abril 2014


¿Por qué la Iglesia ha escogido Mayo para tributar un culto especial a la Virgen? Con este interrogante comienza el Cardenal Newman un precioso texto en el que, siguiendo las Letanías Lauretanas, contempla la presencia de Nuestra Señora en la historia de la salvación.


Mayo, nos dice Newman, es el mes de la fiesta y de la alegría; el mes de la promesa y de la esperanza. El mes en el que la tierra se cubre de hojas frescas y de hierba verde; en el que los árboles se visten de brotes y las flores irrumpen en los jardines; en el que el Sol amanece antes y se oculta más tarde. Mayo es el pregón que anuncia el esplendor del verano…


Mayo es también el período más sagrado, alegre y festivo de todo el año. Mayo es la Pascua y la Ascensión que preludia Pentecostés. Es el mes del “Aleluya", del canto nuevo que proclama la victoria de Cristo y la venida del Espíritu Santo.


Los treinta y un días de Mayo son otras tantas exultaciones de la grandeza de Dios, de las maravillas que obró en favor nuestro. Y por ello es el mes de María, la Rosa Mística, la primera criatura, aquella en la que de modo más resplandeciente brilla la belleza de la salvación.


Dicen que fue un rey español, Alfonso X el Sabio, quien en sus Cantigas asoció Mayo a María. En todo caso, ha sido una iniciativa feliz, que se ha extendido a toda la Iglesia.


El Misal de la Virgen María ofrece a todos los creyentes un manantial, casi inagotable, de motivos para aprender de la Virgen y para amar a la Virgen. De la riqueza de esta fuente dependen, en buena medida, las reflexiones que ofrecemos para los treinta y un días de Mayo. La devoción a María, rectamente enfocada, nunca nos puede apartar de Jesús. También el “Mes de Mayo” ha de ayudarnos a celebrar los misterios de la salvación, a los cuales está ciertamente asociada santa María Virgen (cf Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia 191).



Con este deseo he escrito este libro, que puede servir de ayuda para la vivencia personal del “Mes de María” y, asimismo, para su celebración en las diversas comunidades cristianas.


Guillermo Juan Morado.


PS: Los lectores de hace más tiempo saben que este libro ha nacido en el blog.



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Intuimos fácilmente que una "victoria" conseguida desde el mal es, en el fondo, un profundo fracaso. Porque el "triunfador" ha dañado su conciencia, ha destruido su integridad moral, ha perjudicado a otros (cercanos o lejanos). Se ha alejado de Dios y ha encendido una vela al diablo. // Autor: Fernando Pascual



Nos asusta e inquieta esa palabra que asoma en ocasiones ante el horizonte de la propia vida o de la vida de seres queridos: el fracaso. Por eso vale la pena reflexionar un momento sobre la misma.



Notamos que existen diversos tipos de fracasos. Fijemos nuestra atención en tres de ellos.





Fracasos tipo 1



El primer tipo de fracasos consiste en no alcanzar algo que deseamos intensamente. Nos proponemos una meta, empezamos a trabajar, dedicamos parte de nuestro tiempo y de nuestro corazón para conseguirla. Un día constatamos que la meta vuela lejos: fracasamos.



Así, fracasa un chico que busca conquistar una chica, o viceversa. O una persona que pide ascenso de sueldo y recibe una negativa. O un estudiante que se mata para aprobar y llega puntualmente un nuevo suspenso. O un mecánico que tras horas de esfuerzo no consigue encontrar el fallo en el motor del coche. O un adulto que se propone esta tarde no naufragar en Internet para atender a los hijos y al final termina nuevamente encadenado a la pantalla de la computadora...






Este tipo de fracasos duele. Algunos de modo más intenso, otros con menor profundidad. ¿Por qué duelen? Porque nos habíamos propuesto un objetivo, sencillo o ambicioso, y al final nos encontramos con las manos vacías.





Fracasos tipo 2



El segundo tipo de fracasos es menos visible y engaña a muchos. Es el fracaso que se logra cuando uno consigue hacer "bien" lo que es "malo", cuando logra la "victoria" que le permite alcanzar deseos y proyectos bajos, mezquinos, pecaminosos.



Quien engaña al esposo o a la esposa sin ser descubierto, ¿no se siente "victorioso"? Quien comete un "robo perfecto", ¿no llena sus bolsillos de un dinero que satisface tantos deseos personales?



Intuimos fácilmente que una "victoria" conseguida desde el mal es, en el fondo, un profundo fracaso. Porque el "triunfador" ha dañado su conciencia, ha destruido su integridad moral, ha perjudicado a otros (cercanos o lejanos). Se ha alejado de Dios y ha encendido una vela al diablo.



Por desgracia, muchos de los que consiguen victorias en el mundo del pecado parecen satisfechos, incluso presumen de sus fechorías. Sobre ellos la Biblia ofrece juicios muy severos, sea en algunos salmos, sea en el Nuevo Testamento. Su situación, además, es sumamente grave, porque disfrutan de sus logros hasta el punto de no reconocer el estado miserable en el que se encuentran.



Valen para esas personas aquellas terribles palabras del Apocalipsis: "Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista" (Ap 3,17-18).





Fracasos tipo 3



El tercer tipo de fracasos es más sutil y problemático. Somos honestos. Conseguimos metas buenas. La vida nos sonríe. Los problemas se resuelven. Sentimos una halagadora satisfacción ante tantas conquistas y ante la belleza de una conducta justa.



