febrero 2014

Durante la época imperial, surgieron en las colinas de los alrededores de Roma numerosas villas de recreo, en los que las familias nobles poseían edificios, viñas, jardines y bosques adornados con fuentes, ninfeos, teatros... Esta costumbre resurgió durante el Renacimiento y todas las grandes familias de la época tuvieron sus grandes villas. Varias de las cuales han llegado hasta nosotros transformadas en parques públicos con interesantes museos y edificios en su interior. Entre ellas destaca la Villa Borghese, que se encuentra junto al convento en el que yo habito.













En las 80 hectáreas de Villa Borghese hay lagos, jardines a la italiana y a la inglesa, bosques, zoológico, museos, fuentes, antiguos templos (griego, romano, egipcio...), cafeterías y hasta una iglesia. Aquí para profundizar en el tema.


Como está al lado de mi casa, de vez en cuando me doy algún paseo por ella. El video (aunque no es de este año) muestra lo hermosa que se ve en estos días de primavera.



La Junta de Andalucía quiere apoderarse de una catedral de un obispo. Amablemente, nos dejarán a los católicos celebrar misas en ella. Eso sí, con el tiempo nos pondrán horarios y limitaciones. Unos años después, tendremos que aguantar como en la nave central puedan celebrar un acto político o un bautizo laico. Realmente, ni Hitler se atrevió a tanto en materia de lugares sagrados.


Lo triste es que el principal periódico de la nación, lejos de poner el grito en el cielo, se ha limitado a decir, más o menos, que ya era hora de que comenzaran a limitar tantas libertades a la Iglesia Católica.


Personalmente, todo esto me lo tomo con la mayor flema británica. Dada su desverguenza, lo que me extraña es que todavía no nos hayan quitado todas las catedrales. Dadles tiempo. Están comenzando a descubrir que pueden hacer leyes. Están comenzando a comprobar (todavía con miedo) que los tribunales, al final, obedecen a los políticos y sus leyes. Dadles tiempo.


Todavía se sienten inseguros. Todavía creen que no pueden. Pero la sociedad está mucho más enferma de lo que creen. Tanto Gran Hermano, tanto Sálvame, tantas Crónicas Marcianas, han hecho que la población sólo busque pan y circo. El camino hacia el bolivarianismo se ha allanado de un modo extraordinario.


Dentro de diez años, veremos un populismo totalitario de corte europeo. Los catilinas están al acecho esperando su momento. Todavía puedo escribir lo que quiero en este blog. Pero ya llegará el día en que, en nombre de la Libertad y la Constitución, tenga que no tocar ciertos temas.




Homilía para el VIII domingo del tiempo ordinario (Ciclo A)


El Señor nos pide atender a lo esencial: el Reino de Dios y su justicia, sin dejar que lo secundario ocupe el lugar de lo principal (cf Mt 6,24-34). Se trata de perfilar convenientemente la orientación fundamental de la propia vida; una orientación que se concretará en cada una de nuestras actuaciones.


Lo esencial es Dios. Él es “mi roca y mi salvación” (Sal 61). Dios es merecedor de una confianza plena, ya que, aunque una madre pueda olvidarse de su criatura, Dios no nos olvida (cf Is 49,14-15). Si Él cuida, con su providencia, de los pájaros, de los lirios del campo y hasta de la hierba, ¿cómo no va a ocuparse de nosotros?


Jesús señala dos síntomas que denotarían una fe débil, una falta de confianza en Dios, un estilo de vida más bien propio de paganos: el excesivo apego al dinero y la exagerada preocupación por los bienes materiales - la comida y el vestido - y por el futuro.


“No se trata de quedarse con los brazos cruzados y de no trabajar más, ni tampoco de llevar ‘una vida inconsciente’” (M.Grilli – C. Langner), pero sí de evitar una obsesión por las cosas perecederas y mundanas. El sentido común nos indica la necesidad de trabajar para hacer frente a nuestras necesidades e, incluso, de prevenir, en la medida en que razonablemente quepa hacerlo, las necesidades futuras.


El dinero en sí mismo no es malo, pero no puede usurpar el lugar reservado a Dios(1). El interrogante que nos plantea el Señor es: ¿Vivo para Dios o para el dinero? La tentación del tener, de la avidez de dinero, insidia el primado de Dios en nuestra vida: “El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no solo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida” (Benedicto XVI).



De modo análogo, la desproporcionada preocupación por la propia seguridad material, presente o futura, arrincona el señorío de Dios. “No estéis agobiados”, nos repite Jesús; “sobre todo, buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”. Nuestra vida y también nuestro futuro están, en última instancia, en manos de Dios.


San Hilario comenta, a propósito de este pasaje evangélico: “Dios nos ha prohibido que nos preocupemos por el futuro. El abandono descansado de la preocupación no es propio de la negligencia, sino de la fe”.


Luchemos contra la negligencia, contra el descuido y la falta de cuidado, pero avancemos por la senda de la fe y de la esperanza, ansiando “con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla” (Catecismo 1843).


Guillermo Juan Morado.


(1) Una cita del Papa Francisco:


“Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo” (Evangelii gaudium , 55).


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Frase enigmática de Jesús que nos trae Marcos en su colección de dichos del Señor del capítulo 9. Concretamente está en el versículo 49 . Es el único de los cuatros Evangelios que la consigna. Las traducciones suelen variar un poco, pero muchas coinciden en la que hemos puesto como título. ¿Qué significa ser salado por el fuego?


fuego


En el versículo anterior Marcos hablaba del gusano y el fuego del infierno (Gehena). En el siguiente se explaya sobre la sal, que es presentada como algo bueno. Pero parece que nuestro versículo no está relacionado ni con el uno ni con el otro… sino que es independiente. ¿Entonces… qué significa?


A la luz del Antiguo Testamento


Los biblistas en general tienden a dar como marco de referencia el capítulo 2 del Levítico. Allí se hacer referencia a cómo deben ser confeccionadas las ofrendas que son presentadas como sacrificio al Señor. Los versículos 8 al 10 hacen referencia al fuego:



“Cuando presentes al Señor una oblación preparada en cualquiera de estas formas, la llevarás al sacerdote, y él la acercará al altar, luego apartará de ella el memorial y lo hará arder sobre al altar: es una ofrenda que se quema con aroma agradable al Señor. El resto de la oblación será para Aarón y sus hijos, como un porción santísima de las ofrendas que se queman para el Señor.”



Luego aclara que ni la miel ni la levadura deben ser quemadas como ofrendas. A continuación, en el versículo 13 se enseña sobre el uso de la sal:



“En cambio, sazonarás con sal todas las oblaciones que ofrezcas. Nunca dejarás que falte a tu oblación la sal de la alianza de tu Dios: sobre todas tus oblaciones deberás ofrecer sal.”



Notemos la expresión: “la sal de tu alianza con Dios”. La sal es un elemento que se utiliza, además de sazonar (dar sabor), para evitar la corrupción de los alimentos. Por esto es símbolo de algo que perdura, de la fidelidad de un pacto. En ese sentido se utiliza en el libro de los Números:



“Yo te doy todas las ofrendas que los israelitas ponen aparte para el Señor. Te las doy a ti, a tus hijos y a tus hijas, como derecho irrevocable. Esta será una alianza de sal -una alianza eterna- para ti y tu descendencia, delante del Señor.” (Num 18,19)



La alianza con el Señor se manifiesta a través de la conducta moral del creyente y de los ritos con los cuales se lo Alaba como el Único Señor, Dios vivo y verdadero. Al utilizarse la sal como elemento para el sacrificio ritual judío se significa algo propio y valioso que el hombre ofrenda a Yaveh.


La sal unida al único y verdadero Sacrificio.


Los ritos del Antiguo Testamento llegaron a su plenitud con el único y gran sacrificio agradable al Padre: la del Hijo que se entrega en la cruz. Un sacrificio al cual nosotros, con nuestra vida cotidiana, nos podemos unir. Así nos lo enseña el Catecismo :



“Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión: “Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa compañía, es decir, relacionada con el fin del bien, merced al cual podemos ser verdaderamente felices” (San Agustín).


El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito…” (Sal 51, 19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5, 21-25) o sin relación con el amor al prójimo (cf Is 1, 10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mt 9, 13; 12, 7; cf Os 6, 6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9, 13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.” (CIC 2099/20100)



Así que aquí la sal de la cual nos habla Jesús es nuestra vida unida a la suya. Y, en este sentido, lo podemos comprender a la luz de lo que nos enseña en el Evangelio de Mateo: “Ustedes son la sal de la tierra.” (5, 13). Y por eso aclara el versículo siguiente de Marcos: “La sal es una cosa excelente, pero si se vuelve insípida, ¿con qué la volverán a salar? Que haya sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros” (9,50).


Y el fuego… ¿cómo sala?


