzas del Infierno, que buscan destruir la Iglesia de Jesucristo; Jesús, es el Hombre-Dios; su actitud de dormir en la barca, es su Presencia Eucarística, sacramental, porque significa que Jesús está Presente verdaderamente en su Iglesia, pero debido a que no se lo escucha sensiblemente, audiblemente, pareciera estar ausente, como dormido, pero está verdaderamente Presente en su Iglesia, y es Él quien gobierna la Iglesia, el mundo y el Universo todo, tanto el visible como el invisible; la tribulación de los discípulos, que entran en pánico frente a la tormenta, significa la falta de fe de los hombres de la Iglesia en tiempos de tribulación y persecución por parte del mundo y de las fuerzas del Infierno, debido, en gran medida, a la falta de vida espiritual y de oración; la intervención de Jesús, por último, demuestra que Él es el Hombre-Dios, a quien están sometidos no solo las fuerzas ciegas de la naturaleza, sino también las potestades del Infierno, porque como dice el himno a los Filipenses, “a su Nombre, se dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos” (2, 10ss). El episodio de la barca azotada por la tempestad y la calma que sobreviene a la sola orden de la voz de Jesús, debe hacernos recordar que Jesús en la Eucaristía tiene el poder de aquietar toda tormenta que agite nuestras vidas, puesto que Él es el Gran Capitán de esa hermosísima Nave que es la Iglesia, llamada “Santa María” y jamás permitirá que no solo se hunda, sino que la conducirá, segura y firme, hasta hacerla llegar a la Ciudad de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.






“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (Mt 8, 23-27). Jesús sube a la barca y los discípulos suben con él. Cansado por las fatigas del camino, Jesús se duerme. Mientras tanto, se desata una tormenta, la cual es tan fuerte, que amenaza con hundir la barca. Los discípulos, a pesar de ser experimentados marineros, puesto que se dedicaban, en su mayoría, al oficio de pescadores, entran en pánico ante la violencia de las olas y del viento y acuden a Jesús, despertándolo y pidiéndole auxilio: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”. Jesús se despierta, les reprocha su miedo y su poca fe -“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” – y con una sola orden de su voz, hace cesar inmediatamente la tormenta, sobreviniendo una gran calma. Los discípulos, llenos de admiración, no caen todavía en la cuenta de que Él es el Hombre-Dios, a quien le obedecen los elementos de la naturaleza y el universo todo, y por eso se preguntan: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.


Toda la escena tiene un significado sobrenatural: la barca es la Iglesia; el mar, es el mundo y la historia humana; el viento y el mar embravecidos, es decir, la tormenta que busca hundir a la barca, son las fuerzas del Infierno, que buscan destruir la Iglesia de Jesucristo; Jesús, es el Hombre-Dios; su actitud de dormir en la barca, es su Presencia Eucarística, sacramental, porque significa que Jesús está Presente verdaderamente en su Iglesia, pero debido a que no se lo escucha sensiblemente, audiblemente, pareciera estar ausente, como dormido, pero está verdaderamente Presente en su Iglesia, y es Él quien gobierna la Iglesia, el mundo y el Universo todo, tanto el visible como el invisible; la tribulación de los discípulos, que entran en pánico frente a la tormenta, significa la falta de fe de los hombres de la Iglesia en tiempos de tribulación y persecución por parte del mundo y de las fuerzas del Infierno, debido, en gran medida, a la falta de vida espiritual y de oración; la intervención de Jesús, por último, demuestra que Él es el Hombre-Dios, a quien están sometidos no solo las fuerzas ciegas de la naturaleza, sino también las potestades del Infierno, porque como dice el himno a los Filipenses, “a su Nombre, se dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos” (2, 10ss). El episodio de la barca azotada por la tempestad y la calma que sobreviene a la sola orden de la voz de Jesús, debe hacernos recordar que Jesús en la Eucaristía tiene el poder de aquietar toda tormenta que agite nuestras vidas, puesto que Él es el Gran Capitán de esa hermosísima Nave que es la Iglesia, llamada “Santa María” y jamás permitirá que no solo se hunda, sino que la conducirá, segura y firme, hasta hacerla llegar a la Ciudad de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.





“Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad”, recomienda el papa Francisco en Evangelii Gaudium, 223.


La palabra “ansiedad” tiene dos acepciones: 1. “Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo” y 2. “Angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos”.


Es evidente que, para la Iglesia, pongamos para la Iglesia en España, no es rentable ni la agitación ni la zozobra de la angustia. ¿De dónde puede venir la inquietud? De la constatación de que ya no es la Iglesia – ya no somos los católicos – lo que ha (hemos) sido. Hoy somos una minoría, grande por comparación con otras minorías, pero minoría al fin y al cabo. Y es sano ser conscientes de ello.


¿Debemos perder el sosiego, la serenidad? Creo que no. Debemos – podemos – re-situarnos a base de convicciones claras y tenacidad.


Una convicción es una idea a la que uno está fuertemente adherido. Y los cristianos tenemos convicciones. La fe no es un solo un “sentimiento”; es una convicción, una idea. Un acto del entendimiento y, a la vez, una intención de hacer algo. Creer, si somos católicos, supone una visión global del mundo y un fundamento para un imperativo ético, para un modo de actuar.


Y esa convicción ha de ser “clara”; es decir, ha de distinguirse sin enorme dificultad de otras convicciones, y ha de ser, en lo posible, nítida. No puede ser que no sepamos muy bien en qué consiste ser católicos. No puede ser que alguien se llame “católico” en medio de la confusión sobre cuál es el contenido de la fe, cuál la línea moral que se ha de seguir, cuál el modo de orar y cuál la forma concreta de culto que es agradable a Dios.


Y en orden a esta necesaria clarificación no cabe pedirles a los que no son Iglesia que tracen nuestra identidad. ¿De dónde brota esta identidad? Brota de la revelación divina, que tiene su centro en Cristo, atestiguado en la Sagrada Escritura interpretada en el contexto de la Tradición. Y, en caso de duda, la palabra última le corresponde, de acuerdo con la Escritura y con la Tradición, al Magisterio de la Iglesia.


En este objetivo hay que trabajar enormemente. Podemos seguir engañándonos – y pretender engañar a otros – expandiendo hasta el infinito el calificativo de “católico”. No es “católico”, sin más, quien, por costumbre, ha recibido el Bautismo. No lo es, plenamente, si esa incorporación inicial a la Iglesia no va acompañada de la profesión de fe, de la coherencia moral – pese a los pecados - , de la persistencia en la oración y de la participación en la vida litúrgica.


No hay tantos católicos como se suele decir, pero hay más de los que se piensa. Y los que sean católicos – no perfectos, pero sí católicos – han de ser “tenaces”: Firmes, porfiados y constantes a la hora de reivindicar su identidad. Sin plegarse a las modas ni a las convenciones.



Un catolicismo claro y tenaz es, a la larga, más fructífero que la apariencia, falsa, de una especie de catolicismo “líquido” que no compromete a nadie ni a nada. Como dice también el Papa, “el tiempo es superior al espacio” (EG 222).


¿Qué quiere decir con eso? A mi modo de ver, algo muy sencillo: Seamos realistas, pasemos de 400 parroquias a 4 – es un modo de hablar - , olvidemos lo que ha sido y ya- quizá – no volverá a ser la Iglesia y apostemos, hasta el fondo, por las convicciones, por la claridad y por la tenacidad.


Eso sí, dando “guerra”; combatiendo, sin ceder, apostando por una presencia significativa que permita que la Iglesia, completamente convertida a Cristo, haga más habitable el universo. Ni un paso atrás - no vamos a liderar el “laicismo", que es es falso, pues vacía de contenido la libertad religiosa - , pero sin añoranzas. Ni un paso atrás equivale a muchos pasos hacia adelante, hacia un modo nuevo de estar en el mundo. Respetando y exigiendo respeto, sin renunciar a la aportación propia.