Sin embargo... algo dentro nos dice que nuestra vida, tan llena de victorias y de satisfacciones, tal vez es un fracaso.



¿Cómo ocurre eso? Es cierto que alcanzar un objetivo bueno nos llena de alegría. Pero no todos los objetivos corresponden a los anhelos más profundos del corazón, ni nos abren a exigencias más íntimas de la vida cristiana.



Un joven que desea aprobar exámenes y lo consigue ha conquistado, ciertamente, una meta muy gratificante. Pero su vida no está hecha para aprobar exámenes. Unos esposos que llevan una vida matrimonial satisfactoria y serena gozan de un don que muchos envidian y que a ellos les produce una alegría maravillosa. Pero tampoco esa vida casi de fábula es lo único a lo que aspiramos los seres humanos.



Causa sorpresa pensar que pueda ser un fracaso la vida de quien salta de gozo ante victorias limpias, buenas, sanas. No es fracaso, hay que aclararlo, porque se están logrando objetivos buenos. Pero sí lo es cuando esa persona olvida la meta definitiva y el único amor al cual está llamado: Dios.



Porque una hermosa convivencia familiar, un trabajo exitoso y lleno de conquistas, un dinero ganado honestamente, unas vacaciones en un lugar sereno y reconfortante, no son el puerto último para la existencia humana, ni pueden ahogar otras dimensiones de la vida.



Sólo cuando abramos los ojos de la mente y del corazón a la meta definitiva. Sólo cuando comprendamos que todo puede servir para el bien si uno ama a Dios (cf. Rm 8,28). Sólo cuando los bienes materiales y la salud sean "invertidos" en la ayuda al pobre, al enfermo, al abandonado, al triste, al anciano. Sólo cuando seamos capaces de ver que muchos fracasos no son más que puertas que se cierran para que se abran horizontes de humildad y de acogida. Sólo cuando seamos capaces de ofrecer el dolor propio unido a la oración de Cristo en la Cruz por todos los hombres...



Sólo entonces nuestra vida brillará desde una luz que viene de lo alto y que permite participar en la única victoria que da sentido a la aventura humana: la del Cordero entregado por Amor al Padre y a los hermanos.



Hallelujah es una canción escrita por el cantante canadiense Leonard Cohen y publicada en su álbum Various Positions en 1984. Inicialmente, no obtuvo mayor reconocimiento. En 1991, fue versionada por el músico galés John Cale, obteniendo una buena aceptación. Pero en 1994 el cantautor estadounidense Jeff Buckley, con su reconocida sensibilidad interpretativa y su voz única, grabó la que es considerada como “la versión definitiva”, siendo su versión considerada como una de las canciones más hermosas de la historia. Después de aquellas versiones, ha sido versionada por numerosos artistas a través de conciertos y grabaciones, llegando al número de más de ochenta versiones.







"'Tenía un solo corazón y una sola alma'. La paz. Una comunidad en paz.

Esto significa que en aquella comunidad no había lugar para los chismes,

para las envidias, para las calumnias, para las difamaciones. Paz. El

perdón: 'El amor lo cubría todo'. Para calificar a una comunidad

cristiana sobre esto, debemos preguntarnos cómo es la actitud de los

cristianos. ¿Son mansos, humildes? En esa comunidad ¿hay peleas entre

ellos por el poder? ¿Peleas de envidia? ¿Hay chismes? No están por el

camino de Jesucristo. Esta característica es muy importante, muy

importante, porque el demonio trata de dividirnos siempre. Es el padre

de la división". Con la envidia divide. Y Jesús nos enseña este camino: de la paz



Al final parece que lo que proclamó Manuel Azaña el año 1931, que “España ha dejado de ser católica” se está convirtiendo en realidad. Ahora no tanto por la vía de la violencia, la quema de iglesias y los ataques a los católicos, que estos últimos ciertamente se están dando, sino más bien a través de esa “apostasía silenciosa” que ha conseguido ofrecer un catolicismo nominal sin implicaciones éticas.


El caso es que cuando se habla de este asunto lo primero que nos viene a la cabeza es la profunda disociación en todo lo que tiene que ver con la moral sexual y el respeto a la vida. La hay. Lo hemos estado viendo últimamente en Málaga en dos pregones del mundo cofrade. Muchos que se llaman católicos no tienen problema en aceptar el aborto, las relaciones extraconyugales, el ejercicio de la homosexualidad, el matrimonio entre individuos del mismo sexo. Y todo esto con la disculpa famosa de “la propia conciencia”, que algún día de estos escribiré del tema.


Pero no nos vamos a quedar ahí. Si la abolición práctica de los mandamientos sexto y noveno es algo bastante generalizado, y señal inequívoca de un abandono de la moral cristiana más elemental, no lo es menos la de los mandamientos séptimo y décimo.

Ayer Montserrat Cabellé. Nada, una futesa, que si ha defraudado al fisco algo así como algo más de medio millón de euros. Es igual, es el último caso. Pero lo más grave de todo esto es que nos hemos acostumbrado a la defraudación y el engaño como algo habitual e irresoluble.