En el Antiguo Testamento el fuego consumía las ofrendas del sacrificio. Jesús, por su parte nos habla de otro fuego “misterioso”: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49). El mismo Lucas que nos cuenta de estas palabras de Jesús, también nos hace referencia a la identidad de este fuego en su libro sobre los Hechos de los Apóstoles:



“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.” (Hch 2,1-4)



Así el fuego con el cual son saladas nuestras obras es la Persona misma del Espíritu Santo que nos habita y vivifica interiormente. El Catecismo nos lo explica muy bien al enseñarnos sobre el mérito que pueden tener nuestras obras. Les cito solamente dos números (el texto completo aquí ):



“El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente. Por otra parte, el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.


La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos” de Cristo y dignos de obtener la herencia prometida de la vida eterna. Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina. “La gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido [...] Los méritos son dones de Dios” (San Agustín).” (CIC 2008/9)



¿Se comprende qué quiere decir que somos salados por el fuego? ¿Están de acuerdo o la interpretación que les he dado está errada? Escucho todos los comentarios que quieran dejar.


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Me aseguran que hay globeros que todavía no saben lo que es "Saxum". Cuesta creerlo, pero, por si acaso, os dejo este vídeo explicativo y una consideración: un proyecto tan ambicioso necesita muchos medios para salir adelante. Saxum será pronto una realidad y, como ya ha ocurrido con otras locuras de San Josemaría Escrivá, nacerá gracias a la oración y a las aportaciones económicas de muchos miles de personas de todo el mundo. También las nuestras.




De acuerdo: estamos en crisis. Precisamente por eso el Señor recompensará con creces el esfuerzo de todos. Y, ahora que lo pienso, ¿por qué no organizamos un viaje a Tierra Santa todos los que convivimos en este globo?




Me dicen desde Jerusalén que nos están esperando ya.




Si te encuentras ante -- ¡imaginemos! -- ante un ateo y éste te dice que

no cree en Dios, tu puedes leerle una biblioteca entera, donde está

escrito que Dios existe y también probar que Dios existe, y el ateo no

tendrá fe. Pero si delante de este ateo das testimonio de coherencia de

vida cristiana, algo comenzará a moverse en su corazón. Será

precisamente tu testimonio lo que lo llevará a esa inquietud sobre la

que el Espíritu Santo obra. Es una gracia que todos nosotros, toda la

Iglesia debe pedir: 'Señor, que seamos coherentes'". "Todos somos

pecadores, todos, pero todos tenemos la capacidad de pedir perdón. ¡Y Él

jamás se cansa de perdonar! Tener la humildad de pedir perdón: 'Señor,

no he sido cohere ...


Una novedad en la historia



La triste novedad de aquella guerra fue que, por primera vez en la historia, el asesinato se organizó como una industria de producción en serie. La historia no había conocido nada semejante.



Quizá solo quienes estuvieron en Mauthausen, en Auschwitz, en Maidanek, o en cualquier otro campo de exterminio de la Segunda Guerra Mundial, pueden hacerse una verdadera idea de lo que fue aquello. Hasta las descripciones más realistas que se han hecho sobre los lager probablemente palidecerían ante la realidad de aquel horror.






Afirma Claudio Magris que los testimonios más expresivos de esa realidad no son los de las víctimas, sino los de los verdugos. Quizá por eso, el testimonio más revelador de lo que ocurrió entre aquellos barracones y las cámaras de gas, lo escribió el propio Rudolf Höss en las semanas que transcurrieron entre su condena y su muerte. Su autobiografía, titulada “Comandante en Auschwitz”, relata fríamente una serie interminable de atrocidades que sobrepasa cualquier medida humana. Höss cuenta de forma imperturbable todo lo que ocurre, la ignominia y la vileza, los episodios de ruindad y de heroísmo entre las víctimas, las dimensiones monstruosas de aquella terrible masacre.



—¿Y cómo pudo llegarse a una aberración semejante?

Es difícil responder. Lo sorprendente es que el nacionalsocialismo hitleriano detentaba el poder con un gran respaldo de la población, que votó masivamente a un partido totalitario que les presentaba una visión del mundo que entonces consideraron plenamente satisfactoria.



Hitler dominaba las técnicas de comunicación de masas. Supo manejarlas, crear un estado de opinión, alcanzar el poder y convertir luego el Estado en una mortífera organización criminal. Ni él ni los mandos de su partido disimulaban su radical y violento antisemitismo. Proclamaron sus consignas de sangre y de raza, de las cuales se derivaba el derecho a tratar a otros pueblos como inferiores. De los 9.600.000 judíos que vivían en Europa durante la dominación nazi, se calcula que más de 5.700.000 fueron expulsados de sus casas, tratados como cabezas de ganado y exterminados con una crueldad inhumana.



Atropellos desde la mayoría



Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la opinión pública llegó a conocer en toda su dimensión los horrores del Tercer Reich, se planteó una cuestión crucial. Muchos habían defendido hasta entonces que la opinión de la mayoría social marcaba lo que era justo o injusto. Pero Hitler había actuado con el respaldo de la mayoría parlamentaria, y también tuvo un gran apoyo de la opinión pública de su país. Es verdad que durante la guerra nunca se propuso públicamente el exterminio masivo, pero sí había una amplia aprobación popular acerca del despojo y la expulsión de los judíos.



Había sido legal. Y en gran parte, también socialmente aceptado. Pero no por eso dejaba de ser un crimen patente y horrible. Nadie había imaginado que se podía llegar a semejante desprecio por el hombre y por sus derechos, a una infamia que reunió una cantidad de odio sin precedentes, que pisoteó al hombre y a todo lo humano con una fuerza hasta entonces desconocida.



Aquellos dirigentes nazis fueron condenados como autores de crímenes contra la humanidad, porque se consideró evidente que existe una ley moral universal a la que todos los hombres estamos sujetos, independientemente de lo que digan las leyes de ese Estado, o de lo que apruebe o desapruebe la opinión pública.



Hubo juristas coherentes con el relativismo moral que siempre habían postulado, y que argumentaron que no se podía condenar a esos generales nazis, ya que no habían transgredido las leyes entonces vigentes en su país. Pero aquella protesta fue tan solo una prueba más de la precariedad de esa forma de pensar. Porque si un acto tuviera que ser bueno simplemente por estar ordenado o permitido por una ley, entonces no se podría acusar de injusto a ningún régimen político que viole los derechos humanos.



Ningún porcentaje de apoyo social puede hacer bueno lo que de por sí es perverso. Los votos que llevaron o mantuvieron a Hitler al poder no hicieron aceptable su racismo ni sus criminales designios. Hay cosas que están mal aunque las permita o fomente el poder legítimamente establecido.



Cuando el relativismo moral se impone, la dignidad humana corre un grave peligro. Los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo. El régimen nazi es una prueba de que esas ideas no son un mero entretenimiento de intelectuales, sino que tienen consecuencias importantes.



Auschwitz reveló, entre otras cosas, la profunda depravación en la que podía sumergirse el hombre al olvidar a Dios. Muchos años antes, ciertos sectores de la cultura europea habían intentado borrar a Dios del horizonte humano, y una de sus consecuencias había sido la aparición del paganismo nazi y el dogmatismo marxista, dos ideologías totalitarias que Hitler y Stalin pretendieron convertir en religiones sustitutivas. Así fue como el desprecio a Dios llevó al desprecio a la humanidad y a la vida de las personas. El resultado fue un abismo de inmoralidad que la historia jamás podrá olvidar.



La ley del más fuerte



Si treinta sádicos –sugiere Peter Kreeft– acordasen torturar a una persona, ¿podría el número hacer que la acción fuese correcta? ¿Y si fuera la sociedad entera quien lo aprobara?



Si la tortura es mala, no es porque la sociedad lo diga, sino porque lo es en sí misma.



Un linchamiento suele estar “consensuado” por la masa popular, que aplica justicia –y rápidamente– conforme a un veredicto dictado también por abrumadora mayoría. Sin embargo, aunque cumpla los postulados de la moral relativista, no resulta aceptable.



Si en 1939 se hubiera hecho en Alemania una encuesta sobre si es lícito exterminar a los adultos mal constituidos, es probable que hubiera contado con una aprobación general. Sin embargo, la opinión mayoritaria no convertiría en morales esos actos.



En bastantes países islámicos se niega la posibilidad de cambiar de la fe musulmana a otra religión. Es una prohibición legal, y aceptada por la opinión pública, pero atenta contra la libertad religiosa, que es un derecho humano previo a todo eso.



El hecho de que algo esté aceptado por una mayoría social no es garantía moral segura. Es solo un indicador del nivel de reconocimiento de la verdad que hay en esa sociedad. La historia de los progresos humanos –y no solo en los progresos éticos, sino también en los científicos– muestra que la comprensión de la verdad suele ser, en los comienzos, minoritaria. Piénsese, por ejemplo, en los primeros movimientos en contra de la esclavitud o la discriminación racial, que nacieron con una reducida aceptación social.



—Sin embargo, el Estado puede y debe elaborar leyes y reglas, y luego cambiarlas cuando sea preciso. Y hoy se dice a los automovilistas que circulen por la derecha, pero mañana se les puede decir que circulen por la izquierda. Y no parece que haya nada malo en eso.