Guillermo Juan Morado.




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Conversando con mis amigos evangélicos sobre la Iglesia Bautista

Reproduzco esta conversación porque puede servir de ayuda y guía a la hora de explicar a nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones exactamente que creemos y por qué. // Autor: José Miguel Arráiz | Fuente: ApologeticaCatolica.org



Continuando con la serie de conversaciones entre amigos sobre temas de apologética, les comparto un nuevo diálogo ficticio, en esta ocasión el tema será la Iglesia Bautista y de sus supuestos "antepasados". Como de costumbre los argumentos los he recogido de conversaciones que he tenido de este tema a lo largo de los años con amigos evangélicos. Los nombres de quien participan no son reales.



Miguel: Hola José, estuvimos compartiendo nuestra última conversación con nuestra amiga Marta de la Iglesia Bautista, y nos dio opiniones bastante interesantes que me gustaría que escucharas. Por eso la hemos invitado.



José: Con mucho gusto.



Marta: Encantado amigo.



José: Igualmente Marta, cuéntame.



Marta: Aunque no lo creas, yo estoy básicamente de acuerdo con mucho de lo que tú le comentaste a mis amigos.



José: ¿Respecto a qué?



Marta: Yo estoy de acuerdo contigo en varios puntos fundamentales.






En primer lugar, que Cristo fundó UNA sola Iglesia. Ese se deduce claramente de la Biblia cuando dice: "Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mateo 16,18). Este versículo de la Escritura con las palabras del Señor enseña también quien es el edificador de la Iglesia, ya que dijo "Yo edificaré mi iglesia". Si Cristo mismo la edificó, no es una institución humana, sino una institución divina. Otros, tanto hombres como mujeres han edificado seudo-iglesias. Sus nombres son recordados en la historia: Lutero, Calvino, Enrique VIII, Juan Wesley, José Smith, Alejandro Campbell, Ellen White, y muchos otros. Todos ellos fundaron instituciones hechas por hombres. Pero hay únicamente una iglesia, y únicamente una que Cristo edificó.



Si Jesús la llamó "MI iglesia" está dejando implícita una relación íntima entre él y ella. Mirando hacia el futuro a través de los siglos, él vio la confusión en la multiplicación de seudo-iglesias, iglesias.[1]



José: En esto estamos completamente de acuerdo entonces, ¿No?. Cristo fundó una sola Iglesia y esta Iglesia no ha dejado de existir desde que fue fundada hace 2000 años.



Marta: Efectivamente. Y también estoy de acuerdo contigo en tu concepto de indefectibilidad.



Observa que en el mismo texto más adelante (Mateo 16,19) agrega que "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella", por tanto, la Iglesia que Jesús edificó no era un cuerpo inerte, débil, temporario, hecho por humanos, como para que cesara de existir durante los siglos de oscurantismo, como creen mis amigos y como algunos de nuestros seudo-historiadores han llegado a sostener; sino una iglesia militante, victoriosa, sostenida por la gracia para vencer toda oposición, y para llegar triunfante hasta el final de los tiempos.



Como bautista digo y sostengo, que nunca durante las veinte centurias que han pasado, ha dejado esta Iglesia de existir, y nunca hasta el fin del tiempo dejará de existir, según la palabra de nuestro Señor quien la fundó y habló y habló de ella como "Mi Iglesia".



José: Pues sí, no podríamos estar más de acuerdo en esto.



Marta: También estoy de acuerdo en tu noción sobre la Iglesia visible. Esta es una cuestión de gran importancia, porque hay quienes sostienen que cuando Cristo dijo: "Edificaré mi iglesia" no estaba hablando de la local y visible, sino de la iglesia universal e invisible, compuesta de todos los creyentes. Tal interpretación a mi parecer es imposible. Si eso fuese enseñado en las Escrituras, ¿cómo la iglesia universal e invisible, podía haber sido edificada centurias antes de ésta, o qué de los caracteres del Antiguo Testamento, Enoc, Abraham, Jacob, David, los profetas? ¿No estaban estos en ella? ¿Cómo podría uno decidir sus agravios en una asamblea universal e invisible que nunca ha sido congregada?



Está claro que Cristo estuvo hablando de la asamblea o congregación local y visible. Si hay un cuerpo como la Iglesia universal e invisible, ésta nunca será congregada, y nunca se reunirá hasta que los redimidos lleguen al hogar celestial. Y por eso recalco que la palabra Iglesia nunca es usada en este sentido, excepto metafóricamente.



Así, cuando Cristo estuvo en la tierra, instituyó una Iglesia visible, organizada, con oficiales, con autoridad para recibir y excluir miembros En la Biblia se ven muchos ejemplos "Si tu hermano no oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano" (Mateo 18,17). Está también la excomunión del incestuoso en 1 Corintios 5,1-8 y de los herejes en 1 Timoteo 1,20 y 2 Timoteo 2,17.



José: Si, seguimos de acuerdo, me parece muy interesante que hayas llegado a estas conclusiones leyendo la Biblia.



Marta: Esta no es una conclusión solo mía, ha sido la posición que hemos sostenido los bautistas desde siempre y que explica muy bien el libro "El bautismo extraño", del pastor M.L. Moser, Jr[2], y también el libro "El rastro de la Sangre" del pastor J.M. Carroll[3].



En lo que no coincidimos es en cuál es esa Iglesia verdadera, visible e indefectible fundada por Cristo hace dos mil años. Tú crees que es la Iglesia Católica, y nosotros creemos que es la Iglesia Bautista.



José: Pero si los bautistas surgieron luego de la reforma protestante ¿cómo va a ser posible que ellos fueran una Iglesia visible e indefectible desde los tiempos de los apóstoles?



Marta: Si lo fueron. Siembre hubo iglesias leales que por su fidelidad incurrieron en la ira de los devotos de la religión del Estado, la gran mayoría de los cuales no eran genuinos cristianos. A estas iglesias fieles se les negó el nombre de cristianas, y se les puso muchos otros nombres, de manera que unas veces eran llamados por uno, y otras por otro; por ejemplo, "montanistas" "tertulianistas", "novacianos", "donatistas", "albigenses", "cátaros", "paulicianos", "petrobrusianos", "valdenses", "amoldistas", "enriqueños", "anabaptistas", etc., pero aunque tenía otros nombres, eran realmente verdaderos bautistas.



José: Sinceramente, no le veo sentido. ¿Me estás diciendo que todos esos grupos, algunos más antiguos que otros eran bautistas?



Marta: Si.



José: Pero si esos grupos eran realmente bautistas, quiere decir que mantenían una misma fe y doctrina, tal cual ustedes mantienen ahora.



Marta: Efectivamente. Aunque no decimos que esos grupos hayan sido siempre leales en todo sentido a las enseñanzas del Nuevo Testamento, creemos en lo esencial sí lo fueron.



José: Te digo algo, yo he estudiado la historia y doctrina de esos grupos y te aseguro que no solamente no fueron fieles a las enseñanzas del Nuevo Testamento, sino que ni siquiera comparten las doctrinas que los bautistas consideran esenciales. Si quieres hacemos un recorrido por algunas de ellas y lo vemos.



Marta: Adelante.



José: Comencemos por los montanistas. Su fundador, un tal Montano, que vivió a mediados del siglo II y afirmaba que Jesucristo no había enseñado todo, sino que había prometido a sus discípulos un Paráclito con la tarea de completar su enseñanza.



Marta: Cristo si prometió un Paráclito por supuesto, El Espíritu Santo.



José: El problema es que el Paráclito DECÍA SER ÉL MISMO y que la tarea de clarificar la enseñanza cristiana le había sido confiada a él. ¿Creen ustedes eso?