Hagan el esfuerzo de abrir cualquier medio de comunicación y observen las páginas que hay que dedicar a la corrupción y el fraude. Es igual donde miren: políticos de uno y otro signo, empresarios, sindicalistas, concejales, pequeños empresarios, autónomos, el ama de casa, el señor de la esquina… tonto el que no se lo lleve crudo, aunque no sean más que unos folios para casa, dos bolígrafos, veinte euros de IVA que no pago, la comisión, la dieta no merecida, la información privilegiada, el regalo indebido, hasta llegar a los millones y millones de euros. Y no pasa nada. Bueno, alguna vez alguien acaba en la cárcel. Pero devolver lo robado, ni el Dioni.


Pues oigan, o mejor lean, muchos de estos son miembros de cofradías y hermandades, se casan por la iglesia, llevan a sus niños a bautizar y a hacer la comunión y luego pagan la celebración con la comisión de la constructora A o a costa de los cursos del sindicato B.


Por supuesto que estamos dejando de ser católicos. No a lo bestia, que eso siempre lleva una paga de violencia, riesgo y tiznarse las manos. Ahora se hace mejor, civilizadamente. Nada de enfrentamientos con la Iglesia, simplemente me olvido de la moral cristiana más elemental, de los mandamientos. Porque claro, si me cargo el sexto y el noveno por un lado, y el séptimo y décimo por otro, no queda más remedio que mentir y prevaricar –se acabó el octavo- y ganarse el respeto de los contrarios con la violencia y la amenaza que van directamente contra el quinto. El resto… qué quieren que les diga. Una blasfemia si se tercia –adiós segundo- y lo de ir a misa cada domingo tampoco hay que pasarse –abolido el tercero. Pero a Dios sí que le queremos mucho.


Seguiremos diciendo que somos católicos, las encuestas afirmarán lo que les venga en gana. Pero un país donde se roba, se miente, se defrauda como algo habitual y el sexto mandamiento desaparece de la vida será católico de boquilla. Pero nada más.





Afirma Charles Morganen “El escritor y su mundo”:






Las palabras “sereno” y “serenidad” han caído casi en desuso y, sin embargo, la idea que expresan no ha dejado de existir. ¿Por qué entonces han caído en ese desuso? Las palabras quedan fuera de circulación por nuestro consciente deseo de evitarlas. Hace cincuenta años nuestros padres y nuestras madres hubiesen utilizado laboriosos circunloquios, que hoy nos harían reír, para evitar ciertas palabras necesarias para la descripción de ciertas partes y ciertas funciones de nuestro cuerpo. Muchas de esas palabras las usamos hoy con absoluta normalidad y nos enorgullecemos de ello. Y, sin embarga, hay que admitir que existen otras palabras que intentamos evitar siempre. Si nuestros padres se sentían incómodos al pensar sobre algunas partes de nuestro cuerpo, nosotros parecemos avergonzarnos de ciertas partes de nuestras almas.



¿Por qué procuramos no pronunciar esas hermosas palabras que se refieren a la vida espiritual, como dignidad, inspiración, compromiso, serenidad? Porque las ideas que contienen esas palabras han sido el reclamo con el cual hemos sido perjudicados muchas veces. Se ha abusado de ellas y hoy representan nuestros fracasos, nuestra sentencia. Dignidad, inspiración, compromiso, serenidad, no son palabras que constituyen ninguna pena de muerte. Solamente el desquiciado desorden de nuestra época, la degradación de la tragedia humana en una farsa absurda, nos induce a despreciar lo que podría ser nuestra salvación (…) Lúcido, (sereno quizás es una palabra más expresiva que incluye la lucidez) es importante asociar ambas palabras, pues la penetración en la esencia de las cosas, a través de la luz y la transparencia constituye el fin último de la serenidad: la distinción entre el bien y el mal.


Cristo y la novedad... o más bien la novedad es el mismo Cristo. Cristo trae consigo toda novedad, y ésta no es el afán de novedades, cambios, noticias, sino la transformación más profunda que se puede realizar: comienza todo de nuevo, un nuevo inicio de esplendor, de vida y de gloria.


La vida que conocemos, limitada y llena de debilidades, queda asumida por la novedad de Cristo y se convierte en vida eterna.



El tiempo, que lo experimentamos en su fugacidad casi como un amenaza, se convierte en tiempo de salvación, de gracia y de comunicación de Dios, recibiendo un nuevo nombre: "eternidad".


El amor, que ahora lo experimentamos mezclado con nuestro éros sin purificar, con nuestra concupiscencia, se eleva a algo nuevo, la cáritas, un amor sobrenatural que dignifica y se sabe entregar.


El hombre, cada uno de nosotros, sometidos a la fragilidad del pecado y a la muerte, nace de nuevo con Cristo -por el agua y el Espíritu- a una existencia espiritual, llevada por el Espíritu Santo, con vocación de santidad.


La novedad es Cristo para el hombre.


"Resucitó realmente, abriendo así a la vida un nuevo horizonte sin confín; lo dio Él de Sí mismo: "No temas, yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1,17-18). Un mundo nuevo ha sido fundado; ha quedado inaugurado un nuevo modo de existir. ¡Cristo ha resucitado, Cristo vive!" (Pablo VI, Mensaje pascual, 10-abril-1977).


El tiempo y el hombre son nuevos por Cristo resucitado; pero la novedad alcanza a todo lo creado, a este mundo nuestro que se va transformando hasta el día de su Venida, en un cielo nuevo y una tierra nueva.