Efectivamente, hay leyes y normas que no tienen una calificación moral directa, y el Estado puede decidir sobre ellas en uno u otro sentido. Sin embargo, hay otras cosas que son buenas o malas en sí mismas, independientemente de que el Estado las imponga o no, o que le gusten más o menos a los ciudadanos. Los hombres no pueden inventar las reglas de la moral: solo pueden procurar descubrirlas (algo parecido a lo que sucede, por ejemplo, con las reglas de la salud corporal).



El buen legislador es el que legisla buscando verdades que conducen a la justicia, no el que pretende decidir arbitrariamente lo que es justo o injusto (igual que el buen médico es el que descubre verdades relacionadas con la salud, no el que decide arbitrariamente qué es estar sano o enfermo).



Al recordar el genocidio nazi hemos visto cómo una mayoría que no reconoce más límites que ella misma, incurre fácilmente en la tentación de arrollar los derechos básicos de las minorías. Y esas minorías pueden ser minorías étnicas (racismo), no nacidos (aborto), ancianos enfermos o deficientes mentales (eutanasia), o cualquier colectivo que no pueda defenderse de la mayoría que ostenta el poder. Una actitud de ese tipo lleva al dominio tiránico del grupo más fuerte en cada momento. Como en la selva, se impone la ley del más fuerte (que en este caso es la inapelable mayoría).



No se puede forzar a la verdad a estar en relación directa con el número de personas a las que persuade. La ética natural, y con ella la dignidad de la persona, debe respetarse como algo que está por encima de la decisión de cualquier colectivo humano. No es el Estado quien otorga a los hombres sus derechos fundamentales: esos derechos no son otorgados, sino reconocidos y protegidos por el Estado, puesto que son derechos inherentes a la dignidad humana. El Estado no concede el derecho a la vida ni a la propia dignidad: ha de limitarse a reconocer y defender esos derechos.



El encuentro más liberador



El encuentro con la verdad exige conformar la propia vida con esa verdad, y en ese sentido puede decirse que la verdad se nos impone. Pero el encuentro con la verdad es lo más liberador que puede haber en la vida de una persona.



Por el contrario, quien pretende “liberarse de la verdad”, no se libera, sino que cae en el autoengaño. Y un engaño, aunque lo cause uno mismo, no puede liberar de nada. Liberarse de la verdad atenta además contra los mismos fundamentos de la democracia, pues la verdadera democracia se apoya en el respeto a una gran verdad: la dignidad humana, que debe considerarse como algo innegociable.



Es necesario establecer normas por consenso si se quiere que haya democracia. Y ese consenso puede ser la vía más adecuada para acercarse a la verdad. Pero –como ha explicado Andrés Ollero– ha de asumirse con realismo que, pese a nuestros buenos deseos, podemos equivocarnos al intentar captarla. Y solo si ese consenso coincide con la verdad puede convertirse en instancia ética. No es el consenso quien nos dice lo que es éticamente adecuado, sino la ética la que nos exhorta a consensuar sus exigencias.



Alfonso Aguiló, Es razonable creer, ed. Palabra

(Cfr. www.criteriaclub.es)



la quinta carta


Ficha técnica





  • ISBN: 9788490506370

  • Autor: Jesús Javier Corpas

  • Editorial: Circulo Rojo

  • Número Páginas: 258

  • Año: 2013

  • Edición: 1º

  • Temática: historia

  • Encuadernación: Rústica

  • Alto: 21 cm

  • Ancho: 15 cm





la quinta carta




de Jesús Javier Corpas




"Con pluma empapada en los tinteros de los excelsos escritores de aquel tiempo, Jesús Javier Corpas nos lleva de la mano de don Juan de Mauleón, hidalgo de la muy noble villa de Arróniz, al que acompaña su fiel criado Ginés, por los laberintos de una intriga que tiene su origen en el convento clariso de Estella, y nos adentra por las eróticas hogueras de la secta de los "alumbrados"...





Precio: 19,50 €












  • Recomendación de Criteria





"Con pluma empapada en los tinteros de los excelsos escritores de aquel tiempo, Jesús Javier Corpas nos lleva de la mano de don Juan de Mauleón, hidalgo de la muy noble villa de Arróniz, al que acompaña su fiel criado Ginés, por los laberintos de una intriga que tiene su origen en el convento clariso de Estella, y nos adentra por las eróticas hogueras de la secta de los "alumbrados", las selvas del África profunda, un océano Atlántico que nos mira inquietantemente desde su ojo más líquido para dejarnos, expectantes y asombrados, en la América hispana de la época.""Y todo ello, con un fondo de luz velazqueña, de figuras iluminadas por el místico resplandor de los cuadros de Zurbarán...."

"La pareja protagonista, don Juan y Ginés (fray Guillermo de Barkerville y Adso de Melk de aquel Viejo Reyno de la decimosexta centuria), se convierten en nuestros guías cervantinos por un mundo donde fulgen, con esplendor de gemas, la precisa descripción de los matices del acero y la forma de las espadas de caballeros y rufianes, los aprestos de las telas y terciopelos que visten las damas, los pelajes, capas, ropa o manto de los caballos y la exactitud con que se manejan los datos y los acontecimientos históricos."

"El fino humor, la ironía más tierna y menos hiriente, los guiños al lector en las figuras de personajes que, siendo del presente, encajan a la perfección en el paisaje de la España del Siglo de Oro.""Toda la anterior tabla de aciertos ayuda a tejer una narrativa luminosa y vívida, vivida desde un viaje a la Historia patria de aquel tiempo que el autor conoce con mimo de enamorado."

Ángel de Miguel Martínez.

La obra incluye treinta preciosas ilustraciones a color, realizadas en la decimoséptima centuria y, por tanto, casi contemporáneas a los hechos.





Sobre el autor



Jesús Javier Corpas




En 2011 comenzó a publicar en las revistas Medioevo, Española de Historia Militar y Calle Mayor. En 2012, amén de continuar colaborando con ellas, escribió el libro GUERREROS, HISTORIAS DE MIL AÑOS que alcanzó tres ediciones. En 2013 se incorpora al equipo de Serga, revista de historia del siglo XX, y es nombrado miembro del Consejo Científico de la revista Razón Histórica donde, además de redactar sus trabajos, coordina la obra GUERREROS Y BATALLAS. Este mismo año se editan sus libros LOS ESPARTANOS AUSTRALES, POR MONTES Y VALLES y LA QUINTA CARTA, y recibe por el conjunto de sus obras la Encomienda de Caballero de Santiago-Marqués de las Amarillas, entre otras distinciones.



“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” El les replicó: “¿Qué os mandó Moisés?” “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”. Jesús le dijo: “Moisés dejó este precepto por lo tercos que son ustedes”. Al principio de la creación, Dios “los creo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá su mujer, y serán los dos una sola carne”. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. (Mc 10,1-12)



Flickr: Buen Viajero



Resulta llamativo el hecho del interés que tenemos para casarnos.

Y resulta llamativo el hecho de que luego tengamos tanto interés en divorciarnos.

Todos tratamos de ver el divorcio:

Como una solución a nuestros problemas.

¿Será el divorcio una solución o un problema más de nuestra convivencia conyugal?

¿Será el divorcio una solución a los problemas normales que surgen en la pareja, o más bien a los problemas de infidelidad que creamos fuera del hogar?

¿Será el divorcio una manera de sanar nuestras heridas de pareja, o más bien una manera de ahondar más las heridas?

¿Será el divorcio el camino de buscar respuestas, o de evitar preguntas y decidir por nuestra cuenta?


El divorcio es:

Una falta de seriedad a la palabra comprometida.

Una falta de seriedad a la palabra dada.

Una falta de seriedad a quien nos entregó su vida para siempre.

Una falta de seriedad a quien se jugó su vida, confiando en nosotros.

Una falta de seriedad a Dios a quien hemos puesto por testigo.

Una falta de seriedad a la comunidad a la que hemos invitado como testigo.


Llegamos a pensar en el divorcio:

Cuando no hemos vivido lo prometido.

Cuando no hemos tomado en serio a la otra persona.

Cuando nos hemos vivida mirando hacia dentro sino hacia fuera.

Decir que no nos entendemos es decir que no nos amamos.

Decir que somos distintos, es ignorar que también lo éramos de enamorados.

Decir que somos incompatibles es decir que ya tenemos un pie ya fuera de casa.


El divorcio es olvidar que el matrimonio no lo hemos inventado nosotros sino Dios.

El divorcio es olvidar que quien nos unió como pareja fue el Señor con el sacramento.

El divorcio es olvidar que quien nos unió fue el Señor y la Iglesia.


Hay cosas que la ley de los hombres puede regular.

Pero hay cosas que no dependen de la ley.

“Lo que Dios unió que no lo separe el hombre”.

Moisés permitió la separación mediante el acta de repudio.

Pero no siendo fiel a los planes de Dios sino fruto de la “terquedad nuestra”.

Hacemos campañas.

Hacemos encuestas.

Y presionamos para que nos legalicen la separación.

La mayoría de las leyes permisivas del divorcio se deben a nuestras presiones.

Al miedo a perder votos en las elecciones.

Al precio de unos votos en las elecciones.


Por eso la ley nos eximirá de cualquier pena.

Pero la ley no suele ser principio de moralidad.

La ley no es principio de estabilidad matrimonial.