Marta: Eso no, pero si en que aquellos que hubiesen caído de la verdadera fe debían ser bautizados otra vez.



José: Estas confundida, ellos no sostenían eso, sino que luego del bautismo, los pecados graves, como la apostasía y el adulterio eran imperdonables inclusive al recibir el sacramento de la penitencia. Rechazaban además el matrimonio y las relaciones conyugales, y consideraban el parto de las mujeres como diabólico. Tengo entendido que los bautistas no comparten esas doctrinas, ¿O me equivoco?



Marta: No tengo conocimiento de que los montanistas creyeran eso, tengo que investigar y verificarlo[4].



José: Está bien, vayamos ahora con los tertulianistas, que fueron fundados por Tertuliano, un notable escritor eclesiástico católico que vivió a mediados del siglo II y durante el comienzo del III. Lamentablemente terminó por convertirse en montanista y luego les abandonó para fundar su propia secta. Su doctrina la podemos conocer hoy por sus propios escritos[5] en donde defiende los postulados rigoristas, prohibiendo al igual que los montanistas las segundas nupcias incluso en caso de viudez, niega también el perdón de los pecados graves y establece la obligación del ayuno.



Marta: Si, acepto que no compartimos que los pecados luego del bautismo no tengan perdón. La Sangre de Cristo puede conceder el perdón de todos los pecados.



José: Entonces, no veo como puedes sostener que ellos eran bautistas espirituales. Si has admitido que la verdadera Iglesia es visible, indefectible e imperecedera, debe por fuerza mantener una misma doctrina y una misma fe. Si somos francos, los bautistas modernos condenarían esas doctrinas como heréticas.



Marta: Como te decía, al igual que con el caso de los montanistas no me consta que ellos creyeran eso.



José: Por supuesto, pero todo lo que te estoy diciendo aquí lo puedes verificar en diversas fuentes de historia, no solo católicas sino protestantes, e incluso verificarlo en los escritos que se conservan de esos movimientos.



Vamos ahora con los novacianos ¿Te parece?



Marta: Adelante...



José: Los novacianos se separaron de la Iglesia en el siglo III, y compartían esencialmente todas las doctrinas católicas. Su cisma de produjo por causas completamente distintas a las diferencias que mantenemos con los bautistas. Ellos negaron que la Iglesia Católica tuviera autoridad de administrar el perdón de los pecados a los que en tiempos de persecución apostataron de la fe pero estaban ahora arrepentidos. Afirmaban que la Iglesia se había corrompido al ser demasiado indulgente con los pecadores, y exigía que quienes se hubieran alejado de la fe se volvieran a bautizar.



Marta: Precisamente, coincidían con nosotros en que aquellos que recibieron un bautismo inválido se rebautizaran.



José: No me has entendido bien, ellos no insistían en rebautizar porque creyeran que su bautismo fue inválido, ni tampoco porque negaran el bautismo de niños, sino porque consideraban ciertos pecados graves como imperdonables[6]. Novaciano había negado la absolución a los que adoraron a los dioses paganos durante la persecución para salvar sus vidas, y sus seguidores extendieron su doctrina a todos los pecados que nosotros consideramos "mortales" (idolatría, homicidio y adulterio, o fornicación). Si ustedes creyeran lo mismo tuvieran que estarse bautizando luego de cometer un pecado grave, cosa que no hacen. ¿O tú te rebautizas cada vez que pecas?



Marta: Ciertamente no, porque en la sangre de Cristo he obtenido el perdón de mis pecados para siempre, no solo los que cometí sino los que cometeré.



José: Pues, sin entrar a discutir lo preciso de tú afirmación[7], queda claro que ellos no creían lo mismo que los bautistas. Además de eso, muchos de ellos prohibían también las segundas nupcias incluso en caso de viudez, como los montanistas, y es natural porque usaban mucho las obras de Tertuliano y en Frigia se combinaron con los montanistas.



Otro grupo afín también lo mencionaste, los donatistas, vamos a estudiarlos.



Marta: Adelante.



José: El donatismo fue un movimiento cismático del siglo IV que si a ver vamos, eran también mucho más afines a los católicos que bautistas, pues compartían también casi todas las doctrinas católicas. Su error fue creer que la Iglesia solo estaba compuesta de los buenos, y que los malos estaban excluidos, de tal manera que los que en tiempos de persecución rehuyeron la prueba del martirio, y los que no estuvieran dispuestos a aceptarla llegado el caso, no seguían perteneciendo a la Iglesia, por lo tanto los sacramentos administrados por los católicos carecían valor para ellos[8].



Los donatistas si creían en la sucesión apostólica, a diferencia de los bautistas, y contaban con obispos válidamente ordenados. Creían también en la validez de los sacramentos impartidos por ellos, incluida la presencia Real de Cristo en la Eucaristía, bautizaban niños, algo que ustedes rechazan. Además de eso, ustedes tampoco creen que la Iglesia se compone solo de los buenos, sino que reconocen que en ella también hay pecadores, y que por pecar no se queda apartado irremisiblemente de la Iglesia.



Marta: Como te digo, lo verificaré.



José: Vayamos a los cátaros. Era un movimiento herético del siglo X que creía en una dualidad creadora (Dios y Satanás)[9]. Además rechazaban el Antiguo Testamento, que en su opinión, relataba los hechos de Satanás y príncipe de este mundo. Creían que las Tablas de la Ley fueron entregadas a Moisés por el Demonio, y que Jesús era un "eón", el más prestigioso de todos los "hijos de Dios" elegido y adoptado enseguida como hijo suyo para que fuera al mundo con la misión de conocer y honrar su nombre. Había para ellos por tanto la obligación de venerarle como su hermano mayor en Dios.



Por su fuera poco, ellos no bautizaban ni adultos ni niños, sino que tenían un único sacramento denominado el "Consolamentum" que era una especie de bautismo, comunión y extremaunción juntas y que consideraban el bautismo del Espíritu Santo[10].



Ahora tu me dirás, si un grupo que no comparte ni con ustedes ni con nosotros una misma fe en un Dios Trino puede considerarse bautista o inclusive cristiano.



Marta: Ciertamente no[11].



José: Vamos ahora con los petrobrusianos.



Marta: Tengo entendido que Pedro de Bruys, en el siglo XII y sus seguidores eran piadosísimos cristianos que negaron que fuera válido bautizar niños, porque ellos no podía creer, requisito indispensable para ser bautizado. Negaba como una falsedad su transubstanciación y la eficacia de la oración por los difuntos, todas doctrinas que nosotros compartimos.



José: Es cierto, eso sí tenían en común con ustedes, pero solo eso, siendo más las que tenían de diferencia.



Marta: Por ejemplo...



José: Rechazaban el Antiguo Testamento, y del Nuevo Testamento solo aceptaban los evangelios. Ya solo con eso tendrías para descartarlos como bautistas espirituales.



Proclamaban además que había que quemar las iglesias y reemplazarlas por establos. Además, predicaba la destrucción de todas las cruces a causa del horror que debían sentir los verdaderos cristianos al recordar la pasión del Señor. Se distinguieron por recorrer las tierras del Delfinado y del sur de Francia saqueando templos y quemando cruces, insultando a los clérigos y sembrando discordia por donde pasaban. Pedro de Bruys fue finalmente apresado y condenado a la hoguera en el 1130.



Marta: Lo verificaré...



José: Estudiemos los paulicianos. Ellos tampoco aceptaban el Antiguo Testamento y solo parte del Nuevo. Eran dualistas y presentaban una profunda oposición entre el espíritu y la materia. Para ellos, Cristo no había tenido más que un cuerpo aparente, y María no había sido más que el canal por el que se había manifestado. Posteriormente dejaron de tener sacerdotes y no administraban ni el bautismo ni la Eucaristía.