Bien podríamos calificar que la novedad del Resucitado es también "cósmica" y que todo, absolutamente todo lo creado, participa de la novedad del Señor:



"[Cristo] ha vuelto a la vida, y con ello se ha constituido cabeza y fundador de un orden nuevo; y por la novedad que esta inauguración de un nuevo y estupendo designio divino reverbera sobre los destinos de la humanidad, sobre nuestro destino personal. La Pascua no sólo nos hace asistir al paso de Cristo de la muerte a la vida, sino que instaura además una nueva vida para nosotros.


Es necesario que nos formemos, dentro de lo posible, una idea clara de esta novedad. El concepto de novedad, aplicado a la vida misma del hombre, es una de las coordenadas de nuestra fe, como es uno de los principios de la vida espiritual y moral...


La Sagrada Escritura deja transparentar aquí y allá un sentido encantador de este orden misterioso al que estamos encaminados. Ecce nova facio omnia, exclama Aquel que en el Apocalipsis, está sentado en el trono de su gloria: ¡Yo hago nuevas todas las cosas! Es el eco de un vaticinio del profeta Isaías (43,19), que deja enrever una metamorfosis no sólo en el terreno humano, sino también en el cosmos; hasta tal punto que el oído metafísico de san Pablo logra percibir aquel gemido de la "creación entera"..." (Pablo VI, Audiencia general, 25-abril-1972).




“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del único de Dios. El juicio consiste en esto que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”. (Jn 3,16-21)



Una lectura capaz de despertar nuestra ilusión.

Una lectura capaz de cambiar nuestra mentalidad sobre Dios.

Una lectura capaz de cambiar la visión de nuestra fe.


¿Comenzamos por las afirmaciones que contiene?

Dios quiere revelar hasta dónde llega su amor.

Dios quiere manifestar cómo se revela su amor.

Para ello:

Entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él.

Dios entregó a su Hijo único para que tengamos “vida eterna”.

Dios no entregó a su Hijo para juzgar al mundo.

Dios entregó a su Hijo para que el mundo se salve por él.

La fe en Jesús es el principio y garantía de salvación.

La falta de fe es ya signo de condenación.


¿En qué consiste la salvación?

En que hemos creído a la luz.

¿En qué consiste la condenación?

En que nos hemos negado a creer en la luz?

¿Por qué nos hemos negado a la luz?

Porque no queremos que se pongan al descubierto nuestras obras.

El que obra el bien: busca la luz.

El que obra mal: rehuye la luz.


El Dios de nuestra fe:

No es ese Dios que con frecuencia enseñamos.

Es decir, el “Dios que no condena”.

Dios no condena a nadie.

Dios lo que quiere es la salvación de todos.


La gracia es luz y busca la luz.

El amor es luz y busca la luz.

El pecado busca siempre la oscuridad.


Dos preguntas y una oración:

¿El Dios de mi fe, es el Dios amor hasta el extremo de entregarme a su Hijo?

¿Es el Dios que quiere salvarme?


¿Vivo en la luz de la verdad de tu amor?

¿Vivo en la luz de la verdad de mi amor a los demás?

¿Vivo en la oscuridad de mi falta de fe?

¿Vivo en la oscuridad de mi falta de amor?

¿Vivo en la oscuridad de mi vida sin sentido?

“Señor, hazme ver la luz en tu luz”


Señor:

“Hiere, hiere la raíz de la miseria de mi corazón.

Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis pesares.

Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.

Dame fuerza para no renegar nunca del pobre.

Ni doblar mi rodilla al poder insolente.

Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana.

Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad”. (R.T)


“Contigo el sol es luz enamorada y contigo la paz es paz florida.

Contigo el bien es casa reposada,

y contigo la vida es sangre ardida.

Pues, si me faltas Tú, no tengo nada;

Ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida”. (J.L.D)


Clemente Sobrado C. P.




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“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Algunos autores sostienen que “este versículo encierra la revelación más importante de toda la Biblia” y que por lo tanto, debería ser lo primero que se diera a conocer a los niños y catecúmenos (…) Más y mejor que cualquier noción abstracta, contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención”.

Contiene el misterio de la Trinidad, porque revela a Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, para que donara todo su Amor, que es el Espíritu Santo; contiene el misterio de la Redención, porque el envío del Hijo por parte del Padre, es para la salvación de todo aquel que crea en el Nombre del Hijo. De hecho, la terrible consecuencia, es la sanción eterna que recibirán aquellos que rechacen al Hijo del Padre: serán abandonados en su ceguera (Mc 4, 12) para que crean al Príncipe de la mentira y se pierdan; esto es lo que San Pablo advierte que ocurrirá cuando aparezca el Anticristo (2 Tes 2, 9-12).


“Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Lo que el hombre tiene que entender, en su relación con Dios, es que lo que mueve a Dios en su relación con él, es el Amor y solo el Amor y nada más que el Amor; no hay, en Dios, otro motor ni otro interés hacia el hombre, que no sea el Amor. Es solo por Amor, que Dios Padre envía a su Hijo a este mundo en tinieblas, a sabiendas que nosotros, los hombres, que “habitábamos en tinieblas y en sombras de muerte” y que estábamos bajo el dominio y la guía del Príncipe de las tinieblas, habríamos de devolverle al Hijo de su Amor, crucificado y muerto en una cruz, y sin embargo, Dios Padre nos lo envía de todas formas, porque su omnipotencia cambia el significado de muerte y odio deicida que nosotros le adjudicamos a la cruz, por el Amor y la Misericordia.