¿No sería preferible consultar la voluntad de los hijos que contratar a un abogado?

No todo lo legal es moral.

No todo lo legal responde a la verdad.

No todo lo legal responde a los planes de Dios.

No todo lo legal responde a la naturaleza de la persona humana.


Clemente Sobrado C. P.




Archivado en: Ciclo A, Tiempo ordinario Tagged: boda, compromiso, crisis, divorcio, matrimonio, pareja

A Dios le encanta la unidad.

Le encanta que seamos distintos.

Pero que vivamos unidos.

Unidos cada uno consigo mismo.

Unidos con los demás.

Unidos con él.


Pero nuestras luchas y tentaciones:

Están en vivir divididos con Dios.

Una división que nace en nuestro corazón.

No culpemos de todo al diablo.

La tentación la llevamos dentro de cada uno.

Decimos que creemos en El, pero a la hora la verdad parecemos más amigos de otras cosas.

No es fácil servir al dinero y luego querer servir a Dios.

El dinero es necesario para vivir.

El dinero es bueno cuando lo sabemos utilizar.

El dinero es bueno cuando no ha comprado nuestro corazón.

Jesús hablar de “servir”.

Cuando servimos al dinero y no es el dinero el que no sirve.

Cuando servimos al dinero nos olvidamos de Dios y de los hombres.

Y el dinero esclaviza.

Porque vivimos para tener más.

Y no tenemos más para vivir mejor y con más libertad.


Dios quiere hombres y mujeres libres.

Dios no quiere esclavos.

Por eso servir a Dios es vivir en la libertad.

Pero cuando servimos a las cosas vivimos esclavos.



Flickr: elycefeliz



Para ganar unos dinerillos más, nos metemos horas extras.

Para estar un rato con Dios no tenemos tiempo.

Para ganar más no nos importan las horas de trabajo.

Pero cuando queremos estar con Dios el tiempo se nos hace eterno.

Para trabajar buscamos tiempo a como dé lugar.

Para estar con Dios la pereza nos gana.

Podemos dejar la misa por el trabajo.

Pero no podemos dejar el trabajo por la misa.

Podemos trabajar horas extras para ganar más.

Pero no podemos dedicar un poco de tiempo libre para estar con El.

¿Es esto vivir en libertad?


Dios no quiere competencia con nada.

Dios sí tiene tiempo para nosotros.

Pero nosotros no lo tenemos para él.

Cuantas cosas le ganan la batalla a Dios.

Tenemos tiempo para divertirnos.

Tenemos tiempo para leer el periódico.

Tenemos tiempo para ver TV.

Tenemos tiempo para los amigos.


¿Cómo sería nuestra vida si tuviésemos tanto tiempo para Dios?

¿Cómo sería nuestra vida si le dedicásemos aunque sea menos tiempo a Dios?

Son muchos los que se preguntan:

¿Qué pintan las Monjas de clausura sin hacer nada?

¿Y quién te ha dicho que no hacen nada?

¿Hablarle a Dios de ti para que te ayude, es no hacer nada?


Jesús fue muy claro:

“No se puede servir a dos Señores”.

Y menos todavía “no se puede ser a Dios y a dinero”.

¿Por qué dice dinero?

Porque sabe que el dinero tiene un imán capaz de apresarnos y privarnos de la libertad y del tiempo que debiéramos dedicar a Dios y a los hermanos.

Nos divide interiormente y Dios quiere la unidad de nuestro corazón.

Es que el dinero más que en la billetera lo llevamos en el corazón.

No voy a negar que también yo tengo el corazón dividido.

Y dinero no es solo la moneda o el billete.

Dinero pueden ser nuestros instintos, nuestras pasiones.

¡Vaya si nos dividen!

Haría una apuesta: ¿cuántos dedican a Dios el tiempo que dedican a bajar ciertos programas, que ustedes saben, del Internet?

Y luego decimos que no tenemos tiempo.


Clemente Sobrado C. P.




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“Le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.

Jesús viendo esto, se enojó y les dijo: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan; porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Y tomó en sus brazos a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos”. (Mc 10,13-16)


Se ha dicho que los Evangelios apenas habla de Jesús “niño”.

A lo más el nacimiento y la escena de los doce años.

Y tampoco de Jesús joven, como si solo fuese modelo para los adultos.

Y sin embargo, la referencia de Jesús a los niños es frecuente.

Y la relación con los niños es siempre tierna.


El niño no tenía personalidad en aquel entonces.

El niño era signo de lo que no vale.

El niño era signo de lo débil.


Y sin embargo, la gente le trae a sus niños:

Para que los toque.

Para que los bendiga.


Los discípulos no piensan así.

Más bien les molesta que los niños se acerquen a Jesús.

Y les “regañan” como quien dice “saquen de ahí ese estorbo.

Jesús no tiene tiempo para perder con ellos.

Pero Jesús “se enojó” con sus discípulos.

Aún no han aprendido de que Jesús tiene sus preferencias con los pobres y con los débiles.


Y hasta los propone como modelo para entrar en el reino de Dios.

Precisamente porque al reino se entra por la pobreza y por la debilidad.

Porque al reino solo se entra con un corazón de niño:

Un corazón sencillo.

Un corazón limpio.

Un corazón sin prejuicios.

Un corazón siempre abierto a la novedad.



También hoy se vive una cultura “anti-niño”:

Basta ver las campañas contra la natalidad.

Basta ver cómo en ciertas naciones se los elimina.

Se le ve más como una carga que como un regalo.

¿Sabemos las estadísticas de los abortos diarios?

Y sin embargo:

El niño nos habla de primavera.

El niño nos habla de futuro.

El niño nos habla de alegría.

Una casa sin niños es como un nido si pajaritos.

Una casa sin niños es como un jardín sin flores.


Y sin embargo, los niños son los preferidos por Dios.

Hasta el mismo Dios se hizo niño como cualquier niño.

Y hasta Jesús nos propone al niño como modelo para ingresar al reino de Dios.


Les llevaban los niños para que les impusiera las manos.

¿Llevamos nosotros hoy a nuestros niños a Jesús?

¿Les hablamos de Jesús en casa?

¿Les enseñamos a hablar con Jesús en casa?

Los bautizamos, pero ¿qué significa luego ese bautismo en nuestro trabajo de crecimiento de nuestros niños?

Les preparamos para la Primera Comunión, mejor dicho:

¿les preparamos nosotros?

¿no será que más bien los entregamos al Colegio para que los prepare?

¿Los llevamos luego a la Misa para que sigan comulgando y mantengan viva la relación con Jesús?


Dios nos ha regalado los niños.

Pero luego nos ha encomendado la misión de encaminarlos a El.

¿Nuestras familias son hoy ambientes propicios para que los niños se acerquen a Jesús?

Los niños son nuestros, pero a medias.

Los niños tienen también otro Padre que es Dios.

Los niños tiene otra Madre que es la Iglesia.


No seamos como los discípulos que quieren alejarlos de Jesús.

Porque nos encontraremos con el enfado de Jesús que disfruta tomándolos en sus brazos.


Clemente Sobrado C. P.




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"El que crea y se bautice se salvará. El que se resista a creer se condenará" (Mc. 16, 16)

Autor: . | Fuente: www.homilia.org



En principio hay que decir que el Bautismo sí es necesario para la salvación eterna, pues el mismo Jesucristo así lo afirmó: "En verdad te digo, quien no renace del agua y del Espíritu no puede tener vida eterna" (Jn.3, 5). Por eso ordenó a sus discípulos a anunciar el Evangelio a todas las naciones y a bautizarlos a todos (cf. Mt. 28, 19-20).



El Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en las palabras de Cristo: "El que crea y se bautice se salvará. El que se resista a creer se condenará" (Mc. 16, 16), nos dice que el Bautismo es necesario para la salvación en aquellas personas a quienes les ha sido anunciado el Evangelio y han tenido la posibilidad de recibir este Sacramento. (cf. CIC #1257)



Sin embargo, también dice el Catecismo lo siguiente: "Dios ha vinculado la salvación al Sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los Sacramentos" (CIC #1257). ¿Qué significa esto? Que también puede haber salvación sin haber recibido el Bautismo. ¿Cómo? De muchas maneras ... algunas desconocidas para nosotros.



Una es el "Bautismo de sangre", caso poco frecuente, pero posible, el cual consiste en que un no-bautizado muera por razón de la fe. Su martirio es su Bautismo, por su muerte con Cristo y por Cristo.


Otro caso es el "Bautismo de deseo", por el cual una persona en forma conciente o, inclusive subconcientemente, puede desear el Bautismo.



Vemos entonces cómo, a pesar de ser el Bautismo una norma, el agua bautismal no es de necesidad absoluta, pues hay excepciones.



Otra excepción la enuncia así el Catecismo: "Toda persona que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y busca hacer la voluntad de Dios según esa persona la conoce, puede ser salvada. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad" (CIC #1260). Es así como, Cristo, que desea que todos los seres humanos nos salvemos, actúa de manera misteriosa y desconocida para nosotros, para hacer llegar la salvación a todos aquéllos que buscan a Dios con una actitud sincera.