Observa que otra vez hay notables diferencias con los bautistas. Ustedes no rechazan el Antiguo Testamento, ni creen que hayan dos dioses, mucho menos que Cristo no tuviera cuerpo verdadero.



Marta: Es cierto, no creemos eso. Déjame verificar si ellos realmente creían eso.



José: Pero si lo creían tampoco eran bautistas espirituales.



Vamos con los valdenses.



Marta: De los valdenses se que rechazaban el bautismo de niños, la confesión de los pecados con el sacerdote, la transubstanciación, el culto a los santos, rechazaban el purgatorio y las indulgencias. Se puede decir que prácticamente las mismas doctrinas católicas que rechazamos los bautistas hoy.



José: Ellos no aceptaban el concepto de transubstanciación, pero si creían en que la presencia Real de Cristo en la Eucaristía se obraba en la boca de quien la recibía dignamente. También creían en el sacramento de la penitencia, aunque creían que era la santidad, y no la ordenación, la condición suficiente y necesaria para la celebración válida de los sacramentos, por lo que se confesaban y absolvían entre ellos mismos, y no ante sacerdotes debidamente ordenados. Los valdenses rechazaban además la posesión de tierras, y el matrimonio que no tuviera como único objeto la procreación.



Es cierto que rechazaban el bautismo de niños, la veneración de los santos, la doctrina del purgatorio y de las indulgencias, pero es un tanto simplista considerarlos antepasados espirituales de los bautistas por eso, pues si a ver vamos todas las denominaciones protestantes rechazan muchos de esos puntos y no por eso las consideran bautistas[12].



El único grupo que si podría reconocer como un punto de origen de los bautistas son los anabaptistas, pero ya estamos hablando de pleno siglo XVI, y con todo todavía tenían muchas diferencias con los bautistas de hoy.



Lo que te intento dar a entender, es que, si bien te has dado cuenta de ciertas características que tiene que tener la Iglesia verdadera, 1) Unidad y Visibilidad perpetua, 2) Catolicidad, 3) Santidad e indefectibilidad, 4) Apostolicidad, y eso te ha llevado a buscar su rastro en la historia, la solución no es buscarla en esos grupos, muchos de los cuales han estado embebidos de tendencias gnósticas y maniqueas que hacen incluso imposible considerarlos cristianos.



Marta: La opción que tu propones es buscarla en la Iglesia Católica, y esa es más improbable todavía, porque no puede ser una Iglesia que ha caído en la idolatría y en la apostasía.



José: Considera que es posible que hayas adquirido prejuicios que no te permitan reconocerla como la verdadera Iglesia, pero para eso tienes que estudiar de manera objetiva y sincera, la Iglesia Católica y su doctrina, y asegurarte de que es en verdad todo lo que crees que es.



Ya lo decía el venerable arzobispo Fulton J. Sheen: "No hay más de 100 personas en el mundo que verdaderamente odien a la Iglesia Católica, pero sí hay millones que odian lo que ellos creen que es la Iglesia Católica".



NOTAS

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[1] Los argumentos tomados para esta conversación son tomados del libro El bautismo extraño, de M.L. Moser, Jr (pastor de la Iglesia Bautista Central de Arkansas desde 1965 hasta 1990) en la edición traducida por W. M. Nevins. También del libro También del libro "The Trail of Blood" publicado en 1931 por el pastor bautista J. W. Porter.


[2] M.L. Moser, Jr fue pastor de la Iglesia Bautista Central de Arkansas desde 1965 hasta 1990. El pastor defiende las hipótesis sostenidas por los bautistas a raíz del movimiento landmarkista, surgido en 1851 en el sur de los Estados Unidos, en donde se establece que es posible encontrar una iglesia visible bautista durante toda la historia conectando con la Iglesia del Nuevo Testamento.


[3] La obra original a la que se hace referencia es"The Trail of Blood" publicada en 1931 por el pastor bautista J. W. Porter.


[4] Ya hay una tendencia que se puede considerar mayoritaria dentro de los bautistas, que luego de investigar algo más minuciosamente la historia y doctrina de estos movimientos heréticos primitivos, se han apartado de posición que defiende Marta en este diálogo. El pastor e historiador bautista Justo Anderson en el tomo I su obra titulada Historia de los bautistas, editada por la Casa Bautista de Publicaciones, reconoce: "Un análisis cuidadoso de los montanistas demuestra que es un equívoco considerarlos como un punto de partida de la denominación bautista. Como Troeltsch dice, fueron los primeros "tipo-secta" dentro del cristianismo. Al principio no se desviaron de la fe, pero empezaron un esfuerzo mórbido por la moralidad y la disciplina práctica, o sea, un puritanismo pentecostalista. Para el bautista, el desliz más serio fue la sustitución de la profecía continua por la revelación final en Cristo...Mucho de lo que se ha dicho de los montanistas se aplica a los novacianos y donatistas" (Justo Anderson, Historia de la Iglesia Bautista, Tomo I, Casa Bautista de Publicaciones, Colombia 2006, p. 130)


[5] Entre ellos De fuga in persecutione, De monogamia, De ieiunio adversus psychicos, De pudicitia, De virginibus velandis. Todos ellos están disponibles gratuitamente pero en inglés en el sitio Web www.tertullian.org.


[6] Los historiadores bautistas suelen relacionar equivocadamente diversos conflictos relacionados al bautismo, como un apoyo a su rechazo al bautismo de niños. Justo Anderson a este respecto escribe: "La oposición al rebautismo se originó en la misma Iglesia primitiva que declaró una formula clara: "Un Señor, una fe, un bautismo" (Efesios 4,5(. Sin embargo, alrededor del año 250, el obispo Cipriano de Cartago, Africa del Norte, insistió en el rebautismo de los cismáticos y los herejes que se presentaban para hacerse miembros de su Iglesia". (Justo Anderson, Historia de la Iglesia Bautista, Tomo I, Casa Bautista de Publicaciones, Colombia 2006, p.12). Es cierto que San Cipriano de Cártago tuvo un conflicto con el Papa porque pretendía rebautizar herejes, pero el no negaba el bautismo infantil como válido, sino que más bien defendía su necesidad, tal como deja constancia en sus propios escritos (Vea Cipriano de Cartago, A Fido sobre el bautismo de infantes, Ep 58)


[7] Los bautistas profesan la doctrina del "Una vez salvo siempre Salvo", que es también herética porque niegan que el hombre pueda caer del estado de gracia de Dios inclusive si peca mortalmente y muere sin arrepentirse. Esta doctrina es paradójicamente la herejía opuesta al novacianismo.


[8] Los donatistas se caracterizaron por un fanatismo exagerado que les llevó a perseguir violentamente a los católicos, matándolos quemando sus altares, arrojando a los perros sus formas consagradas, y no porque no creyeran en la presencia Real de Cristo en la Eucaristía, cosa en la que ustedes no creen, sino porque creían que solo eran válidas sus consagraciones. Llegaron a recurrir incluso al suicidio colectivo. El cisma fue sofocado al quedar Donato exiliado y los obispos donatistas depuestos, pero durante el reinado de Juliano el apóstata volvió a tomar fuerza, pero las divisiones entre ellos causaron que incluso se mataran entre sí. En el Concilio de Cártago fue su doctrina condenada, ratificada luego esta sentencia por el Papa Honorio en el 411. Terminaron de desaparecer con la invasión de los vándalos que persiguió por igual a donatistas y católicos.