“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Quien libremente no quiera aceptar esta sublime Verdad, contenida en estos dos renglones, indefectiblemente deberá pasar una eternidad de tinieblas; quien la acepte, vivirá una eternidad de Luz, de Amor, de Paz y de Alegría inimaginables.






“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Algunos autores sostienen que “este versículo encierra la revelación más importante de toda la Biblia” y que por lo tanto, debería ser lo primero que se diera a conocer a los niños y catecúmenos (…) Más y mejor que cualquier noción abstracta, contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención”.

Contiene el misterio de la Trinidad, porque revela a Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, para que donara todo su Amor, que es el Espíritu Santo; contiene el misterio de la Redención, porque el envío del Hijo por parte del Padre, es para la salvación de todo aquel que crea en el Nombre del Hijo. De hecho, la terrible consecuencia, es la sanción eterna que recibirán aquellos que rechacen al Hijo del Padre: serán abandonados en su ceguera (Mc 4, 12) para que crean al Príncipe de la mentira y se pierdan; esto es lo que San Pablo advierte que ocurrirá cuando aparezca el Anticristo (2 Tes 2, 9-12).


“Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Lo que el hombre tiene que entender, en su relación con Dios, es que lo que mueve a Dios en su relación con él, es el Amor y solo el Amor y nada más que el Amor; no hay, en Dios, otro motor ni otro interés hacia el hombre, que no sea el Amor. Es solo por Amor, que Dios Padre envía a su Hijo a este mundo en tinieblas, a sabiendas que nosotros, los hombres, que “habitábamos en tinieblas y en sombras de muerte” y que estábamos bajo el dominio y la guía del Príncipe de las tinieblas, habríamos de devolverle al Hijo de su Amor, crucificado y muerto en una cruz, y sin embargo, Dios Padre nos lo envía de todas formas, porque su omnipotencia cambia el significado de muerte y odio deicida que nosotros le adjudicamos a la cruz, por el Amor y la Misericordia.


“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Quien libremente no quiera aceptar esta sublime Verdad, contenida en estos dos renglones, indefectiblemente deberá pasar una eternidad de tinieblas; quien la acepte, vivirá una eternidad de Luz, de Amor, de Paz y de Alegría inimaginables.






Ciudad del Vaticano (AICA): “San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado, porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valientes, llenos del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia”, dijo el papa Francisco durante su homilía, en la misa de canonización, una ceremonia sin precedentes en la historia de la Iglesia, concelebrada por más de mil pastores entre cardenales, obispos y sacerdotes, incluyendo al pontífice emérito Benedicto XVI.



“San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado, porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valientes, llenos del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia”, dijo el papa Francisco durante su homilía, en la misa de canonización.



Una ceremonia sin precedentes en la historia de la Iglesia, concelebrada por más de mil pastores entre cardenales, obispos y sacerdotes, incluyendo al pontífice emérito Benedicto XVI.



“San Juan Pablo II fue el Papa de la familia, dijo Francisco. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene”.



El papa Francisco concluyó pidiendo que “estos dos nuevos santos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama”.



Homilía del Santo Padre






En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que San Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.



Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28).



Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: “Sus heridas nos han curado” (1 P 2,24; cf. Is 53,5).



San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf. Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valientes, llenos de la parresía del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.



Fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.



En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había “una esperanza viva”, junto a un “gozo inefable y radiante” (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie los podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.



Esta esperanza y esta alegría se respiraban en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,42-47). Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.



Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisonomía originaria, la fisonomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos.



No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; fue el Papa de la docilidad al Espíritu.



En este servicio al Pueblo de Dios, San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.



Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama”.+



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Mikel Santamaría nos habla del sentido del matrimonio:



Por ser la expresión del amor pleno, el acto sexual está reservado a la intimidad de la vida matrimonial. En nuestra situación cultural, es lógico que sea difícil, para muchos, entender esto. Porque, para entenderlo, hay que entender antes lo que es el matrimonio. Actualmente, muchos interpretan el casarse como un mero trámite, un simple papeleo que nada tiene que ver con la realidad del amor.



Este error es comprensible cuando la introducción legal del divorcio suprime el reconocimiento legal de una entrega para siempre. Me explico: si, según las leyes, cualquier matrimonio se puede divorciar, entonces la ley no reconoce la existencia de un verdadero compromiso para siempre. Esa ley no reconoce que alguien se haya comprometido de modo irrevocable, sin posible marcha atrás.



Casarse es entregarse para siempre. En este sentido, es algo tan definitivo como tirarse sin paracaídas: una vez que he saltado no hay marcha atrás. Cuando me caso, me tiro, me abandono en brazos del otro. Si el otro me falla, me doy el gran batacazo.



Esto será arriesgado, pero la verdad es que el amor exige y necesita este abandono en manos del otro. Si quiero amar y ser amado, no puedo seguir llevando una coraza, tengo que abandonarme y depender realmente del cariño del otro para ser feliz. Sin esta dependencia y este abandono mutuos, el amor no puede desarrollarse. Esto implica que el otro me puede hacer daño. Pero si me pongo la coraza, para impedir los posibles sufrimientos, esa coraza hará imposible la intimidad y el abandono que son necesarios para experimentar el amor. Sin el riesgo de dolor, no es posible la alegría del amor.