Nótese que esta opción salvífica excepcional se refiere a personas que son ignorantes de Cristo, de su Evangelio y de su Iglesia, sin culpa alguna de parte de ellas. No significa que se salvarían aquéllos que, conociendo el mensaje de Cristo, su Evangelio y su Iglesia, decidieran no bautizarse, pues recordemos lo que nos dice Jesús: "El que se resista a creer se condenará" (Mc. 16, 16).



Para que quede esto claro, he aquí otra cita del Catecismo: "todas las personas que bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, se salvan aunque no hayan recibido el Bautismo"(CIC #1281).



La salvación de los niños muertos sin haber recibido el Bautismo, incluyendo los muertos antes de nacer, también entra dentro de esta consideración de que Dios desea que todos los seres humanos se salven (cf. 1 Tim. 2, 4) "y la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos" (CIC #1261). Pero, de ninguna manera esto significa que debe descuidarse o retrasarse innecesaria o indefinidamente el Bautismo de los niños, pues al hacerlo se le priva de gracias inmensas y necesarísimas para su salvación. (cf. CIC #1261)



–O sea que cuantos más hijos tengamos, tanto mejor.


–La cantidad nunca es un factor decisivo para el discernimiento. Ir a Misa dos veces al día no es el doble mejor que ir sólo a una. Ni dar cien euros de limosna es necesariamente mejor que dar cincuenta. La cantidad nunca decide el discernimiento.



El matrimonio y el amor conyugal «están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y a la educación de los hijos» (Vat. II, GS 50). Por su propia naturaleza. Dios Creador de la naturaleza, Creador del hombre y de la mujer, Creador del matrimonio, es el que ha creado el matrimonio con esa finalidad fundamental. Lo sabemos desde el Génesis: «sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gén 1,28).



–¿Puede la mujer tener algún oficio más noble que traer hijos al mundo y criarlos? Empiezo por aquí. Sí, ya sé que los hijos son traídos al mundo por el padre y la madre; pero también sé que, por naturaleza, la madre tiene en la filiación una función biológica incomparable, y no sólo en la gestación, sino también en la primera educación de los hijos. Por eso quiero comenzar estas consideraciones por un elogio del oficio de la madre. También en esto la doctrina de los Papas es la más alta que conocemos.



Bto. Juan Pablo II: La familia ha de saber promover «en cada uno de sus miembros la altísima dignidad de personas, es decir, de imá­genes vivientes de Dios. Y, en este sentido, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer. Creando al hom­bre “varón y mujer”, Dios concede la digni­dad personal de igual modo al hombre y a la mujer. Dios también manifiesta de la forma más alta posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen. La delicadeza y respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de lle­var la buena nueva de la Resurrección a los discípulos, son signos que confir­man la muy alta consideración del Se­ñor Jesús hacia las mujeres» [Familliaris consortio 22; citaré esta enc. entre corchetes [—]].


Durante muchos siglos la tradición social y cultural limitó a la mujer a sus tareas de esposa y madre, en parte porque el trabajo fuera de la casa requería en otros tiem­pos una mayor fuerza física. En todo caso, «es indudable que la igual digni­dad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas»; con ello la mujer se perfecciona, y la sociedad se beneficia no poco de la pre­sencia activa femenina. Ahora bien, «la verdadera promoción de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor de su función materna y fami­liar respecto a las demás funciones pú­blicas y a las otras profesiones». Y en este sentido, «la sociedad debe estructu­rarse de tal manera que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa, y que sus fami­lias puedan vivir y prosperar digna­mente, aunque ellas se dediquen total­mente a la propia familia» [23].



–El mundo desprecia a la mujer madre, y procura que tenga muy pocos hijos. Dios dice a los matrimonios: «creced y multiplicaos». Y el diablo, príncipe de este mundo, el Enemigo del hombre, les persuade: «cuantos menos hijos tengais, mejor». Por eso en las naciones más sujetas a la mentira diabólica se viene reali­zando una verdadera campaña contra la dedicación exclusiva de la mujer a la familia, como si ello trajera necesaria­mente empobrecimiento y frustración de la mujer. La Iglesia en el mundo actual es la defensora mayor de la profesión maternal de la mujer. Juan Pablo II enseñaba: «se debe superar esa mentalidad [materialista] según la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior [que trae dinero] que de la actividad familiar» (que no es retri­buída) [23].


Engendrar y formar hombres es el oficio más alto que la mujer puede tener. Noble y digno es producir por el trabajo medicinas, alimentos, servicios, casas, medios de comunicación, etc. Pero ningún trabajo tiene un fin tan alto como la maternidad: producir hombres. Por otra parte, en la realidad de la vida, no pocos trabajos femeninos fuera de la casa son duros, monótonos, y muchas veces mal pagados. Y aunque los trabajos sean prestigiosos y bien remunerados, ninguno, por digno que sea, tiene la riqueza de la vocación de madre y ama de casa, tan preciosa y variada: esposa y madre, catequista y maestra, enfermera, coci­nera y florista, secretaria, modista, de­coradora, asistenta social, encargada de relaciones públicas y tantas y tantas co­sas más. Muchas profesiones posibles para la mujer son preciosas, pero pocas habrá tan variadas y admirables.


Por otra parte, cuando falta o disminuye notablemente la dedicación familiar de la madre, to­dos lo sienten, el esposo, los niños, los adolescentes, los ancianos, y la misma casa va dando muestras de descuido. Por eso la familia que tiene a su cons­tante servicio una buena ama de casa, un verdadero corazón de la familia, hará bien en procurar la defensa cuidadosa de un privilegio tan precioso.


–El índice de la natalidad ha bajado tanto que produce un suicidio demográfico en algunas naciones, especialmente en aquellas que eran cristianas y que ahora son apóstatas. El índice de fecundidad que asegura el mantenimiento de las naciones y que equilibra la población entre generaciones es de 2,1 hijos de promedio por mujer. Esa cifra asegura que una nación no disminuya en número, y consigue que la población laboriosa no sea cada vez menor para sustentar una proporción cada vez mayor de jubilados y ancianos. Pues bien,



en España, por ejemplo, el paso de la cultura cristiana a la cultura pagana laicista, en cincuenta años (1962-2012) ha bajado el índice de fecundidad de 2,8 a 1,3. Y en las estadísticas de natalidad ocupa España el lugar 182 entre 221 países. En la «pirámide» social crece por tanto desmesuradamente gremio geriátrico. Y téngase también en cuenta que, al mismo tiempo, en ese período se llega en 2014 a una tasa del paro en la población activa de 25,8%… En cuanto al aborto, que comienza a ser legal en 1985 (ley de supuestos) y 2010 (ley de plazos), según informe del Ministerio de Sanidad, el número de los abortos inducidos pasa en crecimiento continuo de los 411 (1986) y 16.206 (1987) hasta 112.390 en 2012. Pero si no queremos hijos –anticoncepción y aborto–, tendremos emigrantes. Desde 1985 España ha impedido por el aborto el ingreso de 1.700.000 niños. Y ahora, de los 47 millones de habitantes que tiene, 6,5 millones son inmigrantes, casi todos ellos, 6 millones, llegados entre 1990 y 2013. Es el tercer país del mundo con la mayor tasa de extranjeros en los últimos 23 años.



* * *


–El mundo occidental paganizado es anti-vida. Son muchas las naciones, hace notar Juan Pablo II, en las que «ha nacido una mentalidad contra la vida (anti-life mentality)». En efecto, el progreso, que acrecienta el dominio del hombre sobre la naturaleza, «no desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad mejor, sino también una angustia cada vez más profunda ante el futuro». Te­mor, egoísmo y consumismo «acaban por no comprender y por rechazar la ri­queza espiritual de una nueva vida hu­mana. La razón última de estas mentali­dades es la ausencia de Dios en el cora­zón de los hombres, pues sólo su amor es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y es capaz de ven­cerlos» [30].


Los cristianos, en cambio, valo­ramos por encima de todo la vida humana, y nada nos alegra tanto como el nacimiento de un niño –incluso cuando se ha producido sin ser directa­mente deseado–. Aquella «alegría de que un hombre haya venido al mundo», de la que hablaba Jesús (Jn 16,21), es en nosotros mucho mayor que la alegría que pueda producirnos un nivel de vida económica más alto, una figura corporal más estética, una vida más independiente o menos labo­riosa, libre de la sujeción de los hijos, un co­che nuevo, un viaje de placer o una ca­sa en la playa. Hay, pues, sin duda en las familias que viven del Espíritu de Cristo una tendencia a la familia nume­rosa, que, por supuesto, unas veces podrá realizarse y otras no. Pero la tendencia, en principio, es clara.


–La paternidad responsable ha de discernir el número de hijos en conformidad siempre con la voluntad de Dios. Ninguna decisión conyugal es tan grave como la de aceptar o no que una nueva persona humana venga a este mundo. Por eso, como dice el Vaticano II, los esposos, «con res­ponsabilidad humana y cristiana, cum­plirán su obligación [de transmitir la vida humana] con dócil reverencia a Dios. De común acuerdo, se formarán un juicio recto, atendiendo tanto al bien propio como al bien de los hijos ya na­cidos o por venir, discerniendo las cir­cunstancias del momento y del estado de vida, tanto materiales como espiri­tuales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de su propia familia, de la sociedad y de la Iglesia» (GS 50).