[9] Los Cátaros predicaban la salvación mediante el ascetismo y el estricto rechazo del mundo material, percibido por los cátaros como obra demoníaca. Postula dicha doctrina la existencia de los dos principios maniqueos del Bien y del Mal, que son igualmente la Luz y las Tinieblas, el Espíritu y la Materia. Sin embargo, el Todo y la Nada son dos aspectos de un mismo principio, que, a causa de la tendencia de la Nada por llegar a ser "algo" engendran un número ilimitado de seres eternos, hijos del principio Dios. A la cabeza de esa multitud ilimitada de hijos de Dios están el Espíritu Santo y Jesucristo. Estos no eran considerados propiamente Dios (Trinidad) más que en la medida que procedían efectivamente de Él, siendo el Padre el único Dios absoluto, mientras que el Hijo y el Espíritu Santo no participan de la omnipotencia. Para más detalles consulte la obra de H. Masson, Manual de Herejías, Ediciones Rialp SA, 1989.


[10] El Consolamentum era administrado a los adultos (considerados más fieles que se convertían en "Parfait" o "Perfectos", los cuales se mantenían célibes y vegetarianos) y a los que estaban moribundos. Los que recibían el "consolamentum" llegaron a efectuar otra práctica conocida como la "endura", en la cual ayunaban hasta morir considerando esta una muerte mística.


[11] Justo Anderson a este respecto admite: "Los otros grupos disidentes, los bogomilos de los Balcanes y los cátaros (albigenses) del sur de Francia eran una continuación histórica de los paulicianos. Algunos dicen que los bautistas surgieron de sus sucesores. Sin embargo, como dice Vedder: "Los Paulicianos, cátaros y bogomilos y albigeneses fueron, más o menos cristianos...aunque sus teorías dualistas son esencialmente anticristianos, y los separan rudamente lo los que profesan ser guiados solamente por la Palabra de Dios". Realmente, SERÍA DIFÍCIL NOMBRAR EN TODA LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO A GRUPOS QUE TUVIESEN MENOS EN COMÚN CON LOS BAUTISTAS QUE ESTOS". (Justo Anderson, Historia de la Iglesia Bautista, Tomo I, Casa Bautista de Publicaciones, Colombia 2006, p.142)


[12] El historiador bautista Justo Anderson reconoce a este respecto: "LOS VALDENSES TENÍAN MUY POCO EN COMÚN CON LOS BAUTISTAS. Lo mismo puede decirse con respecto a los lolardos y los husitas. Aunque aquellos grupos rechazaron el bautismo infantil y practicaron el rebautismo tenían mucho en su doctrina que los bautistas modernos no aceptarían


Concuerdo con el doctor Vedder cuando dice: "Es incuestionable que por cuatro siglos enteros antes de la Reforma hubo grupos cristianos con varios nombres, difamados por la Iglesia Romana como herejes, que profesaron aproximadamente...la fe y la práctica de los bautistas modernos...Esto es bastante diferente que probar la identidad sustancial de estas sectas con los modernos bautistas... Una cosa es probar que las varias sectas dieron testimonio, ora la una, ora la otra, a esta o aquella verdad sostenida por una denominación moderna, y otra bastante distinta es el identificarlas todas o algunas de estas sectas con cualquier corporación moderna"


Justo Anderson, Historia de la Iglesia Bautista, Tomo I, Casa Bautista de Publicaciones, Colombia 2006, p.147-148




Un pontífice tiene un “camino definitivo”, su final está “en la tumba”. Un comentario así, lanzado al aire, pero para nada casual. Lo pronunció Francisco la tarde del sábado, ante un grupo de jóvenes de la diócesis de Roma que se encuentran en un proceso de discernimiento vocacional. Estaba en los Jardines Vaticanos, ante la gruta de la Virgen de Lourdes. Sus palabras resonaron fuerte, mientras crecen las especulaciones sobre el estado de salud de Jorge Mario Bergoglio.


felipe-letizia-papa ¿Cómo está el Papa? Es la pregunta recurrente de las últimas horas, no sólo en el ambiente del Vaticano. Un cuestionamiento legítimo que surge de los acontecimientos. Una seguidilla de cancelaciones imprevistas a actividades programadas y el hermetismo del Vaticano han acrecentado la incertidumbre.


La más reciente de las suspensiones tuvo lugar la tarde del viernes. Ese día, poco antes de las 15:00 horas, por el gran portón de la Puerta de Santa Ana (ingreso vaticano) salió el papamóvil vacío. Se dirigía al Hospital Agostino Gemelli, al norte de la capital italiana. Por ese mismo lugar debió haber salido el automóvil del Papa, unos 30 minutos después. Todo estaba listo en el Policlínico. Enfermos y médicos ya se habían preparado para el abrazo del pastor. Afuera, en la Plazoleta del Instituto Biológico, miles de personas esperaban para la misa papal.


A las 15:30 se anunció un retardo, poco después el asistente eclesiástico general del nosocomio, Claudio Giuliodori, confirmó lo impensado: el Papa no llegaría. La perplejidad se extendió entre los asistentes, pero también la preocupación. A un costado, junto a la multitud, el jeep blanco era mudo testigo de la increíble ausencia. “¿No será que está enfermo?” o, peor, “¿No será que le están haciendo algo?”. Las dudas se extendían entre la desilusionada muchedumbre.



Mientras el cardenal arzobispo de Milán, Angelo Scola, celebraba la misa en lugar de Francisco (y pronunciaba su homilía ya preparada); la sala de prensa del Vaticano comunicaba a los periodistas una versión inicial: El Papa había sido obligado a cancelar su visita por una “imprevista indisposición”. Más tarde, en una segunda nota, el portavoz papal Federico Lombardi confirmaría las actividades pontificias del fin de semana, aclarando que “no existe motivo de preocupación por la salud del Papa”.


Con o sin motivo, la preocupación existió y existe, alimentada por la falta de claridad respecto de las ya demasiadas suspensiones. La del viernes fue la segunda ocasión en que Jorge Mario Bergoglio canceló actividades en el lapso de dos semanas y la cuarta en este año. El Vaticano siempre ha explicado la situación hablando de “indisposiciones”.


Los días 9 y 10 de junio pasados, el Papa saltó varias audiencias. Dos días consecutivos. Eso encendió las alarmas. Aunque públicamente se dijo que había reposado, en realidad se supo después que sí tuvo algunos encuentros. La tarde del lunes 9 concedió una entrevista televisiva al periodista portugués Henrique Cymerman, en un salón de la Casa de Santa Marta. El ejercicio duró una hora y en el mismo se vio al obispo de Roma bastante tranquilo, no obstante en esos días estuviese medicado.


¿Cómo se sabe esto? Al finalizar el encuentro y antes de despedirse, Francisco mismo lo confirmó. Mirando a Cymerman dijo: “Se me reseca la boca muchísimo, todo es por la pastilla…”. El periodista le respondió: “Tiene que descansar… ahora un poco”. No obstante esas palabras, el Vaticano negó que él tomase medicación. Al menos así se lo aclaró a este bloguero uno de sus colaboradores más cercanos, el sacerdote argentino Guillermo Karcher. “No se medica, lo digo oficialmente”, insistió el miembro de la Oficina de Ceremonias Litúrgicas del Sumo Pontífice. Quizás esas pastillas, a las cuales se refería el Papa, eran temporales (y ya dejó de asumirlas). No lo sabemos.


Sea como sea un día después, el 10 de junio, Bergoglio sostuvo un encuentro de dos horas con más de 60 seminaristas de la congregación Franciscanos de la Inmaculada. ¿Qué había pasado entonces el lunes previo, que lo había obligado a suspender actividades? Lo explicó el mismo Papa el 17 de junio, al recibir en audiencia a los integrantes del Consejo Superior de la Magistratura de Italia.


“Les pido perdón por la otra vez, de verdad. A mitad de la mañana tuve un desvanecimiento, fiebre y tuve que cortar las actividades, me disculpo por eso”, dijo ante los magistrados, a quienes había dejado plantados siete días antes. Por su parte la sala de prensa de la Santa Sede se ha resistido a entrar en detalles. Algunas fuentes hablan de un “golpe de calor”, otras de “pico de estrés”. Se trata siempre de versiones extraoficiales, porque de manera oficial “la vida privada del Papa no se comenta”.