En cambio, casarse con la posibilidad legal de divorcio es como tirarse con paracaídas: no me abandono plenamente en el otro. No me fío de él, no pongo mi vida totalmente en sus manos. La posibilidad legal del divorcio hace que no haya diferencia real entre lo que se llama casarse y la simple unión temporal de una pareja. Unos y otros están juntos mientras les venga en gana, y cuando quieran, se separan, y aquí no ha pasado nada. No ha pasado nada porque nunca ha habido nada, nunca ha habido una entrega real de la propia vida. Es decir, no ha habido matrimonio.



La noticia, en síntesis, es que el cardenal Bertone se está arreglando un parece que muy buen ático dentro del Vaticano para su vivienda habitual. Tanto ha corrido la noticia que el propio cardenal, el salesiano Tarsicio Bertone, ha tenido que salir al paso de la historia con una carta que no solo no aclara el asunto sino que a mi modo de ver lo pone aún peor.


El hecho, según reconoce él mismo, es que vivirá en un apartamento dentro del Vaticano, que el apartamento es “espacioso” y que la reforma se hace bajo sus gastos.


Ayer un lector de Infocatólica me pedía una opinión sobre el asunto, y aunque ya he respondido en forma de comentario, aquí va para que no haya dudas de lo que pienso y para que no haya dudas de que no tengo ningún problema en escribir de lo que sea.


Servidor no es periodista de investigación. Tampoco conozco los entresijos de la vida íntima de cardenales en ejercicio y eméritos. Pero sí tengo mi opinión sobre este asunto.


Bertone es religioso salesiano para empezar. Se comprende que cuando un religioso es llamado al episcopado o a algún servicio singular en la Iglesia por el santo padre, pues evidentemente que eso es lo primero. La consecuencia es que el religioso deja su convento y va allá donde sea menester. La Iglesia manda y el religioso obedece. Nada más que objetar.


¿Y cuando cesa en el ministerio que le había sido encomendado, bien porque le fue aceptada por ejemplo su renuncia como obispo, bien porque ya no es necesaria esa encomienda especial? Pues entiendo que sencillamente se vuelve al convento y aquí no ha pasado nada. Conozco, conocemos todos supongo, casos de religiosos obispos que al cesar en su ministerio se volvieron al convento y siguieron viviendo como un religioso más, o bien obispos provenientes del clero secular que simplemente se retiraron a una residencia sacerdotal.


En principio no veo problema en que el cardenal Bertone, acabado su oficio, se retire a una de las residencias que los salesianos tienen en Roma. Y si el santo padre lo siguiera queriendo cerca por cuestiones las que sean, tampoco es tan complicado desplazarse al Vaticano aunque tenga que llevarle alguien. Digo yo.


Supongamos incluso que parece mejor que viva dentro del Vaticano. Pues a alguien que ha sido religioso y por consiguiente tiene costumbre de vivir en comunidad no creo le supusiera ninguna dificultad especial vivir por ejemplo en santa Marta.


Por lo que sea el cardenal Bertone ha decidido reformar un ático dentro del Vaticano. Ha decidido se supone que con el beneplácito de los demás, porque entiendo que uno por muy cardenal que sea no va a un edificio vaticano y dice: este para mí. Es decir, que si lo ocupa será con el beneplácito de su jefe, que lo tenía tan claro como decirle que de eso nada y que hay que predicar con el ejemplo y la austeridad. Si el papa no ha puesto pegas no las voy a poner yo.


Queda otra cuestión nada baladí: que sea el propio cardenal quien pague los gastos de la reforma de su bolsillo, porque las reformas ya se sabe lo que cuestan y uno se pregunta cómo es posible que monseñor tenga un bolsillo tan abultado. ¿Tanto cobran los cardenales? ¿Ha recibido algún donativo muy extraordinario? ¿Se lo paga algún amigo de esos con los que hay que tener cuidado? ¿De dónde saca pa tanto como destaca?


Monseñor Tarsicio Bertone, por muy secretario de estado que haya sido, podía estar ahora estupendamente en una residencia de salesianos, y estoy seguro de que bien tratado, o simplemente en Santa Marta. Ha decidido mejor un apartamento espacioso y bien reformado, pues reclamaciones a quien se lo consienta.


Y desde luego aquí estamos esperando que nos cuente de dónde ha sacado ese pastón que le va a costar la reforma. Mayormente por si nos da por pensar lo que no debemos.







Juan Pablo II era afirmativo, propositivo. No halagaba a los jóvenes con lisonjas gratuitas. Era exigente


La belleza de los valores «Aquella magnífica aceptación de las enseñanzas de Juan Pablo II por los jóvenes era que sabía hacer simpática la virtud»

Al final de un encuentro alegre, multitudinario y desbordante de ideas, una chica de 18 o 19 años lloraba sin recato, sentada en el césped. Estábamos en el inmenso parque Blonie de Cracovia, y Juan Pablo II abandonaba el palco. Cuando yo también me iba, vi a aquella muchacha, llorando a lágrima viva, sin pretender ocultarlo.

REUTERS

La pregunta era obligada: ¿por qué llorar en un momento tan bonito? Su respuesta, entre sollozos, fue: «Porque él es un santo, y yo soy un desastre».