Los esposos cristianos han de tomar, pues, esta decisión muy grave:


con dócil reverencia a Dios, tratando de hacer Su voluntad y no la propia; es decir, obrando en cuanto «cooperadores del amor de Dios Creador y como sus in­térpretes» (GS 50), manteniendo siempre «el sincero propósito de dejar cumplir al Creador libremente su obra» (Pío XII, 20-1-1958);


de común acuerdo: por tanto, de modo consciente y libre, teniendo cada uno de los cónyuges muy en cuenta el pensamiento y la voluntad del otro;


formando un juicio recto. Y en esto hay dos elementos: formar un juicio, primero, y que sea un juicio recto.


1º) Es preciso formar un juicio, es de­cir, tomar una decisión. Los esposos que, en tema tan grave, se dicen simple­mente «que vengan los hijos que Dios quiera», aunque obren así muchas veces con buena voluntad, están equivocados, y no obran responsablemente, porque en esa actitud, pretendidamente providencial, no se incluye el discernimiento orante y activo de la fe y de la caridad.






San Igna­cio de Loyola, camino de Manresa, viéndose apretado por una grave duda –buscar o dejar a un moro, que había ofendido con sus palabras a la Virgen María; elegir un camino para dar alcance al blasfemo o tomar otra dirección–, dejó en la encrucijada las riendas sueltas a su mula para que fuera ella y no él la que eligiera su ca­mino y decidiera la cuestión. Esta opción irresponsable –no es así como el hombre debe abandonarse a la Providencia– se produce en los comienzos de su vida de converso; pero, ya más adelantado, procura atenerse en sus decisiones a las «reglas de discernimiento», que allí en Manresa él mismo comienza a elaborar. De modo semejante, los esposos cristianos que quieren «tener los hijos que Dios quiera», no deben dejar cosa tan grave al puro azar de sus vicisitudes conyugales sensibles o sensuales –y que vengan los hijos «que Dios quiera» (?), dos o diez–, sino que deben orar, hablar, reflexionar y consultar, con la recta intención de discernir y realizar la voluntad de Dios, sea ésta cual fuere, y coincida o no con sus deseos personales. No deben dejar que sea la mula quien decida.


No deja de ser curioso. Cuando unos esposos prudentes consideran alguna opción importante –trabajar más o menos, dar más o menos tiempo al sueño, vivir aquí o allá, llevar los niños a éste o al otro centro escolar, comprar o no algo costoso–, nunca resuelven el asunto dejándolo abandonado al mero impulso de la gana, y después «que sea lo que Dios quiera». Por el contrario, lejos de abandonar las grandes o pequeñas opciones de su vida a merced de las circunstancias ocasionales o a la imprevisible inclinación del sentimiento, procuran sujetarlas a razón y voluntad, o mejor aún, a fe y caridad, buscando así acertar en todo con la concreta voluntad de Dios providente.



Pues bien, si esto es así, ¿cómo los esposos cristianos dejarán abandonado al mero impulso de la sensualidad o del sentimiento algo tan grave como transmitir o no la vida humana, diciéndose erróneamente «que sea lo que Dios quiera»? ¿Acaso la pura inclinación del sentimiento o la mera gana física es más seguro intérprete de «lo que Dios quiere» que la oración, el pensamiento a la luz de la fe y la decisión de la voluntad elevada por la caridad? No. Es preciso, con la gracia de Dios, formar un juicio, es de­cir, tomar una decisión consciente y libre, manteniendo siempre la voluntad sujeta incondicionalmente a lo que Dios quiera.


2º) Por otra parte, los esposos han de formarse un juicio recto a la hora de discernir el número de hijos. Formarán ciertamente un juicio torcido si en tan grave cuestión se atienen a su sensualidad, comodidad o ca­pricho; si se dejan llevar por los criterios de su familia, o de las revis­tas del corazón, o de ciertas series de la televi­sión o si se atienen a la enseñanza de maestros infieles al Magisterio apostólico; o simplemente, si se dejan llevar por lo que hace la mayoría. Pero, por el contrario, podrán formar sin duda un juicio recto si consultan con Dios en la oración y si se atienen al Evangelio, a la enseñanza de la Iglesia, al buen ejemplo de los cris­tianos santos del pasado y del presente, al consejo de personas prudentes; y si no olvidan nunca que la íntima ley de los cristianos es la caridad, tal como fue proclamada especialmente en la Cruz. De este modo, colaborando fielmente con la voluntad de Dios, vendrán a formar, según los casos, familias numerosas o reducidas.


–Siempre la Iglesia ha estimado las familias numerosas, como dice el Vaticano II: «son dignos de mención muy especial los [esposos]que de común acuerdo, bien meditado, aceptan con generosidad una prole más numerosa» (GS 50).



Pío XII decía: Dios cuida de estas familias «con su diaria asistencia, y si fuese necesa­rio, con extraordinarias intervencio­nes». Es en ellas donde con más fre­cuencia se producen «las vocaciones al sacerdocio, a la perfección religiosa y a la misma santidad». Una familia numerosa, sin duda, lleva consigo no pocos esfuerzos y privaciones, pero «las múlti­ples fatigas, los frecuentes sacrificios, las renuncias a costosas diversiones se ven ampliamente compensadas, incluso aquí abajo», de muchas maneras. «Los numerosos hermanos ignoran el tedio de la soledad y el disgusto de verse obliga­dos a vivir siempre entre mayores. Los niños de familias numerosas se educan como por sí solos. Y en esto el número no va en demérito de la calidad, ni en los valores físicos ni en los espirituales» (20-1-58).



El peligro demográfico, tantas veces invocado para reducir la familia, suele ser, al me­nos en los países más anti-conceptivos, precisamente el inverso del que se considera. Como hemos visto, el peligro real más grave en muchas naciones ricas es el del suicidio demográfico; el peligro de que­darse sin niños ni jóvenes; el peligro de una sociedad avejentada, conserva­dora y sin creatividad ni empuje histó­rico.



Y la supuesta solicitud por la mejor educación de los hijos olvida con fre­cuencia que, como dice Juan Pablo II, «constituye un mal mucho menor negar a los hijos ciertas comodidades y ven­tajas materiales, que privarles de la pre­sencia de hermanos y hermanas, que podrían ayudarles a desarrollar su hu­manidad y a realizar la belleza de la vida en cada una de sus fases y en toda su variedad» (7-10-79). El hijo solo o casi solo, en el centro de la comunidad familiar, en principio, está situado en desventaja. Acostumbrado a captar la atención y el servicio de sus mayores, carente de otras referencias fraternales, fácilmente estructura una personalidad egocéntrica y vulnerable, insolidaria y triste, sin capacidad de abnegación y con dificul­tades de comunicacióny de colaboración. En este sentido, parece ignorarse demasiado que, de he­cho, la calidad humana disminuye notablemente –en el hogar, en la escuela, en la parroquia, en el ba­rrio– allí donde la sociedad, no por necesidades impuestas, sino por causas culpables, está mayo­ritariamente compuesta por hijos solos o casi solos.



–Quiere, sin embargo, a veces la Providencia divina familias reducidas. Por eso la Iglesia no es natalista a ultranza, y no obstante lo afirmado, «es consciente también, ciertamente, de los múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos países, afectan a los esposos en su cometido de transmitir responsablemente la vida» [31].


El escaso número de hijos puede de­berse en una familia concreta a causas perfectamente válidas. Difi­cultades sociales y económicas, defi­ciencias de salud psíquica y somática, problemas de vivienda o trabajo, aconsejan a veces «evitar un nuevo na­cimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» (Humanæ vitæ 10). In­cluso en una determinada nación esas causas –salarios miserables, viviendas de tamaño mínimo, carencias legislati­vas de protección a la familia, necesi­dad ineludible del trabajo femenino fuera del ho­gar, etc.– pueden afectar a la mayoría de los matrimonios, haciendo moralmente imposible la familia numerosa, aunque la desearan los esposos. Ahora bien, tales circunstancias deben ser experimentadas como una situación gravemente injusta. Y todos los cris­tianos han de poner su mayor empeño en una transformación de la sociedad que cuanto antes venga a hacer posible la fa­milia numerosa.


Por el contrario, cuando la familia redu­cida es una preferencia generalizada, que no viene impuesta tanto por las circunstancias sociales sino por la actitud de las perso­nas ante la vida, entonces es sin duda la expresión de una sociedad decadente, más orientada al tener que al ser, que huye de la cruz, y que se queda sin alegría. E indica al mismo tiempo una Iglesia local con vida escasa, esto es, con poca caridad, infe­cunda, porque no está suficientemente unida a Cristo Es­poso.