Las especulaciones sobre el real estado de saludo del pontífice han crecido especialmente por otras cancelaciones imprevistas de eventos programados. El 16 de mayo suspendió todas sus actividades en agenda y un par de día después canceló un acto en el santuario mariano de la Virgen del Divino Amor, ubicado a las afueras de Roma.


El 28 de febrero de este año comunicó, también a último momento, que no podría asistir al Seminario Romano a un encuentro con estudiantes, a causa de “unas líneas de fiebre”. En diciembre de 2013, el día 4, no pudo recibir en audiencia al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán, a causa de un cansancio repentino. Mientras el 15 de noviembre anterior cortó varias reuniones por un resfrío.


Lo cierto es que el Papa trabaja mucho y descansa poco. Diariamente se levanta a las 04:30 de la madrugada y se acuesta en torno a las 22:00. Su ritmo es extenuante, con actividades continuas. Aunque los martes deberían ser sus días de descanso, él los utiliza también para laborar. Por eso, en ocasiones, se lo ve cansado. Como el jueves de Corpus Christi, el 19 de junio último, cuando optó por no unirse a la procesión por las calles de Roma y así evitó caminar unos dos kilómetros, un recorrido que sí había transitado en 2013.


En el próximo mes de julio podrá reposar y bajar el ritmo, ya que serán suspendidas sus audiencias generales de los miércoles en la Plaza de San Pedro, las citas en las cuales suele tener un mayor desgaste. Estas catequesis las retomará en el mes de agosto. Además sus misas privadas matutinas con fieles en la capilla de la Casa Santa Marta serán suspendidas durante todo el periodo estivo, es decir desde inicios de julio a finales de agosto.


A juzgar por los hechos, las especulaciones parecen justificadas. La preocupación no tanto. Porque después de su imprevista cancelación del viernes, al Papa se lo vio normal. Ni cansado por demás, ni ojeroso o particularmente desmejorado. Como si nada hubiese pasado. El sábado por la mañana sostuvo cuatro audiencias y pronunció un discurso. El domingo presidió la misa por los santos patronos Pedro y Pablo en la Basílica de San Pedro. Dos horas pesadas. Luego pronunció el Angelus. Y este lunes retomó a pleno ritmo: No sólo sostuvo una audiencia privada con los nuevos reyes de España, Felipe VI y Letizia; a lo largo de la mañana también se reunió con otras siete personas, entre clérigos y embajadores.


¿Cómo está el Papa, entonces? Se le ve bien y retomó el ritmo, ese mismo que lo ha hecho cansar tanto en sus primeros 15 meses de pontificado. Claro, las especulaciones no se podrán alejar definitivamente mientras siga la seguidilla de actividades canceladas o mientras él mismo continúe pronunciando frases como esta: “Creo que uno que tiene más seguro su camino definitivo es el Papa. Porque el Papa… ¿Dónde terminará el Papa? Ahí, en esa tumba, ¿no?”.



Primeros mártires de la Iglesia Romana





Nada sabemos de sus nombres, salvo que los apóstoles Pedro y Pablo encabezaron este ejército de los primeros mártires romanos, víctimas en el año 64 de la persecución de Nerón tras el incendio de Roma. A veces me he preguntado si estaría entre ellos una ilustre dama romana, Pomponia Graecina, esposa de Aulo Plaucio, gobernador de Britania. Antiguas leyendas incluso hacen de Pomponia una princesa britana y la relacionan con los orígenes del cristianismo en las Islas Británicas. Pero no parece probable que aquella mujer se contara entre los mártires de la primera persecución contra los cristianos. Sin embargo, hay indicios escritos y arqueológicos que permiten asegurar que hacia el año 57 ó 58, Pomponia dio también testimonio, aunque incruento, de su fe cristiana. Los Anales de Tácito (XIII, 32) aseguran que fue acusada de “superstición extranjera”, algo que podría hacer referencia a su condición de cristiana. Se constituyó un tribunal doméstico, presidido por su marido, y que finalmente proclamó la inocencia de la esposa, tras una indagación sobre su vida y su fama. Con todo, Tácito atribuye a Pomponia el carácter de “una persona afligida”, alguien que durante cuarenta años llevó luto por el asesinato de Julia, una víctima más entre los miembros de una familia imperial, diezmada por las ejecuciones o envenenamientos que el círculo del poder disponía de forma arbitraria. Acaso esa aflicción no procediera de una mera tristeza humana sino del deseo de mantenerse al margen de una sociedad marcada por el crimen y la corrupción. Quizás la tristeza que Tácito ve en Pomponia no fuera tal sino un aire de seriedad, una expresión de desaprobación por un ambiente en el que no se respira a gusto, pero en el que hay que estar necesariamente en función de las obligaciones familiares y sociales. Habría que pensar que Pomponia no borraría por completo su afabilidad femenina y su “saber estar”, pese a algunas apariencias externas. En el cristiano no puede caber la tristeza. Las únicas lágrimas que puede derramar son las del amor, como las que derramó Cristo a la vista de Jerusalén. Pero cuando alrededor de alguien, se extienden las risas maliciosas, las alusiones de dudoso gusto y, en general, todas las dimensiones de las lenguas desatadas, es comprensible que pueda adoptar una expresión de seriedad. Sea como fuere, Pomponia padeció en su fama y en su ánimo por seguir a Cristo. Como en todas las épocas, los cristianos que están en el mundo, pero no son del mundo, son señalados con el dedo, tachados de locos o etiquetados con calumnias.


Pomponia Graecina es también un personaje secundario de la célebre novela Quo Vadis de Henryk Sienckewicz. La matrona romana acoge en su casa y educa en la fe cristiana a Ligia, la hija del rey de los ligios reducida a la esclavitud. El novelista polaco presenta a Pomponia como un modelo de virtud femenina en una sociedad corrompida. En las páginas de su obra se trasluce que ha leído a Tácito, sobre todo cuando describe la persecución neroniana, cuando “se empezó a detener abiertamente a los que confesaban su fe” (Anales XV, 44). Tácito no expresa la menor simpatía por los cristianos, tal y como demuestran los calificativos que aparecen en el muchas veces citado pasaje: “ignominias”, “execrable superstición”, “atrocidades y vergüenzas”, “odio al género humano”, “culpables”, “merecedores del máximo castigo”… Lo de menos es que fuera verdad o mentira que los cristianos hubieran incendiado Roma, el odio se había desatado y todos tenían que morir. Poco más de treinta años después de la crucifixión de Cristo, se cumplía el pronóstico del Maestro de que sus seguidores serían también perseguidos y de que serían odiados por su causa. Tácito especifica claramente los géneros de muerte que se aplicaron a los cristianos: “A su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por los perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran como iluminación durante la noche”.