He pensado muchas veces en aquella respuesta. Hay muchos modos de presentar el bien posible, el bien alcanzable, la ética de la existencia. Pero, con frecuencia, no se consigue comunicar la bondad. No se llega al centro de la persona. Se queda todo en la superficie. Se diría que las palabras acarician el pensamiento, pero sin «convencer». Sin poner en marcha la decisión interna de cambiar. No solo el deseo de «hacer algo nuevo», sino de «renovarse», de crecer, de salir de la rutina habitual.



Aquella muchacha que sollozaba lo había entendido. Había entendido las palabras de Juan Pablo II. Palabras que no eran conceptos abstractos, sino que la obligaban a examinar su existencia cotidiana.



No habían provocado rechazo, ni justificaciones ni un reflejo de autodefensa. Su llanto parecía expresar la alegría de quien ha descubierto que puede aspirar a lo mejor. Es más, que lo que hasta entonces había considerado «lo mejor», y que buscaba en lo efímero y epidérmico, en realidad no lo era.



Por eso, en el fondo, aquel llanto era el reconocimiento y el descubrimiento de una nueva ruta, que aquella joven estaba a punto de emprender. Y aquel comienzo alegre, al término de una jornada repleta de sentido, daba lugar a un saludo exquisitamente humano: las lágrimas.

¿Por qué los jóvenes amaban tanto a Juan Pablo II? La respuesta es muy sencilla: porque le entendían. Y, en consecuencia, le amaban.



Se lo he preguntado a jóvenes en muchos lugares: en Toronto, Buenos Aires, Tor Vergata, Manila, Santiago de Compostela… Y las respuestas, salvo ligeros matices, eran siempre las mismas: «Nadie, ni en mi familia, ni en mi escuela ni en mi ambiente, me había dicho lo que él dice. Y tiene razón». Curiosamente, las cosas que decía eran muchas veces opuestas a las modas culturales del momento. ¿Por qué, a pesar de eso, los jóvenes decían con tanta seguridad que «tiene razón»?



Hay «educadores» de una claridad extraordinaria a la hora de decir lo que no se debe hacer y lo que no se debe ser. Pero, en cambio, no logran esa claridad para definir o comunicar lo que se puede ser, o hacia dónde caminar si se quiere ser mejor. No invitan a caminar. La ética meramente negativa deja en el alma el cansancio. No entusiasma nunca.



Juan Pablo II era afirmativo, propositivo. No halagaba a los jóvenes con lisonjas gratuitas. Era exigente. Abría posibilidades arduas pero magníficas. Hablaba más de la belleza del amor humano que de los riesgos éticos de una sexualidad caprichosa.



Un gran comunicador

Casi nunca hablaba del egoísmo, sino, casi siempre, de lo hermoso que sería un mundo lleno de generosidad. Escuchándole, resultaba evidente que el único mundo posible era a precisamente el construido pensando un poco más en los demás y un poco menos en nosotros mismos.



La expresión «Juan Pablo II, el gran comunicador» responde a la verdad, pero o puede llevar a engaño. Eraa un gran comunicador no tanto por el modo de comunicar –en todo caso, espléndido–, sino por el contenido de lo que comunicaba. Comunicaba valores. Comunicaba objetivos. Por eso los jóvenes respondían a mi pregunta: «Él tiene razón». No se da la razón a una voz agradable ni a una magnífica forma expresiva. Se da la razón a quien dice la verdad. A quien afirma algo verdadero.





La raíz de aquella magnífica aceptación de las enseñanzas de Juan Pablo II por los jóvenes era que sabía hacer simpática la virtud. La hacía viva, apasionante, atractiva. Más todavía: necesaria. No se trataba nunca de declaraciones de principios, de fórmulas, de propuestas abstractas.



Cuando hablaba a los jóvenes daba un motivo para buscar la verdad y la bondad: el apasionante argumento de la vida verdaderamente humana. Y lo hacía mostrando la belleza de los valores, la atracción universal del bien. En sus diálogos con los jóvenes, el tema de fondo era siempre el de la verdad. La verdad de las cosas. La verdad que –a diferencia de la mentira– puede estar o no estar presente en la propia existencia.



Sabía poner frente a frente, en dos pinceladas, la endeblez de los sofismas engañosos y la solidez de las cosas verdaderas. Presentaba siempre juntos lo bello, lo bueno y lo verdadero, en una propuesta que podía llenar e incluso hacer desbordar la propia biografía. No solo explicaba lo que es la bondad, sino que enseñaba a ser bueno.



Los jóvenes se han preguntado siempre si es posible la relación con Dios. Juan Pablo II hacía ver que Dios no es un código de normas ni una creencia, sino una persona en la que creer, en la que esperar y con la que vivir un amor intenso, fiel y recíproco durante toda la vida.



A Dios se le puede entregar una vida entera. A un código moral, ni siquiera un día. El estilo extraordinariamente concreto de Juan Pablo II –que formaba parte de su modo de ser, directo e inmediato– se correspondía perfectamente con la esencia de su religiosidad cristiana, de su santidad de vida.



Ante los jóvenes, la coherencia entre lo propuesto y lo vivido adquiría una fuerza arrolladora. Los jóvenes veían que su modo de hablar de Dios brotaba de una experiencia personal, madurada a lo largo de toda una vida.