Ahora bien, cuando los esposos, a la luz de Dios, toman responsablemente la decisión de procurar una familia reducida, incluso muy reducida, no deben hacerlo con pena y vergüenza. Si ésa es, efectiva­mente, la voluntad de Dios providente, ha de verse ahí entonces una forma de pobreza, como tantas otras, que debe ser asumida con humildad y alegría. Y con toda confianza, también por lo que se refiere a la educación del hijo solo o casi solo, pues es preciso esperar enton­ces que Dios dé gracias especiales para que esa educación no sufra detrimento, ya que «todas las cosas [todas: también la familia reducida] colaboran para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Ahora bien, ¿cómo podrán los esposos tener lícitamente relaciones ínti­mas sin que ello conduzca a una nueva concepción?


* * *


–La enseñanza de la Iglesia sobre la regulación de la fertilidad puede resumirse con estas palabras de Pablo VI: «esta doctrina está fundada en la in­separable conexión que Dios ha que­rido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos sig­nificados del amor conyugal: el signifi­cado unitivo [que expresa y acrecienta el amor] y el significado procreador» (Humanæ vitæ 12). Este es el principio moral clave, que puede expresarse de dos mo­dos:


Positivamente: «la Iglesia, al mandar que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su cons­tante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV 11).


Negativamente: según esto, ya por la misma ley natural, la Iglesia considera «intrínsecamente deshonesta toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposi­ble la procreación» (HV 14).



Conviene notar que quienes no admiten esta doctrina de la Iglesia suelen referirse a ella como «la doctrina de la Humanæ vitæ», como si en ella se mantuvieran unas posiciones personales –en este caso, de Pablo VI, reiterada por los Papas que le siguen–, ajenas a la tradición eclesial, y que por tanto serían modificables. Pero esto es falso. Ya Pablo VI proponía la ense­ñanza de la Humanæ vitæ como «la doc­trina de la Iglesia sobre el matrimonio» (HV 28). Y también Juan Pablo II, una y otra vez, la ha confirmado como «la doctrina de la Iglesia» (Familiaris 28-35). Ésta es, en efecto, la enseñanza de Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, concilio Vaticano II, Sínodo VI de los Obispos (1980), Catecismo de la Iglesia Católica (1992: nn. 2366-2372), etc.



­–La lícita regulación de la fertilidad se sujeta a dos condiciones fundamentales.


1. Causas justas, o como dice Pío XII, «serios motivos», proce­dentes de una indicación «médica, eu­genésica, económica y social». Debe haber, «según un jui­cio razonable y equitativo, graves razo­nes personales o derivadas de circuns­tancias exteriores» (29-10-51). En este sentido, no sería lí­cito evitar los hijos simple­mente por comodidad, por pe­reza, por vanidad, por riqueza, o por otros moti­vos trivia­les o malos. El re­curso a los perío­dos infecundos para limitar la natalidad no se­ría, pues, lícito entonces, si se produjera sin «causas justas».


2. Medios lícitos, que consisten en la abstinencia total o parcial. «Si para espaciar los nacimientos exis­ten causas justas, la Iglesia enseña que entonces es lícito [abstenerse totalmente o bien] te­ner en cuenta los ritmos natu­rales inma­nentes a las funciones gene­radoras, para usar del matrimonio sólo en los perío­dos infecundos, y así regu­lar la natali­dad sin ofender los princi­pios morales» (HV 16). Esta conducta conyugal, sin duda, «respeta la co­nexión inseparable de los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana» [32].


En ocasiones, un ciclo feme­nino alte­rado puede dificultar la aplica­ción de ciertos métodos naturales. En­tonces –nos referimos a los casos que tienen una indicación médica clara–, es lícito el uso de medicinas normalizado­ras del ci­clo femenino (cf. HV 15).






Son muchos los que, sin haber practicado los métodos naturales o habiéndolos aplicado sin motivazión moral suficiente o con mala técnica, tratan de desprestigiarlos. Aseguran que, además de ser casi impracticables, no son en absoluto seguros. Pero eso es falso: son seguros, y no exigen un heroísmo que los haga casi impracticables. Por supuesto que para aquellos que no tratan de amar a Dios con toda su alma, haciendo en todo su voluntad, para quienes no quieren ejercitar la virtud de la castidad, requieren estos métodos un esfuerzo irrealizable. Pero eso les ocurre con todo: la Misa dominical, por ejemplo, es para ellos un esfuerzo heroico, por encima de sus posibilidades.



En esta cuestión, como en tantas otras, es argumento muy poderoso el testimonio de la experiencia. Si se consulta a los matrimonios cristianos que, debidamente instruidos y asistidos, regulan su fertilidad lícitamente conforme a las leyes naturales y cristianas, se comprueba que suele ser muy positiva la expe­riencia de quienes practi­can la absti­nencia periódica, siguiendo alguno de los métodos naturales. Para los esposos –se entiende, para los que están suficientemente motivados por su deseo de unión con Dios y de rectitud moral– suele ser un descubrimiento y una liberación. En efecto, como bien decía Pablo VI,


«esta disci­plina, propia de la castidad conyu­gal, lejos de perjudicar el amor de los espo­sos, le confiere un valor humano más su­blime». Los esposos, ateniéndose a esos métodos, no sólo ven crecer entre ellos el diálogo, la libertad, la intimi­dad del amor, sino que también «adquieren así la capacidad de un in­flujo más profundo y eficaz para educar a los hijos» (HV 21).


–La anticoncepción ilícita consis­te en el uso de de prepa­rados químicos o mecánicos que «hacen imposible la fecundación» (HV 14), es decir, que excluyen totalmente la posibilidad de concepción. «Cuando los esposos, recu­rriendo a la contracepción, separan los dos significados [amor y fecundidad] que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer, y en el dina­mismo de su comunión sexual, se com­portan como árbitros del designio di­vino, distorsionan y envilecen la sexua­lidad humana, y con ella la propia per­sona del cónyuge, pues altera su dimen­sión de donación total. Se produce ahí no sólo un rechazo cierto y definido de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del mismo amor conyugal, destinado a en­tregarse en plenitud personal» [32].


La anticoncepción es «intrínsecamente deshonesta» (HV 14; Catecismo 2370), y no porque así lo dice la Iglesia, sino porque en ella los esposos «se atribuyen un poder que sólo a Dios pertenece, el poder de decidir en última instancia la venida de una per­sona humana a la existencia. Es decir, se atribuyen la facultad de ser deposita­rios últimos de la fuente de la vida hu­mana, y no sólo la de ser cooperadores del poder creador de Dios. En esta perspectiva, la anticoncepción se ha de considerar objetivamente tan profun­damente ilícita que jamás puede justifi­carse por razón ninguna» (Juan Pablo II, 17-9-83).



Con más razón, a no ser que haya una grave causa terapéutica, habrá que excluir «la esterilización directa, perpetua o tempo­ral» (HV 14), que disocia totalmente amor y fecundidad.



* * *


–La castidad conyugal es hoy rechazada por el mundo, pero también por no pocos católicos, sacerdotes y laicos. Son muchos los católicos que en este grave tema han preferido la voz del mundo a la voz de Cristo y de la Iglesia. El silenciamiento o la negación de la verdad los condujo al pecado. Falsos teólogos moralistas lo justificaron, enseñándoles a pecar con «buena conciencia». Y el pecado los guardó en el error. No supieron, pues, «guardar el misterio de la fe en una conciencia pura». Y «algunos que perdieron la buena conciencia, nau­fragaron en la fe» (1Tim 3,9; 1,9).



El silencio sobre la grave maldad de la anticoncepción fue denunciado por el Obispo Victor Galeone, de San Agustín (Florida, USA), en una carta pastoral (15-11-2003). Él habla porque cree en la doctrina católica. «Creí, y por eso hablé; también nosotros creemos, y por eso hablamos» (2Cor 4,13). Consigna primero Mons. Galeone que el divorcio se ha triplicado, las enfermedades sexuales han aumentado de 6 a 50, crece la pornografía en todos los campos, aumenta la esterilización y la reducción extrema del número de los hijos, etc. Y declara que, a su juicio, la causa principal de todos esos males está en la anticoncepción generalizada. «La práctica está tan extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún momento de su matrimonio, implicando a todas las denominaciones [se refiere a todas las confesiones cristianas, también a la católica]. La gran mayoría de la gente de hoy considera la anticoncepción un tema fuera de discusión». Describe de modo impresionante el profundo y multiforme deterioro que la anticoncepción crónica produce en la vida de matrimonios y familias. Destruye y carcome desde dentro el matrimonio, lo falsifica y envilece, profanando así lo que es sagrado. Muchos proble­mas entre esposos, y entre padres e hi­jos, muchas dificultades en la educación de niños y adolescentes, aunque no se sospeche, tienen re­almente en la práctica crónica de la anti­concepción una de sus causas principa­les, y serán por tanto insolubles mien­tras se persista en ella. En concreto, los padres que desobedecen a Dios tienen unos hijos insoportablemente desobedientes. No falla.


«Me temo que mucho de lo que he dicho parece muy crítico con las parejas que utilizan anticonceptivos. En realidad, no las estoy culpando de lo ocurrido en las últimas décadas. No es un fallo suyo. Con raras excepciones, los obispos y sacerdotes somos los culpables debido a nuestro silencio». Y concluye con algunas normas prácticas –estudio de la doctrina católica, confesores, homilías, cursos de preparación al matrimonio, catequesis y escuelas superiores– «para ir en contra del silencio que rodea la enseñanza de la Iglesia en esta área». No hay otro camino: reforma o apostasía.