San Juan Pablo II reflexionó sobre aquellos primeros mártires de la Iglesia romana con motivo del preestreno de un film polaco, que pudo ver en la tarde del 30 de agosto de 2001. Se trataba de la quinta versión cinematográfica de Quo Vadis, adaptado y dirigido por Jerzy Kawalerowicz, uno de los más importantes directores de la cinematografía polaca desde la década de 1960. Me sorprendió que Kawalerowicz dirigiera esta película, dados sus antecedentes: realizó Madre Juana de los Ángeles, escandalosa crónica de un supuesto caso de posesión demoníaca en un convento francés del siglo XVII, y también fue autor de Faraón, una superproducción en la que presentaba a un desconocido faraón, Ramsés XIII, como un gobernante manipulado por los sacerdotes de Amón. Detrás de esta historia algunos críticos veían una referencia a la Iglesia católica en sus relaciones con el Estado polaco. Pero en Polonia han cambiado muchas cosas. El hoy octogenario Kawalerowicz se hacía, con ocasión del lanzamiento de su película, esta pregunta: Quo vadis, homo?, ¿Hacia dónde va el hombre contemporáneo? Tras la proyección de Quo Vadis, el Papa matizaba la misma pregunta: “¿Vas al encuentro de Cristo o sigues otros caminos que te llevan lejos de él y de ti mismo?”. El recuerdo de los primeros mártires romanos era para Juan Pablo II mucho más que un dato histórico. De allí surge una reflexión enteramente actual, una llamada para los cristianos de hoy de tiempos futuros: “Es necesario recordar el drama que experimentaron en su alma, en el que se confrontaron el temor humano y la valentía sobrehumana, el deseo de vivir y la voluntad de ser fieles hasta la muerte, el sentido de la soledad ante el odio inmutable y, al mismo tiempo, la experiencia de la fuerza que proviene de la cercana e invisible presencia de Dios y de la fe común de la Iglesia naciente. Es preciso recordar aquel drama para que surja la pregunta: ¿algo de ese drama se verifica en mí?”. Estas palabras del Papa nos recuerdan que, tarde o temprano, los cristianos son llamados a ser mártires, es decir testigos. Pocos serán los que derramarán su sangre, al menos en los países del mundo desarrollado. La mayoría experimentarán, en cambio, la incomprensión, el ridículo o el odio. Tendrán que pedirle a Cristo la fortaleza suficiente para no negarle delante de los hombres.








Hoy he estado leyendo algunos relatos de mártires de la Guerra Civil. Detrás de lo que parece pura política, en 1936, se desató el Poder de las Tinieblas de un modo que parece increíble. Se nos presenta todo aquello como política. Pero, en realidad, lo que hicieron algunas personas fue desencadenar a Satanás sobre la tierra.


En este blog he hablado no pocas veces de la iniquidad de las dictaduras de derechas que violaron los derechos humanos. Tiranías militares como la argentina o la chilena que tanto sufrimiento causaron.


Pero todo eso, aun siendo tan grande, aun siendo tanto el sufrimiento y tan terrible, palidece ante lo que ocurrió en el territorio rojo entre 1939 y 1936. Verdaderamente, aquello fue el infierno a plena luz del día. Hay hechos tan increíbles, que no los daríamos por seguros si no hubieran sucedido en las calles a la vista de todos: una cristiana descuartizada atándola a dos camiones, una monja arrastrada viva por un automóvil hasta morir, sacerdotes quemados vivos, y un largo etcétera que casi es mejor no repetir porque el sadismo fue más propio de bestias que de seres humanos.


Lo terrible es que los hermanos en la fe de dos generaciones después no saben nada de ellos. O si saben algo, los consideran casi culpables. Algo habrían hecho. La Iglesia merecía mucho de todo eso. Hoy día hasta la mayor parte de los españoles que son católicos, piensan que del lado de la República sólo militó el amor a la libertad y la democracia. Qué tremenda situación. Una iglesia que da la espalda a sus propios mártires. Unos católicos que exaltan a los verdugos y los torturadores.


Por supuesto que en el ejército repúblicano lucharon muchos inocentes completamente obligados. Pero en esa época, los católicos tenían las cosas muy claras. Mucha gente no sabía nada o casi nada de los generales sublevados. Pero tenían muy claro que de un lado estaba el Bien y del otro lado estaba el Mal.


Sólo hay que ver los noticiarios de las manifestaciones, homenajes y desfiles rojos. Poca gente, caras largas y con poco entusiasmo. Y, por el contrario, los noticiarios de las ciudades, como Madrid y Barcelona, cuando son liberadas: una explosión de júbilo sin igual, las calles abarrotadas de gente llorando de alegría.


Lejos de mí hablar de política, lejos de mí tomar partido por cuestiones humanas. Pero la sangre de los mártires reclama que recordemos la verdadera naturaleza de la lucha que tuvo lugar sobre este país. No podemos leer en misa las gestas de los Macabeos y avergonzarnos de nuestros propios hermanos que dieron la vida por la fe. Y, no lo olvidemos, un lado defendió la Fe, la Religión, la Ley de Dios, y el otro lado justo lo contrario.


Los enemigos de la religión me dirán que me estoy metiendo en política. Muy bien, pues que os zurzan.


En este link nos podemos asomar a ese momento histórico:



Jordi tiene 24 años, nació en Sollana (Valencia) y estudia Ingeniería de

Caminos en la Universidad Politécnica de Valencia. Sus padres, no

creyentes, no le dieron formación religiosa alguna. Se bautizó en

noviembre de 2012, después de acercarse a la fe gracias a la que hoy es

su novia, al ejemplo de otros estudiantes a los que conoció en el

Colegio Mayor Universitario Albalat y a que, rezando, se encontró con

Dios.


Los evangelistas no aportan datos que permitan identificar este lugar, pero la tradición lo sitúa en el extremo suroccidental de Jerusalén, sobre una colina que empezó a llamarse Sión solo en época cristiana. Originalmente, este nombre se había aplicado a la fortaleza jebusea que conquistó David; después, al monte del Templo, donde se custodiaba el Arca de la Alianza; y más tarde, en los salmos y los libros proféticos de la Biblia, a la entera ciudad y sus habitantes; tras el destierro en Babilonia, el término adquirió un significado escatológico y mesiánico, para indicar el origen de nuestra salvación. Recogiendo este sentido espiritual, cuando el Templo fue destruido en el año 70, la primera comunidad cristiana lo asignó al monte donde se hallaba el Cenáculo, por su relación con el nacimiento de la Iglesia.



Recibimos testimonio de esta tradición a través de san Epifanio de Salamina, que vivió a finales del siglo IV, fue monje en Palestina y obispo en Chipre. Relata que el emperador Adriano, cuando viajó a oriente en el año 138, «encontró Jerusalén completamente arrasada y el templo de Dios destruido y profanado, con excepción de unos pocos edificios y de aquella pequeña iglesia de los Cristianos, que se hallaba en el lugar del cenáculo, adonde los discípulos subieron tras regresar del monte de los Olivos, desde el que el Salvador ascendió a los cielos. Estaba construida en la zona de Sión que sobrevivió a la ciudad, con algunos edificios cercanos a Sión y siete sinagogas, que quedaron en el monte como cabañas; parece que solo una de estas se conservó hasta la época del obispo Máximo y el emperador Constantino» (San Epifanio di Salamina, De mensuris et ponderibus, 14).





Este testimonio coincide con otros del siglo IV: el transmitido por Eusebio de Cesarea, que elenca veintinueve obispos con sede en Sión desde la era apostólica hasta su propio tiempo; el peregrino anónimo de Burdeos, que vio la última de las siete sinagogas; san Cirilo de Jerusalén, que se refiere a la iglesia superior donde se recordaba la venida del Espíritu Santo; y la peregrina Egeria, que describe una liturgia celebrada allí en memoria de las apariciones del Señor resucitado.



Por diversas fuentes históricas, litúrgicas y arqueológicas, sabemos que durante la segunda mitad del siglo IV la pequeña iglesia fue sustituida por una gran basílica, llamada Santa Sión y considerada la madre de todas las iglesias. Además del Cenáculo, incluía el lugar de la Dormición de la Virgen, que la tradición situaba en una vivienda cercana; también conservaba la columna de la flagelación y las reliquias de san Esteban, y el 26 de diciembre se conmemoraba allí al rey David y a Santiago, el primer obispo de Jerusalén. Se conoce poco de la planta de este templo, que fue incendiado por los persas en el siglo VII, restaurado posteriormente y de nuevo dañado por los árabes.







Teresa de Jesús tuvo algunos amigos especiales dentro de la Biblia. Creyentes grandes que le ayudaron a vivir la fe, que le dieron luz para seguir el evangelio y le sirvieron de inspiración. Uno de ellos es Pedro.