Juan Pablo II no recitaba páginas de un libro escrito por otra persona. Sus palabras tenían toda la sangre y toda la carne de un Papa que hablaba de Dios porque lo conocía y lo amaba. Los muchachos que le escuchaban captaban la verdad, la veracidad de su mensaje incluso cuando el tema era arduo, difícil de digerir o difícil de aplicar a la propia vida. Por eso, los jóvenes de Denver, de Dakar, de Santiago de Compostela, de Czestochowa decían convencidos: «Tiene razón…». Las diferencias geográficas eran irrelevantes. El diálogo del Papa con los jóvenes era siempre el mismo y siempre nuevo, permanentemente vivo e incisivo.



De ese modo, aquella juventud que llevaba como marca de nuestra época –quizá de todas las épocas– la rebelión, el rechazo automático del legado que ofrecen los padres y maestros, se rendía voluntariamente a un nuevo rostro de Dios: un Dios no amenazador sino Padre, cuyos rasgos descubrían en las palabras del Papa. Un Dios que –¡por fin!– iluminaba la propia existencia de tal modo que poniéndose ante él se podía decir con serenidad y sinceridad «… y yo soy un desastre».



Un abrazo en silencio

Los jóvenes hablaban con el Papa sin ningún pudor. Sabían que podían confiar en él. Recuerdo todavía el dramático testimonio de una muchacha de 14 años en Kampala. Había sido violada una noche cuando regresaba a la modesta cabaña de su familia en los arrabales de la ciudad. Poco después, como consecuencia de aquel brutal asalto, resultaba seropositiva.



Decía que no iba a vivir mucho tiempo. El Papa la llamó y la abrazó. Fue una de las pocas veces que su respuesta no fue captada por el micrófono, que él mismo había apartado. En aquel silencio, millares de jóvenes participaban, con la emoción y la plegaria, en el diálogo íntimo entre la joven y el Papa. Todos participaban en aquel abrazo que, en cierto modo, era un abrazo a cada uno. O, mejor dicho, un abrazo a las heridas que cada uno podía llevar consigo.



Estaba convencido entonces, y sigo estándolo hoy, de que el motivo de la extraordinaria relación de los jóvenes con Juan Pablo II es que veían en él la unidad, la coherencia, entre su mensaje fuerte y su propia vida personal.



Veían la autenticidad de su convicción. La evidencia de una dedicación total a lo que creía en su intimidad y que, por tanto, enseñaba después con palabras y gestos. Por eso convencía a los jóvenes. Porque veían en él el mejor testimonio vivo de lo que les decía.



Joaquín Navarro Valls

www.abc.es


“El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a donde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede suceder esto?” Le contestó Jesús: “¿Tú eres maestro en Israel , y no sabes esto?” Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

(Jn 3,7-15)


Sigue el diálogo de Jesús con Nicodemo.

El pobre sigue desconcertado, porque Jesús no habla de normas ni teorías.

Jesús habla de una vida nueva nacida del Espíritu.


El Espíritu no está condicionado por la Ley.

El Espíritu es como el viento.

Libre como el viento.

El Espíritu no depende de nosotros.

Como tampoco el viento que no sabemos de donde viene y ni a donde va.

El Espíritu actúa por sí mismo.

Tienen vida por sí mismo.

Nos hace libres por sí mismo.

Nos hace nuevos por sí mismo.


La ley nos marca el camino.

La ley nos obliga y condiciona nuestro obrar.

La ley nos esclaviza a ella misma.


En tanto que:

El Espíritu nos hace nuevos por dentro.

No hace libres interiormente.

Nos hace libres como el viento.

Nos hace vivir una libertad nueva.

Nos hace vivir una experiencia nueva.

Nos regala gratuitamente la fe.

Nos hace que podamos vivir como el mismo Jesús bajado del cielo.

No como viven los hombres que son de la tierra.


La libertad no es algo externo.

La libertad es algo interno.

La libertad no es algo que nos da la ley.

La libertad de Jesús es la libertad don del Espíritu.

La libertad del Espíritu está por encima de todas las imposiciones de ley.


Hoy se habla mucho de ser libres.

La libertad es un don, regalo creacional de Dios y regalo como don del Espíritu.

Pero la gente cree que es libre porque es capaz de desobedecer a los demás.

Libre porque podemos decir no a los padres.

Libre porque podemos decir no a la autoridad.

Libre porque podemos decir no a la misma Iglesia.


Ser libre es todo un compromiso.

Es vivir a impulsos del Espíritu.

Es vivir la libertad interior del corazón.

Es vivir en obediencia al Espíritu.

Es vivir en obediencia a nuestro Bautismo.

Es vivir en la verdad.


Ser libre es ser más que el capricho de nuestros instintos.

Por eso el Espíritu que hace nacer de nuevo se expresa en el “Hijo del hombre que tiene que ser elevado, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”

La Cruz pareciera el símbolo de la esclavitud.

Cuando en realidad es el símbolo de la libertad en el Espíritu.

Porque es la capacidad de ser capaz de dar la vida movido por el Espíritu.

Estar dispuestos a subir a la Cruz puede ser la mayor expresión de libertad.

Jesús crucificado es más libre que todos cuantos le condenaron, que vivían esclavos de la Ley.


¿Te sientes libre?

¿Cuáles son tus signos de libertad?

¿Vas a Misa por obligación o con la libertad de tu espíritu?

¿Vives tu matrimonio por obligación y en la libertad del amor?

¿Vivo mi sacerdocio por la obligación de mi ordenación o porque el Espíritu de mueve interiormente?

¿Vivo mi consagración religiosa por la obligación de unas Reglas o porque el Espíritu me sopla interiormente?


Clemente Sobrado C. P.




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