–La verdad católica sobre la castidad conyugal debe ser afirmada con fuerza por sacerdotes y laicos católicos. Los Papas llevan medio siglo urgiendo esta necesidad. Así, el Bto. Juan Pablo II:



A los sacerdotes: «Vosotros, que como sacer­dotes traba­jáis en el nombre de Cristo, debéis mostrar a los esposos que cuanto enseña la Iglesia sobre la paternidad responsa­ble no es otra cosa que el ori­ginario proyecto que el Creador impri­mió en la humanidad del hombre y de la mujer que se casan, y que el Redentor vino a restablecer. La norma moral en­señada por la Humanæ vitæ y por la Familia­ris consortio es la defensa de la verdad entera del amor conyugal. Con­vencéos: cuando vuestra enseñanza es fiel al Magisterio de la Iglesia, no ense­ñáis algo que el hombre y la mujer no pue­dan entender, incluídos el hombre y la mujer de hoy. Esta enseñanza, que vo­sotros hacéis sonar en sus oídos, ha sido ya, de hecho, escrita en sus cora­zones» (1-3-84).


A los esposos les dice el Papa igualmente que no se dejen engañar: «Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dis­puesto para evitar ese peligro de error está el Magisterio de la Iglesia. En su nombre [en el nombre de Cristo, la Iglesia] posee una ver­dadera y propia autoridad de en­señanza. Por tanto, no se puede decir que un fiel ha buscado diligentemente la verdad si no tiene en cuenta lo que en­seña el Ma­gisterio de la Iglesia; o si, equiparando este Magisterio a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez; o si, en la duda, si­gue más bien su propia opinión o la de algunos teólogos, prefiriéndola a la en­señanza cierta del Magisterio» (12-11-88).



Los esposos que quieren vivir su matrimonio «en Cristo», deben creer que las palabras de Cristo y de la Iglesia son luz y gracia, alegría y salvación, aunque al hombre carnal le parezcan un yugo aplastante. Lo asegura Cristo mismo: «mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30).


Cristo es el salvador del matrimonio. El matrimonio, que tantos oscure­cimientos, falsificaciones y miserias ha conocido en el mundo bajo el peso del pecado y el influjo del diablo, fue purificado por Cristo de todo error y de toda culpa. La doctrina de la Iglesia sobre la unión conyugal es una doctrina «fundada en la ley natural, e iluminada y enri­quecida por la Revelación divina» (HV 4). La Iglesia, cuando habla del matrimonio, sabe de lo que está hablando. Da a los hombres la enseñanza de Cristo, que restauró por su verdad y su gracia el matrimonio, tal como lo quiso Dios «al principio», y que lo elevó además por el sacramento a una dignidad sobrenatural. Queda así guardado el matrimonio santamente en la alianza sagrada que une a Cristo Esposo con la Iglesia.


José María Iraburu, sacerdote





Índice de Reforma o apostasía




Una plaza de san Pedro insólita y colorida. A pesar de las previsiones

meteorológicas inciertas, miles de personas se dieron cita el último

miércoles de febrero en que Francisco hizo un amplio giro en papamóvil,

para saludar a tantos niños disfrazados por el carnaval. Una vez más su

catequesis de esta audiencia general estuvo dedicada a los sacramentos,

en esta ocasión a la unción de los enfermos, que nos permite extender la

mirada a la experiencia "de la enfermedad y del sufrimiento, en el

horizonte de la misericordia de Dios". El Pontífice recordó que en este

sacramento, en efecto, está viva la presencia de Jesús mismo, que

sostiene, da fuerza y esperanza. Una práctica "que estaba ya en acto en

ti ...



Hoy regresaba del hospital escuchando (por centésima vez) a Bach. Esa música que aparece no una vez cada cien o doscientos años, sino una vez en la Historia humana. Para comprender lo complicada que es la arquitectura de sus armonías, puede verse este link de abajo, y eso que se expone como ejemplo una música sencillísima (meteos sólo si tenéis mucho tiempo):



Esta tarde escuchaba los Conciertos de Brandenburgo. Qué fluidez, qué ausencia de rellenos, que sonoridad tan plena.


Aquí va el oratorio de Navidad, tan desconocido, todo un cántico de alegría sin medida. Alegre y puro como el rostro del niño cuya foto he puesto hoy en el post:




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Se trata de una hermosa camelia, que espero arraigue bien y crezca, aunque es algo delicada. He recibido buenas indicaciones para cultivarla y espero adorne con sus flores la sobriedad del huerto. Me recuerda las dos plantas, como ésta, de los patios interiores del Seminario Mayor de Sololá. No creo que esta alcance la altura de aquellas, pero, al menos, espero que no se me vaya a secar. Ya falta menos para que la primavera la haga crecer y florecer más.




“Si tu mano, ojo, pie, son ocasión de pecado, córtatelos; más vale entrar manco, tuerto, cojo, en el cielo, que entero en el infierno” (Mc 9, 41-50). Jesús desea la felicidad eterna del hombre, y es por eso que nos pide la mortificación de los sentidos corporales en esta vida, de modo de poder salvar el alma y el cuerpo. Para ello, es necesaria una estricta vigilancia sobre los sentidos y el estar dispuestos a sacrificarlos, en vistas de ganar el Reino de los cielos. La disposición al sacrificio debe ser tal, que no se debe dudar en amputarlos –en un sentido figurado, por supuesto-, con tal de no perder la vida de la gracia. Sin embargo, ha habido santos en la vida de la Iglesia que han entendido en un sentido literal esta frase, y es así, por ejemplo, que Santo Domingo Savio, el día de su Primera Comunión, hizo el propósito de “perder la vida antes de cometer un pecado mortal”. Y en realidad, cuando nos confesamos, en la fórmula de la confesión sacramental, nos lamentamos ante Dios el no haber perdido la vida antes de haber pecado (antes de haber cometido un pecado mortal o venial deliberado): “antes querría haber muerto que haberos ofendido”). Es decir, todos deberíamos estar dispuestos, más que a perder un ojo, una mano o un pie, antes que pecar, a perder la vida terrena, antes que pecar mortal o venialmente, porque nadie se condena por morirse, pero sí por pecar mortalmente, y el pecado venial deliberado es un severo enfriamiento de la caridad.


“Si tu mano, ojo, pie, son ocasión de pecado, córtatelos; más vale entrar manco, tuerto, cojo, en el cielo, que entero en el infierno”. Por drástico que pueda parecer el consejo de Jesús, ante la gravedad de lo que está en juego –la salvación eterna-, más drástica es la realidad de quienes se precipitan en el infierno con sus cuerpos intactos para padecer con ellos por toda la eternidad.


No es vana la advertencia de Jesús acerca de la mutilación –figurada, obviamente- del cuerpo si es que este es ocasión de pecado, porque el cuerpo resucitará en su totalidad, tanto para la gloria del cielo, como para la condenación del infierno. Es más bien un acto de caridad, porque es una verdad de fe que el cuerpo resucitará, pero si bien será glorificado y participará de la alegría y de los gozos del alma llena de la gloria divina de aquel que se haya salvado, es verdad también que, en aquel que se haya condenado, participará de los dolores inenarrables en los que estará sumergida el alma en el Infierno.


En una visión acaecida a la vidente Amparo Cuevas en Prado Nuevo , Madrid, la vidente se sorprende del hecho de que los cuerpos que se encuentran en el Infierno están mutilados y de las brutales heridas mana abundante sangre. En la misma visión, la vidente tiene el conocimiento de que eso se debe a que en la otra vida es el mismo cuerpo el que resucita, solo que en el infierno, ya no se verá libre del dolor, como en el cielo, sino que, por el contrario, comenzará a sufrir terriblemente, sin descanso, para siempre, y sufrirá de modo particularmente intenso según el órgano con el cual haya cometido el pecado mortal que le valió la condenación eterna.

“Si tu mano, ojo, pie, son ocasión de pecado, córtatelos; más vale entrar manco, tuerto, cojo, en el cielo, que entero en el Infierno”. Cuando Jesús nos hace esta advertencia, no nos está obligando a nada, nos está advirtiendo, porque desea nuestra eterna felicidad; solo nos pide que mortifiquemos nuestros sentidos por un breve período de tiempo, el tiempo que dure nuestra vida terrena, para que luego gocemos, con nuestro cuerpo glorificado y con nuestra alma glorificada, por toda la eternidad. Contrariando el consejo de Jesús, el mundo hedonista, relativista, materialista y ateo de nuestros días, exalta la sensualidad y el desenfreno de las pasiones, prometiéndonos una falsa felicidad, que finaliza con esta vida terrena y que apenas finalizada da inicio a una eternidad de dolores en los que participarán tanto el cuerpo como el alma, dolores que se comunicarán el uno al otro, sin finalizar nunca jamás.


“Si tu mano, ojo, pie, son ocasión de pecado, córtatelos; más vale entrar manco, tuerto, cojo, en el cielo, que entero en el infierno”. Cuando Jesús nos da un consejo, no nos obliga, y tampoco lo da en vano.




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