Él y Teresa comparten una experiencia fundamental que cambió sus vidas radicalmente. Tal vez por eso, Pedro acude muchas veces a la pluma de Teresa. Los dos llegan con una invitación que hoy sigue siendo necesaria en la vida de cada creyente y de la Iglesia.



Lo que transforma la vida de ambos es el encuentro con Jesús. Lo hace inmediatamente, porque algo cambia en ellos, pero no es un cambio total repentino, aunque Pedro deja sus redes al instante (en cuanto Jesús dice: «Venid conmigo») y Teresa entra en un convento a los veinte años y hace su profesión «con gran determinación y contento», como ella misma dice.



No basta dejar las redes ni «todas las cosas del mundo y lo que teníamos por El». Teresa dirá: «Los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar la herencia, no nos conviene huir del padecer. Vuestras armas son cinco llagas». Teresa ha heredado y hecho propia la fe madurada por Pedro: el Jesús que llama y fascina es, también, el Siervo de Dios.



Pedro y Teresa tendrán que recorrer un largo camino que va de la autosuficiencia a la confianza. De una cierta presunción al abandono. Tendrán que dejar de creer que las propias fuerzas bastan para vivir el camino que abre Jesús y ceder el protagonismo, dejarse llevar por la corriente de amor que ha asaltado sus vidas.



Teresa recuerda las negaciones de Pedro como el gran paso de su vida: «Salió de aquella quiebra no confiando nada de sí, y de allí vino a ponerla [la confianza] en Dios». De ella misma, dirá: «Suplicaba al Señor me ayudase; mas debía faltar… no poner en todo la confianza en su Majestad y perderla de todo punto de mí».



Los dos entendieron que había que rendirse, abandonarse a algo mayor. No con afán destructivo, sino por el deseo que despierta el encuentro con Jesús y la necesidad de salir de la propia ceguera, al comprender que aleja del amor. «Rendida y confiada» creía Teresa que era posible avanzar en el seguimiento de Jesús. Y Pedro, después de su negación, firmaría las palabras de ella: «Considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí, muchas veces». Por eso, ni Pedro ni ella desesperaron.



Teresa acude a Pedro para animar: «Pensaba muchas veces que no había perdido nada San Pedro en arrojarse en la mar, aunque después temió. Estas primeras determinaciones son gran cosa». Sabe que el miedo puede abortar un camino de alegría. Y muy gráficamente, dirá que no hay que ser como sapos ni «solo cazar lagartijas».



Andar con cuidado, sí. Buscar maestros, también. Pero es importante «tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos… podremos llegar a lo que muchos santos». La figura de Pedro le suscita fortaleza y autenticidad, y añade: «¡Siempre la humildad delante, para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras!».



Recordará que Pedro, cabeza de la Iglesia, era un sencillo pescador, sin otro abolengo. Le interesa recalcar que no hay que «hacer caso ninguno del linaje las que de veras quieren ser hijas de Dios». Le importa que se haga visible que la verdadera dignidad viene de la fraternidad, del Padre que une a todos los seres humanos.



Evocará, también, el episodio en que Jesús pide a Pedro ir mar adentro, hasta lograr una gran pesca. Lo hace porque comparte con él una experiencia muy importante: el estremecimiento ante la divinidad. La emoción por la presencia bondadosa y salvadora, junto al sentimiento de pequeñez, el reconocimiento de la propia realidad humana.



Pedro se postra, diciendo: «Aléjate de mí, porque soy un hombre pecador, Señor» y Teresa comenta sus palabras, diciendo: «Todo este cimiento de la oración va fundado en humildad». El sostén de todo es descubrir que Él es el Señor, ante quien solo cabe la confianza amorosa y el seguimiento.



Aunque el apóstol aparece en más ocasiones, entra en escena en un momento clave de las VII Moradas, cuando Teresa explica para qué tanta oración y por qué seguir un camino espiritual: para vivir y servir como Jesús. Lo que Pedro ha recibido –igual que Teresa–, toda la experiencia de fe y amor que ha vivido, tiene un fin: «Que nazcan siempre obras», obras de amor.



Vivir desde el encuentro con Jesús define al cristianismo. Teresa escribirá: «No está el negocio en guardarnos de los hombres… ni en tener hábito de religión o no… ni en lo que toca al cuerpo… sino en contentar a Dios» —que era lo que hacía Jesús. Es lo mismo que Pedro decía: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Después, los dos sentirán la urgencia de compartir y comunicar: «No podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído».



Pedro y Teresa hablan de la necesidad constante a volver a Jesús, e invitan a una confianza en Él sin límites. Recuerdan que acoger el Espíritu deshace los miedos y lleva a la verdadera misión: la de dar a Jesús y ofrecer salud en su nombre. Y así, valen para los dos las palabras de Pedro: «No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar».



La autora de esta entrada es la hermana Gema Juan, del Carmelo de Puzol, que la ha publicado en su blog, que puede consultarse aquí.

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“El Romano Pontífice y los Obispos, como maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica” (LG 25).


La fiesta de San Pedro y San Pablo es ocasión para agradecer la firmeza y la seguridad de la fe que profesamos, para mirar sin complejos a nuestro mundo y aportar con humildad nuestra visión cristiana, nuestra solidaridad, nuestra caridad y nuestra feliz esperanza. Nos está necesitando aunque no lo sepa y nosotros estamos felices de poder hacerlo ¡No escatimemos esfuerzos, que merece la pena!



“Estos son los que, mientras estuvieron en la tierra con su sangre, plantaron la Iglesia: bebieron el cáliz del Señor y lograron ser amigos de Dios”, dice la liturgia en la solemnidad de San Pedro y San Pablo.


Ambos fueron (son) fundamento de nuestra fe cristiana, columnas de la Iglesia. Como ha dicho Benedicto XVI: “La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo”.


Y en esta celebración conjunta tenemos un primer símbolo. Pedro y Pablo, como unos nuevos Rómulo y Remo, aunque ya no legendarios, sino reales ponen las bases de la familia de Jesús, de una comunidad de hermanos. “Pedro, el apóstol, y Pablo, el doctor de las gentes, nos enseñaron tu ley, Señor”, dice también la liturgia. Ya no son Caín y Abel, signos de una creación dañada por el pecado, sino de una nueva creación que encuentra su comienzo en la Iglesia de Cristo.


Un segundo símbolo es la roca, la piedra. Simón, al confesar la fe, pasa a ser Pedro, roca: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”. Esta roca-fundamento tiene como razón última no la carne y la sangre, sino la gracia de Dios. Cuando Pedro se resiste a la acción de la gracia, cuando consiente que en él primen la carne y la sangre, deja de ser roca-fundamento para convertirse en “piedra de escándalo”: “Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo”. La fortaleza de la roca no depende de las fuerzas humanas, sino de la docilidad al Espíritu Santo.



Un tercer símbolo son las llaves y la acción de atar y desatar: “Te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Las llaves que permiten atar y desatar son las que hacen posible una decisión doctrinal; son las que confieren potestad para excomulgar y para readmitir, pero son, sobre todo, las llaves de la misericordia que desatan el nudo del pecado: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.


Los poderes de la Iglesia son los poderes de Pedro y de Pablo. El poder de las llaves, el servicio del perdón, y el poder de la espada, que no es otro que el poder del anuncio de la palabra de Dios “viva y eficaz, más tajante de espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón”.


El día de San Pedro y San Pablo es, sobre todo, un día para rezar por el Papa: “Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius”.


Guillermo Juan Morado.



NOVENA A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN Colección: MESA Y PALABRA Autor: JUAN MORADO, GUILLERMO; Catálogo: Pastoral Edición: 1 ISBN: 978-84-9842-630-4



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